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martes, 4 de agosto de 2026

CHILE (y ALyC): los boletos para la ciencia mundial son muy caros: APCs y Congresos científicos

Publicado en The Transmitter
https://www.thetransmitter.org/science-and-society/scientific-talent-is-global-access-to-the-worlds-scientific-stage-is-not/ 




El talento científico es global. El acceso al escenario científico mundial no lo es.

La neurociencia en Chile, y en toda América Latina, no carece de talento ni de ideas, pero los sistemas que hacen visible la ciencia —las revistas de prestigio, las conferencias y las redes de colaboración— están fijando precios que cada vez excluyen más a sus investigadores.

Por Vicente Medel

3 de agosto de 2026 | 8 minutos de lectura

Vicente Medel
Profesor asistente, Facultad de Ciencias Biológicas
Pontificia Universidad Católica de Chile

Ver la Copa del Mundo desde Chile fue una experiencia extraña. Estábamos fuera del torneo, pero conocemos el juego, lo seguimos de cerca y entendemos algo que cada Mundial deja muy claro: el talento no es lo mismo que el acceso.

Lo mismo ocurre en la ciencia. El talento y las ideas están en todas partes, pero las revistas científicas, las conferencias y las redes que les dan visibilidad siguen concentradas en un reducido número de países ricos. La visibilidad de la investigación tiene su propia infraestructura. Depende de las tarifas de publicación, de los presupuestos para viajes y del acceso a redes profesionales que no están distribuidas de manera equitativa.

La pregunta en América Latina no es si contamos con buenos laboratorios o con ideas de relevancia internacional. Los tenemos. La pregunta es por qué hacer visibles esas capacidades resulta tan costoso.

Chile ofrece un caso de estudio útil para comprender con claridad este problema. Con frecuencia se le describe como uno de los puntos más destacados de la ciencia en América Latina. No se encuentra entre los países más pobres de la región y cuenta con universidades sólidas y una dinámica comunidad dedicada a la neurociencia.

A principios de este año, mis colaboradores y yo realizamos una encuesta entre investigadores y estudiantes en formación de esa comunidad para comprender cómo se ha desarrollado el campo. Encontramos científicos que trabajan en neurofisiología, neurobiología celular y molecular, neurociencia cognitiva y neurociencia de sistemas, abarcando tanto enfoques básicos como aproximaciones más integradoras. Aproximadamente dos tercios de los participantes informaron haber obtenido su doctorado en Chile, lo que sugiere que la expansión de este campo no es simplemente el resultado de la formación académica en el extranjero.

Un panorama amplio: Los intereses de investigación se concentraron principalmente en la neurofisiología y la neurobiología celular y molecular, aunque la neurociencia cognitiva y la neurociencia de sistemas también estuvieron ampliamente representadas. La neurociencia clínica y traslacional, así como la neurociencia computacional y teórica, fueron seleccionadas con menor frecuencia. Los porcentajes se basan en los 66 participantes que autorizaron el uso de sus datos. Debido a que los encuestados podían seleccionar más de un área, los porcentajes no suman el 100 %.

Nuestra investigación también reveló que este trabajo ha generado un amplio y visible conjunto de publicaciones presentes en la literatura científica internacional. De acuerdo con OpenAlex, una base de datos de acceso abierto que registra publicaciones científicas, entre 1941 y 2026 se publicaron 14 870 trabajos relacionados con la neurociencia con afiliaciones chilenas. Aproximadamente 11 000 de esas publicaciones aparecieron después del año 2000.

Este logro merece reconocimiento, pero no debe utilizarse como prueba de que el sistema actual para identificar el talento científico a nivel mundial está funcionando adecuadamente. Desde una perspectiva bibliométrica, la neurociencia chilena puede parecer una historia de éxito: la producción científica, las colaboraciones internacionales, la publicación en acceso abierto y la visibilidad han aumentado. Sin embargo, el presupuesto destinado a la investigación en Chile cuenta una historia muy distinta. Estos logros han sido alcanzados por una comunidad que trabaja bajo condiciones de financiamiento muy diferentes a las de la comunidad científica internacional en la que se espera que participen los investigadores chilenos. En consecuencia, el éxito en las publicaciones puede ocultar tanto la precariedad que existe detrás de los logros actuales como el talento que nunca recibe el apoyo suficiente para poder participar. Los llamados en favor de la diversidad y de la ciencia abierta no bastan para incrementar la participación de América Latina si las condiciones de participación siguen siendo tan desiguales.

