Mostrando entradas con la etiqueta Reino Unido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reino Unido. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

REINO UNIDO: Cómo el neoliberalismo ha ampliado la brecha en la transición hacia la educación superior

Publicado en University World News
https://www.universityworldnews.com/post.php?story=20260617131531496





REINO UNIDO

Cómo el neoliberalismo ha ampliado la brecha en la transición hacia la educación superior

Chloe Ashbridge, Stacy Gillis y Helen King
17 de junio de 2026

Muchas de las transformaciones que han marcado la agenda pedagógica de la educación superior en el Reino Unido desde la década de 1960 han estado relacionadas con lo que hoy se denomina levelling up (reducción de las desigualdades educativas y sociales). Esto fue especialmente evidente durante el gobierno de coalición entre Conservadores y Liberal Demócratas (2010-2015), cuyo legado ha dejado una huella duradera en el sistema educativo británico.

Un aspecto significativo de ese legado puede atribuirse al trabajo del entonces secretario de Estado de Educación, Michael Gove (quien ocupó el cargo entre mayo de 2010 y julio de 2014), quien prometió aumentar el "valor añadido" (educational gain) de la educación para los estudiantes.

Ello dio lugar a un nuevo Currículo Nacional para la educación secundaria que priorizó la adquisición de conocimientos, así como a reformas en el sistema de evaluación del GCSE (General Certificate of Secondary Education), la eliminación de los trabajos de curso y de los exámenes modulares, y la implantación generalizada de evaluaciones mediante exámenes escritos sin acceso a materiales de consulta (closed-book testing).

Una narrativa dominante en torno a estos cambios sostenía que el valor de la educación residía menos en los atributos, habilidades y capacidades que desarrolla (considerados despectivamente como habilidades blandas) que en el rendimiento económico derivado de la adquisición de conocimientos.

Esta visión establecía una relación directa entre los conocimientos adquiridos en la educación secundaria y la economía, aspecto fundamental para el gobierno de coalición, que buscaba formar ciudadanos capaces de "destacar" dentro de un sistema neoliberal de capitalismo tardío. Esta agenda estaba sustentada en un discurso basado en la competencia y en la mínima intervención del Estado, ambos principios fundamentales del neoliberalismo.

El paso hacia evaluaciones lineales y exámenes sin materiales de consulta corrió el riesgo de ampliar la brecha entre los estudiantes que podían acceder a clases particulares para preparar los exámenes y aquellos que no disponían de esos recursos. Estas reformas curriculares constituyen un importante antecedente para comprender la brecha pedagógica existente entre el aprendizaje en la educación secundaria y el universitario.

Esto resulta especialmente evidente en las disciplinas de humanidades, donde competencias como la argumentación, el debate, la co-creación del conocimiento, la investigación crítica y la evaluación analítica chocan —en clara desventaja— con el énfasis de la economía del conocimiento en la mera adquisición de información.

Los estudiantes que cursaron los GCSE bajo estas reformas curriculares llegan inevitablemente a la universidad con el legado de una economía del conocimiento que privilegia la memorización por encima de la autorreflexión y el pensamiento crítico.

Este modelo de economía del conocimiento plantea importantes desafíos para los fundamentos pedagógicos que han sustentado muchas de las estrategias y estructuras de la educación superior orientadas hacia la inclusión y la justicia social, impulsadas por las profundas transformaciones de las décadas de 1960 y 1970 en torno a la raza, la clase social, el género, la sexualidad y la discapacidad.

En este contexto, resulta fundamental reflexionar sobre cómo responden las universidades a los cambios producidos en la educación secundaria y a los desafíos que estos plantean para la igualdad, la diversidad y la inclusión (EDI) desde el momento mismo del ingreso a la educación superior.

El currículo oculto

En nuestro nuevo artículo publicado por Taylor & Francis, nos centramos en las repercusiones de estas reformas sobre las prácticas pedagógicas relacionadas con la transición hacia la educación superior, argumentando que favorecieron una cultura educativa basada en el consumo de conocimientos, más que en su co-creación y en el pensamiento crítico.

Adoptando una visión integral del ciclo de vida del estudiante, analizamos la evolución de lo que se conoce como el "currículo oculto" de la universidad británica en el escenario educativo posterior a Gove; es decir, el conjunto de conocimientos y habilidades implícitos en las prácticas institucionales.

Nos planteamos dos preguntas relacionadas entre sí: ¿cómo aprenden los estudiantes qué constituye una forma "eficaz" de aprender en la educación superior?, y ¿cómo podemos ayudarlos a cuestionar ese modelo?

Sostenemos la necesidad de un enfoque que reduzca el impacto del currículo oculto en los ámbitos académico, social y de bienestar de la universidad, y afirmamos que sigue siendo necesaria una pedagogía orientada por los principios de igualdad, diversidad e inclusión que contemple de manera integral todo el ciclo de vida del estudiante, desde antes de su ingreso hasta su egreso.

Las sucesivas oleadas de reformas educativas de inspiración neoliberal durante la última década continúan influyendo en la experiencia de aprendizaje de los estudiantes y en la forma en que se perciben a sí mismos dentro de la universidad.

La economía del conocimiento implica que los procedimientos institucionales y las competencias específicas de cada disciplina se distribuyan de manera desigual entre el estudiantado, favoreciendo a quienes cuentan con un mayor capital cultural heredado o que han podido desarrollar autonomía y autoeficacia fuera del ámbito escolar.

