Publicado en MIT Technology Review
https://www.technologyreview.com/2026/07/20/1140675/chinas-ai-models-have-trumps-ai-world-at-war-with-itself/?utm_source=the_download&utm_medium=email&utm_campaign=the_download.unpaid.engagement&utm_term=&utm_content=07-26-2026&mc_cid=8ff75d76d5&mc_eid=117293906d
Los modelos de IA de China tienen al mundo
de la IA de Trump enfrentado consigo mismo
Kimi
y otros modelos gratuitos de China han vuelto a ser considerados una llamada de
atención. ¿Pero para qué?
Por
James O'Donnell
20 de julio de 2026
Este
artículo apareció originalmente en The Algorithm, nuestro boletín
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Durante
el fin de semana, varios asesores actuales y antiguos del presidente Donald
Trump en materia de inteligencia artificial intercambiaron públicamente
insultos dirigidos a las principales empresas de IA del país. David Sacks,
quien hasta marzo fue el «zar» de inteligencia artificial y criptomonedas del
presidente, calificó los modelos de Anthropic como «lobotomizados» y
«woke». Por su parte, Emil Michael, un alto funcionario del Pentágono,
llamó al nuevo director de futuros estratégicos de OpenAI un «auténtico
idiota de pueblo».
Todo
comenzó porque nadie logra ponerse de acuerdo sobre qué hacer con Kimi,
un modelo gratuito y de código abierto que la empresa china de inteligencia
artificial Moonshot lanzó la semana pasada. Al parecer, su capacidad
rivaliza con la de los modelos desarrollados por OpenAI y Anthropic,
que, por supuesto, no son gratuitos.
Kimi
y otros modelos chinos similares representan un verdadero problema para Trump y
están dividiendo en distintas facciones a los principales estrategas de IA de
su entorno.
Cada
vez que China lanza un nuevo modelo inteligente y gratuito como Kimi, las
empresas estadounidenses tienen menos incentivos para pagar por el acceso a los
modelos de Anthropic u OpenAI. Dado que el entusiasmo de los inversionistas por
estas y otras compañías de IA impulsa una parte desproporcionadamente grande
del crecimiento económico, los modelos chinos generan problemas tanto
económicos como políticos para el presidente.
Según
escribió en X Anton Leicht, investigador del Carnegie Endowment,
estos modelos constituyen «una amenaza para una administración que realmente no
quiere recibir más malas noticias económicas». De hecho, ya han provocado
turbulencias en los mercados bursátiles estadounidenses.
¿Qué
puede hacer Trump?
Para
responder esa pregunta conviene recordar que todo esto ocurre apenas una semana
después de que el estado de Nueva York aprobara la primera prohibición
estatal del país sobre la construcción de nuevos centros de datos.
La
desconfianza hacia las empresas de inteligencia artificial sigue creciendo y es
fácil imaginar que una proporción nada despreciable de los estadounidenses
sentiría poca simpatía por OpenAI o Anthropic mientras intentan defenderse de
competidores más baratos. Muchos considerarían que no corresponde al gobierno
proteger los intereses de estas compañías.
En
este punto existiría un pequeño —muy pequeño— espacio de coincidencia con David
Sacks, quien el 19 de julio criticó a las principales empresas de IA
por «querer que el gobierno elimine a su competencia de código abierto». Sacks
también ha sostenido que los modelos chinos se han vuelto populares porque
imponen menos restricciones sobre la manera en que los usuarios pueden
utilizarlos (dejando de lado la censura estatal incorporada en ellos).
Sin
embargo, Sacks ya no ocupa ningún cargo público. Ha dejado de desempeñar una
función oficial como asesor de Trump y su postura, favorable a una inteligencia
artificial más abierta, ha sido sustituida en gran medida dentro de la
administración por otra que asigna al gobierno un papel mucho más amplio en la
regulación del sector.
La
lógica de esta nueva posición es que los modelos de IA han alcanzado un nivel
de capacidad suficiente como para representar riesgos para la seguridad
nacional, por lo que el gobierno debe controlar la forma en que se utilizan.
Esta
postura ha dado origen al nuevo proceso de revisión de la Casa Blanca,
cuyo objetivo es evaluar la seguridad de los modelos de inteligencia artificial
antes de autorizar su lanzamiento.
Dean
Ball,
antiguo asesor de IA de Trump y actualmente empleado de OpenAI, criticó
ese proceso durante el fin de semana calificándolo como «un régimen de
licencias de facto para la IA de frontera».
Ball
pronosticó que Trump podría intentar resolver el problema que representan los
modelos chinos de código abierto recurriendo al llamado poder blando,
por ejemplo, generando temor entre las empresas estadounidenses para que eviten
utilizar modelos como Kimi.
Estas
declaraciones provocaron una respuesta de Emil Michael, quien, junto con
el secretario de Defensa Pete Hegseth, ha sido el principal enlace del
Pentágono con las empresas de inteligencia artificial.
Michael
calificó a Ball como «el auténtico idiota de pueblo de la industria de la IA»,
molesto por la insinuación de que el gobierno recurriría discretamente a
presiones informales sobre las empresas, en lugar de actuar, según sus propias
palabras, «mediante el proceso democrático y no a través de algún plan del
Estado profundo (Deep State)».
Un
aspecto que ha quedado prácticamente fuera del debate es cómo un modelo como Kimi
llegó a alcanzar semejante nivel de desempeño.
Durante
gran parte de la administración de Joe Biden, e incluso al comienzo del
segundo mandato de Trump, impedir que China accediera a los chips más avanzados
constituyó una prioridad.