Artículos accesibles: El acceso abierto se ha convertido en una práctica habitual entre los neurocientíficos chilenos. Este gráfico muestra, por año, el porcentaje promedio de artículos de neurociencia publicados en acceso abierto por investigadores con afiliaciones institucionales chilenas.

Fuente: Base de datos OpenAlex.

Una subvención de investigación en Chile es suficiente para mantener con vida un laboratorio modesto, pero no basta para que publicar en revistas de prestigio resulte una posibilidad realmente alcanzable. Las publicaciones en acceso abierto se han vuelto comunes entre los neurocientíficos chilenos, lo que facilita que nuestro trabajo sea leído, citado y difundido. Sin embargo, el costo de publicar en acceso abierto puede convertirse rápidamente en una carga difícil de asumir para un laboratorio chileno.

Para un neurocientífico que inicia su carrera, un presupuesto anual típico de investigación ronda los 30 000 dólares. Muchas revistas de acceso abierto de alto impacto cobran cargos por procesamiento de artículos (APC) superiores a 5 000 dólares, y algunas superan ampliamente los 7 000 dólares. Un solo artículo aceptado puede consumir varios meses del presupuesto anual, sin contar los gastos en reactivos, pagos a participantes, apoyo para estudiantes, reparación de equipos o costos imprevistos. Para un laboratorio bien financiado en un país de altos ingresos, un APC puede representar simplemente un gasto administrativo. Para un laboratorio chileno, en cambio, constituye una decisión existencial: publicar en una revista donde el trabajo pueda recibir atención o preservar el presupuesto necesario para que la investigación continúe.

La crisis de la revisión por pares añade otra capa de dificultad. Muchos investigadores, debido a sus múltiples ocupaciones, están cada vez menos dispuestos a revisar manuscritos para revistas de menor impacto y prefieren reservar su tiempo para colaborar con publicaciones de mayor prestigio, lo que genera una silenciosa trampa del prestigio. Las revistas más asequibles suelen enfrentar mayores dificultades para conseguir evaluaciones rigurosas y oportunas. Para los investigadores con recursos limitados, optar por una revista más económica suele implicar menos prestigio, procesos de revisión más lentos y una menor visibilidad de su trabajo.

Impacto en el financiamiento: Los cargos por procesamiento de artículos (APC) absorben proporciones diferentes de una subvención de investigación para un investigador en etapa inicial (30 000 dólares) y de una subvención para un investigador consolidado (50 000 dólares) en Chile. Los montos de referencia del financiamiento se basan en las subvenciones otorgadas por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) de Chile, y los valores de los APC corresponden a ejemplos ilustrativos obtenidos de las tarifas de publicación disponibles públicamente en revistas de neurociencia y disciplinas afines.

Las conferencias científicas generan el mismo problema. La cuota de inscripción es solo una parte del costo. Para una persona que viaja desde Santiago, el gasto total puede incluir un vuelo de larga distancia, varias noches de hotel, alimentación y transporte local, además de la inscripción al congreso, lo que representa una parte significativa del presupuesto anual de investigación. Asistir a reuniones científicas en Estados Unidos, Europa, Asia o Australia puede costar fácilmente varios miles de dólares.

Los congresos regionales en Sudamérica, como el Congreso de la Federación de Neurociencias de América Latina y el Caribe (FALAN), suelen ser más accesibles porque las cuotas de inscripción son menores y los desplazamientos son más cortos. La participación en congresos científicos no debería ser un lujo añadido a la investigación. Es el espacio donde los investigadores en formación conocen a futuros mentores, donde nacen las colaboraciones y donde el trabajo científico adquiere visibilidad.