Esta orientación hacia el mercado, sintetizada en el discurso de la economía del conocimiento, ha sido criticada desde diversas perspectivas.

Una de las críticas más frecuentes a la agenda educativa del gobierno de coalición ha sido su carácter elitista, tanto por la estructura de las evaluaciones como por los contenidos curriculares. Desde la neoliberalización de la educación y el deterioro de la alfabetización crítica, hasta el privilegio otorgado a los estudiantes considerados tradicionalmente "académicos" y la desvalorización de las artes y las humanidades, las críticas han puesto de manifiesto las estructuras que reproducen el capital cultural y los privilegios sociales.

Pedagogía inclusiva

Los debates actuales sobre pedagogía inclusiva y acceso a la educación superior suelen pasar por alto no solo las desigualdades en el capital cultural existentes en el momento de la transición, sino también la manera en que esa brecha de conocimientos corre el riesgo de ampliarse durante el proceso de inducción universitaria.

Esto resulta especialmente pertinente en el contexto de la educación superior británica, donde la inducción hace referencia al programa mediante el cual los nuevos estudiantes son introducidos a las estructuras académicas, administrativas y sociales de la institución y de sus respectivos programas de estudio.

Las universidades deben ser capaces de responder a los cambios en las políticas de educación secundaria si desean apoyar adecuadamente a los estudiantes en la transición desde entornos centrados en el currículo y dirigidos por el profesorado hacia contextos basados en la investigación y centrados en el estudiante.

Los conceptos de independencia y autonomía presentan connotaciones especialmente ambiguas. Por un lado, pueden asociarse con el pensamiento independiente, un componente esencial de la alfabetización crítica que ha quedado relegado en la educación posterior a Gove. Por otro lado, lo que significa ser un estudiante independiente puede interpretarse según valores neoliberales, internalizando la idea de que pedir ayuda es una señal de fracaso y que la independencia implica aislamiento, en lugar de pertenencia a una comunidad de aprendizaje.

La manera en que valores como la independencia y la resiliencia se enseñan —tanto explícita como implícitamente— corre el riesgo de ocultar la importancia de la comunidad y de invisibilizar los problemas derivados de factores estructurales, afectando en última instancia el sentido de pertenencia de los estudiantes, su autoestima, su rendimiento académico y su acceso a oportunidades profesionales.

Nuestro proyecto identificó cuatro aspectos fundamentales del currículo oculto durante la transición de la educación secundaria a la superior: la independencia, la capacidad para establecer relaciones de trabajo, el uso de plataformas digitales y el dominio del lenguaje académico surgieron como competencias esenciales para desenvolverse con éxito en la universidad.

Estas competencias permanecen ocultas en el sentido de que no todos los estudiantes que ingresan las poseen por igual, ni son reconocidas y enseñadas de manera explícita, pese a ser fundamentales para una transición exitosa hacia los estudios universitarios.

En conjunto, estos cuatro componentes del currículo oculto convergen en torno a las nociones de alfabetización crítica y competencia social. Es precisamente aquí donde se hace visible el impacto de una educación secundaria orientada al mercado: muchos estudiantes llegan a la universidad con el deseo de obtener buenas calificaciones, pero carecen de las denominadas "habilidades blandas" necesarias para filtrar información, desarrollar pensamiento crítico y construir comunidades de aprendizaje sólidas, en las que puedan integrarse y contribuir activamente.

El cuidado en una economía contraria al cuidado

En un contexto político en el que la educación se presenta principalmente como un medio para obtener beneficios económicos y donde las universidades son evaluadas cada vez más mediante indicadores relacionados con la empleabilidad de sus egresados, existen pocos incentivos para que las instituciones centren su atención en la igualdad, la diversidad y la inclusión desde el momento del ingreso. ¿Cómo puede, por ejemplo, una ética del cuidado ayudar a que nuestros estudiantes se sientan apoyados y comprometidos en una economía neoliberal que simultáneamente mercantiliza y devalúa el cuidado?

En medio de la neoliberalización generalizada de la educación —desde la economía del conocimiento hasta la precarización del trabajo universitario— la idea misma de una transición universitaria equitativa parece poco más que un sueño lejano. Sin embargo, es un sueño utópico hacia el cual todos debemos seguir esforzándonos.

Chloe Ashbridge es profesora de literatura moderna y contemporánea en la Universidad de Newcastle (Reino Unido), donde investiga las relaciones entre la literatura británica y los cambios políticos desde 1945. Antes de incorporarse a la universidad trabajó en centros de educación secundaria y en organizaciones benéficas dedicadas a la educación, manteniendo un fuerte interés por las políticas educativas.

Stacy Gillis es profesora titular de literatura moderna y contemporánea y decana asociada de Educación en la Universidad de Newcastle. Codirige el Grupo de Investigación sobre Género de dicha universidad y forma parte del equipo editorial de Feminist Theory.

Helen King concluyó recientemente su doctorado, financiado por Northern Bridge, en la Universidad de Newcastle.

Este artículo es un comentario. Los artículos de opinión reflejan exclusivamente las opiniones de sus autores y no necesariamente las de University World News.