Posteriormente,
esos controles a la exportación se flexibilizaron. Trump adoptó la
controvertida decisión de permitir que Nvidia vendiera un mayor número
de chips a China a cambio de que el gobierno estadounidense recibiera una parte
de los ingresos generados por esas ventas. Además, el gobierno ha denunciado
que también se ha producido contrabando de chips.
Aun
así, China continúa enfrentando limitaciones en su capacidad de cómputo y
todavía no está claro qué tipo de procesadores utilizó la empresa responsable
de Kimi para entrenar el modelo.
Es
posible que el proceso haya recurrido parcialmente a la destilación (distillation),
una técnica mediante la cual un modelo de inteligencia artificial se entrena
utilizando las respuestas generadas por otros modelos ya existentes.
OpenAI
y Anthropic llevan tiempo denunciando que las empresas chinas de IA recurren a
esta práctica y han solicitado al gobierno estadounidense que intervenga para
ponerle fin.
En
abril obtuvieron ese respaldo, cuando la administración Trump anunció una serie
de medidas destinadas a limitar el uso de la destilación.
Sin
embargo, Kimi ya está disponible, es gratuito y ofrece un desempeño casi
equivalente al del modelo de Anthropic que el gobierno estadounidense consideró
tan poderoso que fue retirado temporalmente por representar un riesgo para la
seguridad nacional.
El
intenso intercambio de declaraciones ocurrido durante el fin de semana sugiere
que muchas personas cercanas a Trump consideran que este hecho constituye una
auténtica llamada de atención.
Lo
que nadie parece tener claro es sobre qué, exactamente, debería ser esa
llamada de atención.
Artificial intelligence
China’s AI models have Trump’s AI world at war with itself
Kimi and other free models from China have again been seen as a wake-up call. But for what?
By James O'Donnell
July 20, 2026
This story originally appeared in The
Algorithm, our weekly newsletter on AI. To get stories like this in your inbox
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Over the weekend, several current and
former advisors to President Donald Trump on AI publicly lobbed insults at the
country’s leading AI companies. David Sacks, the president’s AI and crypto
“czar” until March, branded Anthropic’s models as “lobotomized”
and “woke.” Emil Michael, a top Pentagon official, called OpenAI’s new head of strategic futures
a “supreme village idiot.”
It began because no one can agree on what
to do about Kimi, a free, open source model that Chinese AI company Moonshot
launched last week. It appears to rival the intelligence of models from OpenAI
and Anthropic, which are very much not free.
Kimi and other Chinese models like it
pose a real problem for Trump. And they’re dividing the top AI strategists in
his orbit into factions. Every time a new smart, free model from China like
Kimi gets released, US companies see less reason to fork out money to access
models from Anthropic or OpenAI. Given that enthusiasm for these and other AI
companies is driving an outsized share of economic growth, China’s AI models
create both economic and political problems for the president. They are “a
threat for an administration that really doesn’t want more economic bad news,”
Anton Leicht, a fellow at the Carnegie Endowment, wrote on X. They’ve already rattled US stocks.
What is Trump to do? First, consider that
this is all happening just a week after New York imposed the country’s first
state ban on new data centers. There is growing distrust of AI companies, and I
imagine a not-insignificant share of Americans would have little sympathy for
OpenAI or Anthropic as they fend off cheaper competitors, and would say it’s
not the government’s job to protect their interests.
On this point, they’d see a sliver of
agreement (and really just a sliver) with David Sacks, who on July 19 criticized top AI companies that “want the
government to eliminate their open source competition.” He has also argued that
Chinese AI models have become popular because they come with fewer restrictions
on how people can use them (putting aside the built-in state censorship).
Sacks, however, is out of a job. He no
longer has a formal role advising Trump, and his position that more open AI is
better has been largely replaced in the administration by one that sees a
larger role for government intervention. The thinking behind this view is that
because AI models have gotten strong enough to pose threats to national
security, the government must control how they’re used.
This position has fueled the new White
House review process that aims to vet AI models’
security before they’re released. Dean Ball, a former Trump AI advisor who now
works for OpenAI, criticized it over the weekend as a “de facto
licensing regime for frontier AI.” Ball predicted Trump may solve his Chinese
open source problem with a bit of soft power, perhaps by making US companies
afraid to use models like Kimi. That drew a response from Michael, who, with
Secretary of Defense Pete Hegseth, has been the agency’s main liaison with AI
companies. Michael called Ball the AI industry’s “supreme village
idiot,” bristling at the suggestion that the government would quietly
strong-arm companies rather than, as Michael put it, go through “the democratic
process not some Deep State scheme.”
Left out of the conversation has been how
a model like Kimi got so good in the first place. For much of the Biden
administration and even the beginning of Trump’s second administration, keeping
China from getting top chips was a priority. Those export controls have
loosened—Trump made the controversial decision to allow Nvidia to sell more
chips to China, in exchange for the US government taking a cut—and the
government has alleged that some chip smuggling has taken place.
But China nonetheless has limited computing power, and it’s not clear what
chips the company behind Kimi used to train the model.
It’s possible that the process involved
some distillation, a practice in which AI models are trained on the outputs of
existing AI models. OpenAI and Anthropic have long complained that Chinese AI
companies do this, and they have requested government help to put a stop to it.
In April, they got it, when the Trump administration announced a series of efforts to curb the practice.
But Kimi is out there and free, and it is
nearly as good as the Anthropic model the US government deemed so powerful that
it was briefly shut down because it threatened national
security. The weekend’s sparring suggests many in Trump’s orbit see that as a
wake-up call. But nobody can agree on what for.