Viajes costosos: Este gráfico muestra el costo estimado de asistir a un congreso de neurociencias desde Santiago, según el destino. Cada escenario se calcula sumando la cuota de inscripción, el boleto de avión de ida y vuelta, el hospedaje y los gastos diarios, considerando cinco días de congreso y cinco noches de alojamiento. Las barras muestran la proporción promedio que estos costos representan respecto a un fondo de investigación chileno para un investigador en etapa inicial (30 000 dólares) y para un investigador consolidado (50 000 dólares). Los escenarios de costos de viaje son estimaciones ilustrativas basadas en las cuotas de inscripción a congresos de neurociencias y ciencias del cerebro (FENS, SfN, OHBM y AAIC), cuyo promedio se aproximó a 850 dólares para reuniones internacionales y a 180 dólares para un congreso regional en Sudamérica, combinados con estimaciones aproximadas de pasajes aéreos, hospedaje y gastos diarios en ciudades representativas de cada destino. Las barras de error muestran la desviación estándar entre los distintos escenarios urbanos dentro de cada categoría de destino.

Por estas razones, el discurso habitual sobre el aumento de la diversidad me parece incompleto. Muchas revistas, sociedades científicas e instituciones del Norte Global afirman que desean contar con más autores internacionales, más colaboradores de América Latina y más voces procedentes de fuera de los centros tradicionales de producción científica. Creo que muchas de ellas lo dicen con sinceridad. Sin embargo, la participación no depende únicamente de recibir una invitación para formar parte de un programa. También depende de que los investigadores puedan asumir los costos de estar presentes. Las invitaciones, los paneles y los números especiales no modifican esa realidad económica, y los sistemas de exención de cuotas solo ofrecen una solución parcial. Chile, por ejemplo, casi nunca reúne los requisitos para obtener exenciones automáticas, a pesar de que sus presupuestos científicos distan mucho de los de los sistemas de investigación de los países más ricos. Muchas políticas de exención se basan en la clasificación del ingreso nacional de un país, y no en el tamaño de las subvenciones, las condiciones locales de financiamiento o el poder adquisitivo.

Si las revistas de mayor prestigio y las sociedades científicas realmente desean una neurociencia más global, deben ir más allá de la inclusión simbólica. Las exenciones, los apoyos para viajes y los fondos destinados a publicaciones deberían considerar las condiciones reales en las que trabajan los científicos: el tamaño de las subvenciones, los presupuestos locales de investigación y el costo que implica participar desde fuera de los centros tradicionales de producción científica. Esto es especialmente importante en América Latina, donde el financiamiento para la investigación suele depender de prioridades políticas cambiantes. Los nuevos gobiernos pueden suspender convocatorias, retrasar pagos o reducir el apoyo a la ciencia. Como consecuencia, los laboratorios se ven obligados a participar en un sistema científico global con costos elevados, mientras intentan planificar su trabajo en un entorno local impredecible.

Puedo diagnosticar este problema con mayor seguridad de la que tengo para proponer una solución. Sin embargo, una cosa parece clara: la buena voluntad, por sí sola, no cambiará la situación si no se modifica también quién paga el costo de adquirir visibilidad. Una respuesta seria debería considerar la visibilidad científica como un objetivo compartido y no como una mercancía. Las editoriales que obtienen beneficios de investigaciones financiadas con recursos públicos deberían subvencionar de manera cruzada la publicación de trabajos procedentes de sistemas de investigación con escasos recursos, así como de países de ingresos bajos y medianos y de aquellos con elevados niveles de desigualdad. Las sociedades científicas deberían utilizar parte de los ingresos obtenidos por los congresos para financiar la participación de investigadores de regiones donde asistir resulta estructuralmente costoso. Las agencias financiadoras deberían dejar de premiar la publicación en revistas cuyos costos exceden los recursos que ellas mismas conceden. Asimismo, los colaboradores de instituciones con mayores recursos deberían contemplar en sus presupuestos no solo la generación de datos, sino también la visibilidad científica de sus socios.