……………………………………


UNITED KINGDOM


How neoliberalism has made the transition gap to HE wider

Chloe Ashbridge, Stacy Gillis and Helen King  

17 June 2026

Many of the shifts in pedagogy agenda-setting in UK higher education since the 1960s have been concerned with what is now termed ‘levelling up’. This was particularly apparent during the 2010 to 2015 Conservative and Liberal Democrat coalition government, which has left a lasting imprint on the UK’s education system.


A significant aspect of this legacy can be attributed to the work done under the former secretary of state for education, Michael Gove (who held office between May 2010 and July 2014), who promised to increase the educational ‘gain’ for students.


This led to a new National Curriculum for secondary schools which prioritised knowledge acquisition, reforms to the GCSE (General Certificate of Secondary Education) marking structures, the removal of coursework and modular examinations at GCSEs and a blanket implementation of closed-book testing.


A dominant narrative around these changes was that the value of education was less in the attributes, skills and characteristics it fosters (which were dismissed as ‘soft skills’) than in the economic return generated by knowledge acquisition.


This posited a relationship between secondary school knowledge and the economy which was key for the coalition government in terms of ideal subject-citizens who could ‘excel’ in a neoliberal late capitalist system. This agenda was underpinned by a vocabulary of competition and minimal state intervention, both of which are basic tenets of neoliberalism.


The shift to closed-book and linear assessments risked widening the gap between students with access to private tuition to pass an exam, and those who do not. These curriculum reforms provide an important context for the pedagogic gap between secondary and university learning.


This is especially the case for the humanities disciplines, where skills such as argumentation, debate, co-creation, critical enquiry and analytical evaluation run up against – unfavourably – the knowledge economy’s emphasis on information acquisition.


Students who took GCSEs under these curriculum changes inevitably bring with them the legacy of the knowledge economy, which prizes memory recall over self-reflexivity and critique.


The knowledge economy model poses serious challenges to the pedagogic rationale which has underpinned many tertiary education pedagogic strategies and structures centring on inclusivity and social justice agendas, which were foregrounded by the seismic shifts in the 1960s and 1970s around race, class, gender, sexuality and dis/ability.


Key here is thinking about how universities respond to shifts in secondary education and the challenges they pose for equality, diversity and inclusion (EDI) at the point of entry.


The hidden curriculum


In our new article published by Taylor & Francis, we focus on the repercussions of these reforms for pedagogic practice around the transition to higher education, arguing that they facilitated an educational culture of knowledge consumption rather than co-creation and critique.


Taking a holistic view of the student life cycle, we explored the evolving parameters of the UK university’s ‘hidden curriculum’ in the post-Gove educational landscape – that is, the implicit knowledge and skills embedded in institutional practices.


We asked two connected questions: how do students learn what makes an ‘effective’ approach to learning in higher education, and how do we help them to challenge this approach?


We argue for an approach that mitigates the hidden curriculum as it exists in the academic, social and pastoral spheres of the university, positing that there remains the need for EDI-led pedagogy in higher education which approaches the student life cycle holistically, from pre-arrival through to out-duction.


Successive waves of neoliberal education reform over the last decade continue to impact students’ experience of learning, and the way they view themselves in relation to the university.


The knowledge economy means that institutional procedures and subject-specific skills are distributed unevenly across the study body, privileging students with inherited cultural capital or who have been able to develop self-efficacy and independence outside their studies.


This market-orientated stance, encapsulated in the vocabulary of the knowledge economy, has been critiqued from several standpoints.


A dominant critique of the coalition’s education agenda has been of its elitism, both in terms of examination structures and curriculum content: from the neoliberalisation of education and the degradation of critical literacy to the privileging of traditionally ‘academic’ learners and the depreciation of arts and humanities subjects, the critiques have identified the structures which reify cultural capital and privilege.


Inclusive pedagogy


Existing discussions of inclusive pedagogy and access to higher education occlude not only imbalances in cultural capital at the point of transition but also how this knowledge gap is at risk of widening throughout the induction period.


This is particularly relevant in the context of UK higher education, in which ‘induction’ refers to the programme through which new students are introduced to the academic, administrative and social structures of the institution and their programmes of study.


Universities must be able to respond to shifts in secondary educational policy if they are to adequately support students in their transition from curriculum-driven, teacher-led contexts to those which are enquiry-driven and student-centred.


The themes of independence and autonomy have especially ambiguous connotations: on the one hand, they can be linked to independent thinking, an element of ‘critical literacy’ that finds itself sidelined in post-Gove education; on the other hand, what it means to be an independent learner can be interpreted according to neo-liberal values, for instance, by internalising the message that asking for help is a sign of failure, and that independence means isolation rather than connection with a community of peers.


The way in which values like independence and resilience are taught visibly and invisibly is at risk of obscuring the values of community and the challenges resulting from systemic factors, ultimately impacting students’ belonging, self-esteem, academic success and access to career opportunities.


Our project revealed four key aspects of the hidden curriculum in the transition from secondary to higher education: independence, forming working relationships, use of digital platforms and academic language emerged as core competencies for navigating the transition to university study.


These competencies are hidden in the sense that they are not uniformly possessed by incoming students or acknowledged and taught but are important to making a successful transition to university study.


Taken together, these four aspects of the hidden curriculum coalesce around the notions of critical literacy and social competency: it is here that the impact of a market-orientated approach to secondary education is visible in the expectations and abilities of students who arrive at university with a desire for good marks but sometimes lacking in the so-called ‘soft skills’ needed to filter information and form rich learning communities to which they can belong and contribute.


Care in an anti-care economy


In a political climate in which education is touted primarily as a means of economic gain, with universities increasingly measured on metrics related to graduate outcomes, there is little incentive for universities to focus on equality, diversity and inclusion at the point of entry. How can thinking about care, for example, help our students feel supported and engaged in a neoliberal economy which increasingly simultaneously marketises and devalues care?


Amidst the sector-wide neoliberalisation of education – from the knowledge economy to the precarisation of university labour – the very notion of an equitable university transition feels like little more than a distant dream but a utopian dream towards which we all need to strive.


Chloe Ashbridge is a lecturer in modern and contemporary literature at Newcastle University, United Kingdom, where her research addresses the interdependence between British literature and political change since 1945. Beyond academia, Chloe has worked in secondary schools and the education charity sector, and she maintains a keen interest in educational policy. Dr Stacy Gillis is senior lecturer in modern and contemporary literature and associate dean (education) at Newcastle University. She is the co-lead of the Gender Research Group at Newcastle, and is one of the editors of Feminist Theory. Helen King recently finished her Northern Bridge-funded PhD at Newcastle University.


This article is a commentary. Commentary articles are the opinion of the authors and do not necessarily reflect the views of University World News.


lunes, 6 de julio de 2026

REINO UNIDO: El gran debate sobre la deuda estudiantil

Publicado en THE Times Higher Education
https://www.timeshighereducation.com/depth/will-uks-revived-student-loans-debate-spark-another-youthquake?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=editorial-daily&spMailingID=32640777&spUserID=MTMxNDI2NDE5NzI2MwS2&spJobID=2891176144&spReportId=Mjg5MTE3NjE0NAS2  





El gran debate sobre la deuda estudiantil ¿Provocará el renovado debate sobre los préstamos estudiantiles en el Reino Unido otro “youthquake”?

Los debates sobre la deuda de los graduados han explotado en las últimas semanas en medio de la preocupación por saldos que continúan aumentando incluso cuando los egresados intentan pagarlos. ¿Se ha convertido el sistema en un “monstruo de Frankenstein” que los políticos se apresurarán a destruir? Juliette Rowsell informa.

Publicado el 19 de febrero de 2026
Última actualización: 19 de febrero de 2026
Juliette Rowsell
Twitter: @JulietteRowsell

Cuando Lydia Royce tomó su licencia de maternidad el año pasado, su deuda estudiantil era la menor de sus preocupaciones. Pero después de que el mes pasado estallaran conversaciones nacionales sobre el sistema de préstamos estudiantiles en Inglaterra y Gales, Royce decidió revisar su saldo. Quedó horrorizada al descubrir que, a pesar de haber aceptado una baja voluntaria durante su licencia de maternidad —y, por lo tanto, haber ganado menos durante el año que el umbral de reembolso—, la deuda de su préstamo había aumentado en 1,900 libras esterlinas, incluso mientras luchaba por llegar a fin de mes con pagos de maternidad legales que ni siquiera cubrían su hipoteca, mucho menos sus gastos de vida.

“Simplemente pone de relieve lo ridículo que es el interés que se le añade, ¿no?”, declaró a Times Higher Education.

Las columnas de los periódicos británicos, las ondas radiales y las redes sociales se han inundado en las últimas semanas con políticos, periodistas y activistas debatiendo los méritos del llamado sistema de matrícula Plan 2, introducido en 2012, cuando el límite de las tasas de matrícula en Inglaterra casi se triplicó, pasando de 3,225 a 9,000 libras esterlinas por año. Ese mismo año, en Gales aumentó de 1,175 a 3,465 libras para estudiantes domiciliados en Gales —o a 9,000 libras para aquellos provenientes de otras partes del Reino Unido; en 2018, las tasas para estudiantes domiciliados en Gales también aumentaron hasta un máximo de 9,000 libras, aunque se ofrecieron subvenciones para compensar el costo a estudiantes de bajos ingresos.

Un diputado laborista, Luke Charters, dijo el mes pasado en el Parlamento que el sistema de tasas universitarias se ha convertido en un “monstruo de Frankenstein”. Señaló que las condiciones de reembolso de los préstamos Plan 2 —que exigen a los estudiantes pagar el 9 % de sus ingresos por encima de un umbral de 28,470 libras— son “innecesariamente complejas”.

Añadió que están “llenas de características absurdas, como cobrar tasas de interés más altas a quienes podrían llegar a ganar más”, en referencia a la tasa de interés de 3 % más el índice RPI (Retail Price Index) aplicada a graduados que ganan más de 51,245 libras (quienes ganan menos solo pagan el RPI después de dejar la universidad).

“A los prestatarios del Plan 2, incluyéndome a mí, nunca se nos explicó claramente que mayores ingresos de los graduados significaban mayores intereses del préstamo”, afirmó Charters.
“Como exregulador de la FCA [Financial Conduct Authority], aunque las regulaciones de la FCA no se aplican a los préstamos estudiantiles, déjenme decirles que, en mi sincera opinión, la comunicación sobre los reembolsos de préstamos estudiantiles, donde los ingresos están vinculados a las tasas de interés, parece una especie de escándalo de venta engañosa esperando a estallar”.