En la actualidad, gran parte del sistema científico mundial funciona como un estadio con las puertas abiertas, pero con boletos muy costosos. En principio, todos están invitados; en la práctica, solo algunos pueden permitirse entrar de manera habitual. La neurociencia chilena ilustra claramente esta tensión. Sus investigadores publican trabajos que merecen formar parte de la conversación científica internacional, demostrando que es posible producir ciencia de alto nivel fuera de los centros tradicionales de poder. Sin embargo, lograr esa presencia exige con frecuencia que ellos y sus instituciones compensen las limitaciones del financiamiento, los elevados costos de publicación y el acceso restringido a recursos que los sistemas científicos más ricos consideran normales. Su visibilidad no debe interpretarse como prueba de que las condiciones de participación sean iguales para todos.

La neurociencia chilena y latinoamericana no necesita aplausos desde la tribuna. Necesita un escenario en el que la calidad pueda salir al campo de juego sin tener que demostrar primero que puede pagar el precio de la entrada. Si la ciencia mundial realmente se toma en serio la calidad, también debe tomarse en serio el costo del prestigio.



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Scientific talent is global. Access to the world’s scientific stage is not.

Neuroscience in Chile, and across Latin America, does not lack talent or ideas, but the systems that make science visible—prestigious journals, conferences and networks—increasingly price its researchers out.


By Vicente Medel


3 August 2026 | 8 min read


Vicente Medel

Assistant professor, Faculty of Biological Sciences

Pontificia Universidad Católica de Chile



Watching the World Cup from Chile was a strange experience. We were outside the tournament, but we know the game, follow it closely and understand something that every World Cup shows clearly: Talent is not the same as access.

This is also true in science. Talent and ideas are everywhere, but the journals, conferences and networks that make them visible are still concentrated in a small number of wealthy countries. Research visibility has its own infrastructure. It depends on publication fees, travel budgets and access to professional networks that are not evenly distributed.

The question in Latin America is not whether we have good laboratories or internationally relevant ideas. We do. The question is why making them visible is so expensive.

Chile offers a useful case study for seeing this problem clearly. It is often described as one of Latin America’s scientific bright spots. It is not among the poorest countries in the region, and it has strong universities and a vibrant neuroscience community.

Earlier this year, my collaborators and I surveyed researchers and trainees in that community to understand how the field has developed. We found scientists working across neurophysiology, cellular and molecular neurobiology, cognitive neuroscience and systems neuroscience, spanning both basic and more integrative approaches. About two-thirds of respondents reported completing their Ph.D. in Chile, suggesting that the field’s expansion is not simply the result of training abroad.



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Big tent: Research interests were concentrated primarily in neurophysiology and cellular and molecular neurobiology, with cognitive and systems neuroscience also well represented. Clinical and translational neuroscience and computational and theoretical neuroscience were less frequently selected. Percentages are based on the 66 respondents who authorized use of their data. Because respondents could select more than one area, percentages do not sum to 100 percent.


That research, we found, has also produced a large and visible body of work, present in international literature. According to OpenAlex, an open-access database that tracks research publications, 14,870 neuroscience-related publications with Chilean affiliations were published between 1941 and 2026. Approximately 11,000 of those publications were published after 2000. 

This achievement deserves recognition, but it should not be used as evidence that the current system for identifying global talent is working. By bibliometric measures, Chilean neuroscience may look like a success story: Publication output, international collaborations, open-access publishing and visibility have all increased. Yet the budget for research in Chile tells a different story. These achievements have been produced by a community working under funding conditions that differ sharply from those of the international scientific community Chilean researchers are expected to participate in. Publication success can therefore hide both the precarity behind existing achievements and the talent that never receives sufficient support to participate. Calls for diversity and open science are not enough to support more Latin American participation if the conditions of participation remain so unequal.



THE TRANSMITTER 2.png

Accessible papers: Open access has become a common practice among Chilean neuroscientists. This graph shows, by year, the average percentage of open-access neuroscience articles published by researchers with Chilean institutional affiliations.

Source: OpenAlex database


A Chilean research grant is enough to keep a modest laboratory alive but not enough to make prestige publishing feel attainable. Open-access publications have become common among neuroscientists in Chile, making our work easier to read, cite and circulate. But the cost of open-access publishing can quickly become hard to manage for a Chilean lab.