Charters forma parte de una generación emergente de políticos millennials que están pagando préstamos Plan 2. Con la ayuda de colegas de edad similar en los medios de comunicación, están devolviendo a la agenda política un tema que muchos observadores consideraban resuelto.

La decisión de la canciller Rachel Reeves en el presupuesto de otoño de 2025 de congelar el umbral de reembolso de préstamos estudiantiles durante los próximos tres años en Inglaterra parece haber sido la chispa para reconsiderar todo el concepto de préstamos estudiantiles en el Reino Unido, aunque el gobierno galés ha dicho que no congelará el umbral de reembolso y los estudiantes de Irlanda del Norte todavía solicitan préstamos “Plan 1”, cuya tasa de interés es la menor entre el RPI o la tasa base del Banco de Inglaterra más 1 %.

En medio de una crisis de financiamiento y de un creciente escepticismo sobre el valor de un título universitario, muchas universidades británicas seguramente estarán nerviosas por el efecto que este debate pueda tener en las solicitudes de ingreso universitario en los próximos meses y años.

Con las cuotas anuales de matrícula situadas ahora en 9,535 libras esterlinas, los estudiantes en Inglaterra se gradúan actualmente con una deuda promedio de 53,000 libras. Los intereses se cobran desde el momento en que se adquiere el préstamo y, como pone de manifiesto la historia de Royce, continúan acumulándose incluso si los graduados pierden su empleo, toman una baja por enfermedad o disfrutan de licencia de maternidad. Como resultado, dos tercios de los graduados británicos acumularon más intereses de los que lograron pagar durante el año fiscal 2024-2025, según una investigación de The Times. En total, el año pasado se añadieron 15,200 millones de libras en intereses a los préstamos estudiantiles, mientras que solo se reembolsaron 5,000 millones.

Los graduados con préstamos Plan 2 que ganan 100,000 libras tienen una tasa marginal de impuestos de aproximadamente el 69 %. Esta cifra es aún mayor si también tienen un préstamo de posgrado, el cual se cobra al 6 % de los ingresos superiores a 21,000 libras, un umbral que no ha aumentado en una década a pesar de la elevada inflación y del estancamiento salarial durante ese periodo.

Pero los arquitectos del sistema continúan insistiendo en que es justo. Hablando en 2010, David Willetts, entonces ministro de Universidades y Ciencia, afirmó que el sistema de educación superior del Reino Unido tenía “muchas fortalezas”, pero necesitaba un mayor enfoque en la experiencia estudiantil, la ampliación del acceso y una financiación sostenible.

En una declaración ante la Cámara de los Comunes, señaló que reemplazar casi por completo las subvenciones para enseñanza con préstamos estudiantiles ofrecía “un futuro próspero para las universidades, con mayores libertades y menos burocracia”, y garantizaba “una buena relación calidad-precio y una verdadera capacidad de elección para los estudiantes”.

Willetts declinó ser entrevistado para este artículo, pero ha defendido consistentemente el sistema de préstamos estudiantiles como la única forma realista de financiar un sistema de educación superior masificado. Y en una reciente publicación de blog, Nick Hillman, entonces asesor especial de Willetts, argumentó que la tasa de interés por encima de la inflación aplicada a los graduados con mayores ingresos en los préstamos Plan 2 era “su característica más progresiva”, ya que “garantiza que los graduados con mejores ingresos no liquiden rápidamente su deuda y, en cambio, continúen pagando durante más tiempo”.

Hillman, quien actualmente es director del Higher Education Policy Institute, añadió:

“Mientras continúan las discusiones, no pretendamos que esta nueva campaña sea otra cosa distinta a lo que realmente es: un ataque contra la característica más progresiva del (antiguo) sistema de préstamos estudiantiles de Inglaterra por parte de quienes han logrado salarios superiores al promedio gracias a sus títulos universitarios”.

La aclaración entre paréntesis —“antiguo”— se refiere al hecho de que los préstamos Plan 2 fueron reemplazados para los nuevos prestatarios en Inglaterra en 2023 por los préstamos Plan 5, los cuales solo cobran intereses en línea con el índice RPI (Retail Price Index).

Hillman afirmó que la cobertura mediática sobre el tema ha parecido irresponsable porque transmite a las personas que actualmente tienen ofertas universitarias la idea de que la educación superior no vale la pena, ignorando además la prima salarial que normalmente ofrece un título universitario.

Sin embargo, Aaron Porter, quien fue presidente de la National Union of Students (NUS) en 2010, cuando se anunció la triplicación de las tasas universitarias, declaró a Times Higher Education que los préstamos Plan 2 han sido “una bomba de tiempo” desde el momento en que fueron introducidos, en medio de protestas masivas estudiantiles.

“Francamente, me sorprende que haya tardado tanto tiempo en existir tanto reconocimiento público como político sobre la magnitud del problema del sistema de préstamos estudiantiles”, dijo Porter, quien posteriormente ha ocupado diversos cargos en consejos universitarios y funciones de asesoría.

En su opinión, las universidades renunciaron a sus subvenciones para la enseñanza “demasiado fácilmente” y “cerraron los ojos” ante el impacto que esto tendría sobre los estudiantes: “nunca apreciaron plenamente que las propias universidades serían cuestionadas sobre la relación calidad-precio de una manera mucho más enérgica de lo que había ocurrido anteriormente”.