For an early-career neuroscientist, a typical annual research budget is roughly $30,000. Many high-impact open-access journals charge article processing fees (APCs) of more than $5,000, and some charge well above $7,000. One accepted paper can consume months of budget, never mind the expense of reagents, participant payments, students, equipment repairs or unexpected costs. For a well-funded laboratory in a high-income country, an APC may be an administrative expense. For a Chilean laboratory, it’s an existential decision: Publish where the work may receive attention, or preserve the budget needed to keep the work going.

The peer-review crisis adds another layer of challenge. Many busy researchers are less willing to review for lower-impact journals, opting to reserve their time to review for high-status journals, which creates a quiet prestige trap. More affordable journal options often struggle to secure timely and rigorous reviews. For researchers with limited budgets, choosing a cheaper route comes with less prestige, slower review and less visibility.



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Funding hit: Article processing charges absorb different shares of an early-career ($30,000) and a senior researcher grant ($50,000) in Chile. Funding benchmarks are based on the National Agency of Research and Development research grant amounts in Chile, and APC values are illustrative examples drawn from publicly listed publication fees for journals in neuroscience and related fields.


Conferences create the same problem. Registration is only one part of the cost. For someone traveling from Santiago, the full trip can include a long-haul flight, several hotel nights, meals and local transport in addition to those conference fees—adding up to an important part of a yearly research budget. Attending meetings in the United States, Europe, Asia or Australia can easily reach several thousand dollars. Regional meetings in South America, such as the Congress of the Federation of Latin American and Caribbean Neurosciences (FALAN), are usually cheaper because registration fees are lower and travel is shorter. Conference participation should not be a luxury add-on to science. It is how trainees meet future mentors, how collaborations begin and how work becomes visible.


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Expensive trips: This graph shows the estimated cost of attending a neuroscience meeting from Santiago by destination. Each scenario is calculated as registration plus round-trip airfare, lodging and daily local costs, using five meeting days and five lodging nights. Bars show the mean cost share of an early-career ($30,000) and a senior ($50,000) Chilean research fund. Travel-cost scenarios are illustrative estimates of neuroscience and brain-science meeting registration fees (FENS, SfN, OHBM, AAIC) averaged and approximated to $850 for international meetings and $180 for a regional South American meeting, combined with approximate airfare, lodging and daily local costs for representative destination cities. Error bars show the standard deviation across city-level scenarios within each destination category.


For these reasons, the usual language around increasing diversity feels incomplete to me. Many journals, societies and institutions in the Global North say they want more international authors, more Latin American collaborators and more voices outside the usual centers. I believe many of them mean it. But participation is not only a matter of being invited to a program. It also depends on whether researchers can pay the costs of being present. Invitations, panels and special issues do not change that arithmetic, and the waiver system only partially helps. Chile, for example, almost never qualifies for automatic waivers, even though its scientific budgets still do not resemble those of wealthy research systems. Many waiver policies are based on national income categories, not on grant size, local funding conditions or purchasing power.

If elite journals and scientific societies want a more global neuroscience, they need to look beyond symbolic inclusion. Waivers, travel support and publication funds should factor in the real conditions in which scientists work: grant size, local research budgets and the cost of participating from outside the usual centers. This matters especially in Latin America, where scientific funding often depends on changing political priorities. New governments can freeze calls, delay payments or reduce support for science. Laboratories are then asked to participate in a global system with high prices, while trying to plan their work under unpredictable local conditions.

I can diagnose the problem more confidently than I can prescribe its cure. But one thing seems clear: Goodwill will not move the needle without also changing who pays to be seen. A serious response would treat scientific visibility as a shared goal, not a commodity. Publishers that profit from publicly funded research should cross-subsidize publication for underfunded systems and for low- and middle-income countries, as well as countries with high levels of income inequality. Scientific societies should use conference revenue to fund participation from regions where attendance is structurally expensive. Funding agencies should stop rewarding publication venues whose costs their own grants cannot cover. Wealthy collaborators should budget for the visibility of their partners, not just for the data they help produce. 