La mayor preocupación de Porter en ese momento era que las reformas “alteraron fundamentalmente el pacto entre el Estado, el individuo y las universidades” respecto a cómo debía financiarse la educación superior:

“Asistí a reuniones en las que los vicecancilleres entregaban las subvenciones para enseñanza a cambio de mayores tasas de matrícula, y fueron muy cortoplacistas al no ver cómo eso terminaría perjudicándolos.”

El actual vicepresidente de educación superior de la National Union of Students (NUS), Alex Stanley, también considera “nada sorprendente” que el tema haya regresado al centro de la agenda política quince años después, dado que actualmente hay 4.1 millones de graduados con préstamos Plan 2, muchos de los cuales tienen dificultades para acceder a una vivienda y formar una familia debido a la crisis del costo de vida.

Además, la decisión de Inglaterra de congelar durante tres años, a partir de abril, los umbrales de reembolso de los préstamos Plan 2 en 29,385 libras significa que un sistema ya “absolutamente brutal” “solo está empeorando”, afirmó Stanley:

“Creo que ha llegado el punto en que la gente está harta.”

Incluso Martin Lewis, el conocido experto en finanzas personales que generalmente se muestra favorable a la idea de los préstamos estudiantiles contingentes al ingreso, ha criticado duramente la congelación de los umbrales, calificándola como “una violación de la justicia natural” y un “impuesto encubierto”.

Añadió que los graduados que asistieron a la universidad entre 2012 y 2015 deberían sentirse especialmente agraviados por la política gubernamental, ya que durante ese periodo el gobierno había prometido explícitamente aumentar el umbral de acuerdo con los ingresos promedio, algo que finalmente no ocurrió.

Hablando en el programa Newsnight de la BBC, señaló que “cambiar unilateralmente las condiciones” del préstamo de esta manera “no estaría permitido para ningún prestamista comercial: iría en contra de todas las formas de legislación de protección al consumidor. Es una violación del contrato y una violación de la promesa”.

En su blog más reciente sobre el tema, Hillman se quejó de que el debate sobre los préstamos estudiantiles continúa indefinidamente a pesar de que nadie parece ponerse de acuerdo sobre cuál es exactamente el problema —ni sobre su solución—.

“Creo que la conversación actual revela algo importante: la gente sabe que no le gusta el sistema que tenemos, pero aparentemente no tiene una idea real de cómo sería una gran reforma del mismo”, escribió.
“Quizá la ira generalizada entre los graduados más jóvenes realmente provenga de una sensación más amplia de desigualdad intergeneracional.”

Y Hillman y Willetts no son los únicos arquitectos del sistema actual que continúan insistiendo en que cualquier problema del mismo se debe a los detalles de las condiciones de reembolso, más que al concepto general de préstamos estudiantiles contingentes al ingreso.

Bruce Chapman, quien diseñó el primer sistema de este tipo, implementado en Australia en 1989, declaró a Times Higher Education que los préstamos contingentes al ingreso siguen siendo la forma más justa de financiar la educación universitaria.

Bajo estos sistemas, utilizados también en Nueva Zelanda y Hungría, “todo el mundo puede matricularse y no pagar nada por adelantado”, afirmó, sin crear barreras de acceso para los estudiantes más pobres, mientras que los reembolsos solo comienzan una vez superado un umbral de ingresos, representan la misma cantidad mensual independientemente del nivel de deuda y se cancelan después de un periodo fijo.

En contraste, bajo el sistema estadounidense de préstamos estudiantiles “tipo hipoteca”, es posible incumplir con los pagos de los préstamos, y esto “arruina el historial crediticio de las personas”.

Además, la tasa de incumplimiento es “extraordinaria”, dijo Chapman, alcanzando el 60 % en Tailandia, el 50 % en Colombia y “al menos” el 20 % en Estados Unidos, donde aproximadamente 12 millones de personas en incumplimiento no pueden obtener préstamos para otros fines porque los bancos las consideran “demasiado riesgosas”.

“Aunque, en mi opinión, las deudas en Inglaterra son demasiado altas y las tasas de interés son incorrectas, ustedes aún conservan la esencia correcta”, afirmó Chapman.
“La mayoría de la gente no llega a esa conclusión porque no entiende cuál es la alternativa.”

Sin embargo, Stanley, de la NUS, argumentó que sería “un verdadero error” que el gobierno británico “ignorara” la deuda estudiantil, y criticó a la canciller Rachel Reeves por describir recientemente el sistema actual como “justo y razonable”.

“Es increíblemente frustrante escuchar eso de un grupo de políticos que pagaron tasas universitarias muy bajas o ninguna tasa en absoluto y [de] políticos que además tuvieron acceso a subvenciones de manutención, lo que significaba que su carga de deuda era aún menor”, afirmó.

Un diputado laborista, que pidió no ser identificado, cree que el descontento con los préstamos estudiantiles es un tema sobre el cual el gobierno laborista podría liderar, siempre y cuando actúe con decisión. Señaló que el gobierno “puede aprender lecciones internacionales”, describiendo como “transformadora” la exitosa promesa electoral del Partido Laborista australiano el año pasado de reducir en un 20 % la deuda estudiantil de los graduados.

Chapman, quien es profesor emérito de economía en la Universidad Nacional Australiana, también dijo que “no tiene ninguna duda de que esto influyó en el comportamiento electoral”, a pesar de que la medida no ofrecía por sí misma alivio inmediato a los graduados durante “muchísimos años”, ya que la reducción disminuirá los periodos de reembolso en lugar de reducir las cuotas mensuales (aunque el umbral de reembolso también fue elevado de 54,000 dólares australianos —28,000 libras esterlinas— a 67,000 dólares australianos, lo que se espera que ahorre al deudor promedio unos 680 dólares australianos al año).

Esto sugiere, dijo Chapman, que existe un impacto “psicológico” asociado al discurso sobre la deuda estudiantil que los economistas, incluido él mismo, asumían que no existiría si los pagos estuvieran condicionados al ingreso, condiciones que muchos sostienen hacen que el sistema se parezca más a un impuesto que a un préstamo comercial.

“A la gente no le gusta tener deudas”, señaló.

En ese sentido, vale la pena señalar que el líder laborista australiano Anthony Albanese está lejos de ser el único político que ha obtenido aparentes beneficios electorales gracias a promesas de reducir la deuda estudiantil. Una promesa similar fue un componente central de la exitosa candidatura de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos en 2020. Jacinda Ardern llegó al poder en Nueva Zelanda en 2017 con la promesa de abolir las tasas universitarias —promesa que, una vez en el gobierno, fue reducida a cubrir únicamente el primer año de matrícula y recientemente trasladada al último año.

Y en ese mismo año, el Partido Laborista de Jeremy Corbyn obtuvo el 61.5 % del voto de los menores de cuarenta años en las elecciones generales del Reino Unido tras prometer la abolición de las tasas universitarias. Ese resultado, popularmente descrito como un “youthquake” (“terremoto juvenil”), estuvo cerca de darle una victoria inesperada y asustó a la entonces primera ministra Theresa May, quien lanzó una revisión de las tasas universitarias que finalmente recomendó un tope de 7,500 libras en 2019, aunque nunca fue implementado por su sucesor, Boris Johnson.

El compromiso de Corbyn ha sido retomado recientemente por el líder del Partido Verde, Zack Polanski, quien considera que debería abrirse una conversación nacional sobre la condonación de la deuda estudiantil. Según las encuestas, su partido es actualmente el más popular entre los menores de cincuenta años.

Sin embargo, muchos comentaristas sostienen que el enorme costo para las finanzas públicas de cancelar la deuda estudiantil y reemplazar las tasas universitarias por subvenciones a la enseñanza no está justificado por los beneficios en términos de equidad, especialmente considerando el costo de oportunidad que supone negar financiación a otras áreas del gasto público, como las escuelas y los hospitales.

Actualmente, se prestan casi 21,000 millones de libras anuales a alrededor de 1.5 millones de estudiantes en Inglaterra. Los saldos pendientes de préstamos estudiantiles en Inglaterra alcanzaban los 267,000 millones de libras a finales de marzo de 2025, y se prevé que lleguen a unos 500,000 millones hacia finales de la década de 2040.

Las preocupaciones sobre las bajas tasas de reembolso impulsaron el reemplazo de los préstamos Plan 2 en Inglaterra. Así, aunque los préstamos Plan 5 solo cobran intereses alineados con el índice RPI (Retail Price Index), el periodo de reembolso se amplió de 30 a 40 años y el umbral de pago se redujo de las actuales 28,470 libras de los préstamos Plan 2 a 25,000 libras.

La conveniencia política de cubrir toda esa deuda mediante impuestos generales resulta aún más problemática en un momento en que el valor de un título universitario, en términos de preparar a los graduados para tener éxito en el mercado laboral, está siendo cada vez más cuestionado, sugieren algunos analistas.

Uno de esos escépticos es Paul Wiltshire, un estadístico retirado que ha calculado que, para muchos estudiantes con menor rendimiento académico previo, la prima salarial de ser graduado es, en el mejor de los casos, insignificante. Él sostiene que la educación superior “masificada” es “explotadora”, ya que ha creado un sistema donde los empleadores “discriminan” a quienes no poseen títulos universitarios, mientras que muchos graduados quedan atrapados con grandes deudas que no pueden pagar, creando una “trampa de deuda estudiantil” que está “desmoralizando a la nación”.

Wiltshire propone retroceder en el tiempo, limitar la asistencia universitaria al 15-20 % de la población y solo entonces reintroducir subsidios públicos para cubrir los costos de matrícula.

Como era de esperar, la NUS no respalda una reducción del tamaño del sistema de educación superior. En cambio, el sindicato estudiantil pide al gobierno abolir la congelación del umbral de reembolso (que también se aplica a los préstamos Plan 5), reducir la tasa de interés e introducir un límite vitalicio sobre el total de intereses que los graduados deben pagar.

Según Stanley, también debería reconsiderarse la indexación de los intereses al RPI, dado que este suele ser más alto que otras medidas de inflación, como el índice de precios al consumidor (CPI).

A pesar de los esfuerzos de Willetts y Hillman por asegurar que los estudiantes con mayores ingresos paguen más mediante la tasa de interés real aplicada a los préstamos Plan 2, Stanley señala que los estudiantes más ricos todavía pueden evitar completamente el pago de intereses abonando el monto total de la matrícula por adelantado. Por esa razón, Porter considera que debería contemplarse un gravamen para los estudiantes que lo hagan: “probablemente menor” que el total de intereses pagados durante el periodo de reembolso de 30 años, pero mucho mayor que cero.