Right now, too much of global science works like a stadium with open doors but expensive tickets. Everyone is invited in principle, but only some can routinely afford to enter. Chilean neuroscience shows the tension clearly. Its researchers are publishing work that belongs in the international conversation, showing that important science can be conducted outside the traditional centers of power. Yet making those contributions often requires them and their institutions to compensate for limited funding, high publication costs and reduced access to resources that wealthier research systems take for granted. Their visibility should not be mistaken as evidence that the conditions required for participation are equal.

Chilean and Latin American neuroscience does not need applause from the sidelines. It needs a field in which quality can enter the pitch without first proving that it can afford the ticket. If global science is serious about quality, it also has to become serious about the price of prestige.

lunes, 13 de julio de 2026

ESPAÑA: el CSIC enfrenta su pasado más oscuro

Publicado en Science
https://www.science.org/content/article/largest-research-organization-spain-confronts-its-dark-past?utm_source=onesignal&utm_medium=webpush&utm_content=news&utm_campaign=webpush



La mayor organización de investigación de España enfrenta su pasado más oscuro El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado durante la dictadura de Francisco Franco, publica las historias de unos 500 investigadores y trabajadores represaliados tras la Guerra Civil

10 de julio de 2026
Por Elisabeth Pain

En febrero de 1937, el biólogo evolutivo J.B.S. Haldane publicó una carta en la que elogiaba la resiliencia de sus colegas del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid durante la Guerra Civil española. Destacó especialmente a Antonio de Zulueta y Escolano, director del museo y una de las principales figuras españolas de la entonces naciente genética experimental.

«En los intervalos entre esconder en los sótanos los objetos más valiosos del museo de biología», escribió Haldane, Zulueta «continuaba su trabajo sobre el escarabajo polimórfico Phytodecta variabilis».

Sin embargo, cuando Francisco Franco tomó el poder en 1939, la carrera de Zulueta quedó abruptamente truncada. Los vínculos políticos de su familia con el derrotado gobierno republicano y sus traducciones de obras como El origen de las especies, de Charles Darwin, probablemente contribuyeron a que fuera destituido inmediatamente como director del museo, explica su bisnieta, Concepción Cortés Zulueta.

«Todo ese conocimiento (...) era considerado peligroso y degenerado» por el gobierno fascista de Franco.

Dos años más tarde recuperó su puesto docente en el laboratorio, pero nunca volvió a desarrollar plenamente su carrera como investigador.

Zulueta es uno de los cientos de investigadores, profesores y trabajadores de apoyo cuyas historias fueron hechas públicas la semana pasada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la mayor institución pública de investigación de España. La iniciativa responde a la Ley de Memoria Democrática de 2022, que exige un mayor reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura franquista.

Todos ellos habían pertenecido a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo precursor del CSIC. La JAE fue disuelta por Franco al final de la guerra y sustituida por el CSIC, creado para promover la ideología del nuevo régimen.

«Esta era una deuda histórica de la institución», escribió Ana Crespo, presidenta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, en una declaración enviada a Science.

Poner nombre a quienes sufrieron represalias y reconocer públicamente su persecución «constituye un paso necesario para comprender la historia de la ciencia española en toda su complejidad y reconocer a quienes fueron injustamente excluidos de ella».

Fundada en 1907 por el gobierno español y dirigida por el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, la JAE modernizó la ciencia española mediante el envío de investigadores al extranjero para su formación y la creación de una red de nuevos centros de investigación.

Tres décadas después, cuando Franco la disolvió, toda su infraestructura y financiación pública fueron transferidas al CSIC, una institución creada por el régimen con el propósito de reunificar ciencia y fe y promover el nacionalismo español.

El personal de la JAE fue depurado como parte de «una completa reconfiguración del tejido institucional y científico español basada en la censura, el miedo y el control social», señaló la historiadora de la ciencia Ana Romero de Pablos durante la presentación oficial del proyecto el 1 de julio.

España evitó durante décadas afrontar el legado del franquismo. Aunque algunas investigaciones individuales habían estudiado el destino de determinados científicos destacados, lo ocurrido con la mayoría de los miembros de la JAE era prácticamente desconocido, incluso para sus propias familias.

Para reconstruir sus historias, Romero de Pablos y su equipo examinaron trece archivos públicos y privados que conservaban expedientes de depuración, documentos utilizados para evaluar la adhesión política, religiosa e intelectual de los miembros de la JAE a los valores del régimen franquista.

El resultado es una base de datos que reconstruye las trayectorias de más de 500 investigadores, técnicos, personal administrativo y de servicios, docentes y estudiantes.

Las personas fueron sancionadas por motivos muy diversos: desde no apoyar al régimen franquista hasta realizar investigaciones contrarias a los dogmas católicos, impartir cursos en el extranjero o incluso desafiar normas culturales, como el simple hecho de que una mujer llevara pantalones.

En conjunto, alrededor del 40 % de los miembros de la JAE desaparecieron del sistema científico español.

Algunos «partieron al exilio y otros fueron sometidos a consejos de guerra», llegando incluso a morir en prisión, explica Romero de Pablos.

Otros tuvieron que reconstruir su vida profesional fuera del ámbito académico.

Un reducido número logró reincorporarse plenamente al CSIC, pero la mayoría de quienes fueron admitidos en la nueva institución sufrió distintos tipos de sanciones.

Según los archivos, Zulueta fue suspendido temporalmente con la mitad de su salario y, aunque pudo reincorporarse en 1941, nunca volvió a ocupar cargos de dirección.

Para la historiadora Alba Fernández Gallego, de la Universidad de Valencia, el proyecto constituye «una iniciativa sólida, necesaria y muy prometedora».

No obstante, considera que la base de datos debería distinguir mejor los diferentes papeles desempeñados por los miembros de la JAE tras la Guerra Civil.

«Las personas represaliadas aparecen junto a otras que desempeñaron un papel activo en las propias depuraciones», señala.

Ana Crespo coincide en que la plataforma debería ofrecer un mayor contexto histórico, aunque destaca positivamente que permita a los visitantes aportar comentarios y correcciones.

Desde la muerte de Franco en 1975, el CSIC ha recorrido un largo camino respecto a sus orígenes.

Durante la transición democrática, «los investigadores y el personal del CSIC desempeñaron un papel muy relevante en la construcción de la política científica de la democracia», afirma la presidenta del organismo, Eloísa del Pino.

Sin embargo, conocer lo ocurrido durante las depuraciones constituye un ejercicio imprescindible «para reconciliarnos con nuestro pasado», añade.

Concepción Cortés Zulueta, investigadora en humanidades que hoy trabaja junto a biólogos evolutivos en el mismo museo donde trabajó su bisabuelo, considera que iniciativas como esta tienen un efecto reparador para las familias y resultan saludables para un país que aún permanece dividido respecto a su pasado.

Además, el proyecto constituye un recordatorio contundente de que las instituciones científicas suelen ser unas de las primeras víctimas de las dictaduras, señala Del Pino.

«Debemos ser conscientes de lo que implican estos procesos totalitarios y de que ninguna sociedad está completamente a salvo de que algo semejante vuelva a ocurrir.»


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ScienceInsiderPeople & Events


Spain's largest research organization confronts its dark past


Spanish National Research Council, established under Francisco Franco’s dictatorship, has published the stories of some 500 researchers and support staff purged after civil war


10 Jul 2026

By Elisabeth Pain


In February 1937, evolutionary biologist J.B.S. Haldane published a letter commending his colleagues at the National Museum of Natural Sciences in Madrid for their resilience during the raging civil war. He singled out Antonio de Zulueta y Escolano, the museum’s director and a leading Spanish figure in the nascent field of experimental genetics. “In the intervals of hiding the more precious contents of the biological museum in cellars,” Haldane wrote, Zulueta “was continuing his work on the polymorphic beetle Phytodecta variabilis.”

But, when Francisco Franco took power in 1939, Zulueta’s career was abruptly derailed. His family’s political ties with the defeated Republican government and his translations of books such as Darwin’s The Origin of Species probably contributed to him being immediately removed as museum director, says his great-granddaughter, Concepción Cortés Zulueta. “All this knowledge … was considered dangerous and degenerate” under Franco’s fascist government. The scientist recovered his laboratory teaching position 2 years later, but his research career never took off again.

Zulueta is one of hundreds of researchers, professors, and support staff whose tragic stories were released to the public last week by the Spanish National Research Council (CSIC), the country’s largest public research institution, under a 2022 law that called for greater recognition of all the victims of the civil war and Francoist dictatorship. All had been affiliated with the Board for the Advancement of Studies and Scientific Research (JAE), CSIC’s precursor. JAE was dissolved by Franco toward the end of the war and replaced with the CSIC to promote the new government’s ideologies.

“This was a historical debt of the institution,” Ana Crespo, president of the Royal Academy of Sciences of Spain, wrote in a statement to Science. Putting a name to the people who suffered reprisals and publicly acknowledging their persecution “constitutes a necessary step to understand the history of Spanish science in all its complexity and to recognize those who were unjustly excluded from it.”

Created in 1907 by the government and led by Spanish Nobel laureate Santiago Ramón y Cajal, the JAE modernized Spanish science by sending members for training abroad and creating a network of new research centers. When it was dissolved by Franco 3 decades later, JAE’s infrastructure and public funding were handed over to the CSIC, which the regime had created to reunite science and faith and to promote Spanish nationalism. JAE’s staff was purged as part of “a complete reconfiguration of the Spanish institutional and scientific fabric [based on] censorship, fear, and social control,” science historian Ana Romero de Pablos noted at the launch event on 1 July.

Spain generally avoided addressing the legacy of Francoism until recently, and although individual research projects had focused on the fate of a few elite scientists, what happened to most JAE members was little known, even within their own families. To bring all their stories to life, Romero de Pablos and her colleagues dug into 13 public and private archives of “depuracíon” files documenting how JAE members were vetted for their political, religious, and intellectual alignment with Franco’s values.

The resulting database retraces the trajectories of more than 500 researchers, support and service staff, teachers, and students. Individuals were purged or punished for a variety of perceived offenses, from not supporting the Francoist regime to pursuing research that contradicted Catholic dogmas, giving workshops abroad, or even simply challenging cultural norms—such as wearing trousers as a woman.

Ultimately, about 40% of all JAE members were lost to Spanish research. Some “went into exile and [some] underwent military trials,” even dying in jail, Romero de Pablos says. Others had to rebuild their careers outside of academia. A few scientists were fully reintegrated into the CSIC, but most of those allowed into the new organization were faced with a range of penalties. According to the archive, Zulueta, for instance, was suspended with half of his salary for a while, and then allowed to return in 1941, but without access to institutional leadership positions.

The project is “a solid, necessary, and very promising initiative,” says historian Alba Fernández Gallego of the University of Valencia. But she says the database should better differentiate between the roles that the JAE members played in the aftermath of the civil war. “Those who were repressed appear alongside others who played an active role in the purges,” she says. Crespo agrees the platform should provide more contextual information, but applauds it for allowing visitors to offer comments and corrections.

Since the death of Franco in 1975, the CSIC has come a long way from its origins. During Spain’s transition to democracy, “the researchers and staff of the CSIC … played a very relevant role in designing the political science of the democracy,” says CSIC President Eloísa del Pino. But finding out what happened during the purge is an important exercise “to reconcile us with our past,” she says.

Cortés Zulueta, a humanities researcher who works alongside evolutionary biologists at the very same museum as her great-grandfather, says that initiatives like the CSIC’s platform are validating and healing for families, and healthy for a country that is still divided about its past. The project also offers a stark reminder of how scientific institutions are often the first victims of dictatorships, del Pino says. “We must be aware of what these totalitarian processes entail, and that no society is safe from the possibility of these things happening again.”


doi: 10.1126/science.zqp82gn

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Elisabeth Pain is contributing editor for Europe.

Del parasitismo a la simbiosis: escapar de la presión de las editoriales con fines de lucro mediante el acceso abierto diamante

Publicado en The Scholarly Kitchen https://scholarlykitchen.sspnet.org/2026/07/16/guest-post-from-parasitism-to-symbiosis-escaping-peer-pres...