La tasa de interés de los préstamos Plan 2 es “simultáneamente el principal motor y el principal obstáculo para… un sistema más progresivo”, afirmó Porter.

Sin embargo, argumentó que aunque esos cambios “fragmentarios” a los préstamos Plan 2 podrían generar “mejoras modestas en los márgenes”, no “harán realmente justicia a la magnitud del problema”. Considera que es necesario debatir la reintroducción de subvenciones para la enseñanza y abordar el “alto grado de volatilidad” del sistema de financiamiento universitario causado por la eliminación de los límites en el número de estudiantes.

“El actual sistema de préstamos estudiantiles es uno que estudiantes, graduados y el Tesoro consideran un mal sistema. Eso me dice claramente que es un sistema que ya superó su fecha de caducidad y necesita ser reconsiderado de manera fundamental”, dijo Porter.

La conversación sobre la deuda del Plan 2 no es solo abstracta: tiene una influencia real en las decisiones de los jóvenes y, por extensión, en la salud económica del país.

Stanley argumentó, por ejemplo, que algunos graduados podrían rechazar ascensos para evitar pasar a una tasa marginal de impuestos más alta de, actualmente, 6.2 %, lo que equivale a imponer un costo a la “aspiración”.

Y algunos graduados podrían incluso decidir mantenerse fuera del mercado laboral por completo.

Royce, quien originalmente debía regresar de su licencia de maternidad en marzo antes de aceptar una baja voluntaria, ha estado evaluando si vale la pena regresar al trabajo y de qué manera hacerlo. Concluyó que no le compensaba volver a tiempo completo debido a los costos de guardería para sus dos hijos pequeños, la hipoteca y, además, los pagos mensuales de 200 libras correspondientes a sus deudas universitarias y de posgrado. Por ello, decidió trabajar únicamente a tiempo parcial para mantener bajos los costos de cuidado infantil.

“Para algunas personas, 200 libras no es mucho dinero”, dijo, pero si no hubiera tenido que pagarlas, “las deducciones de mi préstamo estudiantil habrían cubierto aproximadamente la mitad de mi factura de guardería” para una semana laboral de cuatro días.

¿El consejo de Stanley para los graduados que experimentan este malestar?

“Sigan haciendo ruido”, dijo.

“Nunca había visto una conversación sobre deuda de graduados tan grande como esta, y todo surge del hecho de que realmente nos está afectando. Quienes estamos bajo el Plan 2 estamos viendo cómo nuestra deuda se dispara. Estamos sintiendo la presión. No podemos invertir en nuestro futuro. Y si seguimos manteniendo esta presión, puedo ver al gobierno cambiando de opinión sobre esto.”


………………………………………………….


The great student debt debate


Will the UK’s revived student loans debate spark another ‘youthquake’?

Debates around graduate debt have exploded in recent weeks amid concern about balances that continue to inflate even as graduates seek to pay them down. Has the system become a ‘Frankenstein’s monster’ that politicians will rush to slay? Juliette Rowsell reports

Published on February 19, 2026

Last updated February 19, 2026

Juliette Rowsell

Twitter: @JulietteRowsell

When Lydia Royce went on maternity leave last year, her student debt was the least of her concerns. But after national conversations suddenly erupted last month over England and Wales’ student loan system, Royce decided to check her balance. She was horrified to discover that despite having taken voluntary redundancy during her maternity leave – and, therefore, earning less over the course of the year than the repayment threshold – her loan debt had risen by £1,900, even as she struggled to make ends meet on statutory maternity payments that didn’t even cover her mortgage, let alone her living costs.

“It just highlights how ridiculous the interest being added to it is, doesn’t it?,” she told Times Higher Education.

The UK’s newspaper columns, airwaves and social media have been flooded in recent weeks by politicians, journalists and campaigners debating the merits of the so-called Plan 2 tuition fee system introduced in 2012, when the tuition fee cap nearly trebled in England from £3,225 to £9,000 per year. In the same year, it rose in Wales from £1,175 to £3,465 for Welsh-domiciled students – or £9,000 for those from elsewhere in the UK; in 2018, fees for Welsh-domiciled students were also raised to a maximum of £9,000, but with grants offered to offset the cost for students from a lower-income background.

One Labour MP, Luke Charters, told Parliament last month that the tuition fee system has become a “Frankenstein’s monster”. He said the repayment terms for Plan 2 loans – which see students repay 9 per cent of their earnings above a £28,470 threshold – are “needlessly complex”. He added that they are “riddled with ludicrous features, like charging higher interest rates to those who could go on to earn more” – referring to the interest rate of 3 per cent plus RPI charged to graduates earning more than £51,245 (those earning less than that are only charged RPI after they leave university).

“Plan 2 borrowers, including me, were actually never clearly told that the higher graduate earnings mean higher loan interest,” Charters said. “As a former FCA [Financial Conduct Authority] regulator, even though the [FCA] regulations don’t apply to student loans, let me tell you that in my honest view, the communication around student loan repayments, where income is linked to interest rates, feels like a sort of mis-selling scandal waiting to unfold,” he said.

Charters is one of an emerging cohort of millennial politicians who are repaying Plan 2 loans. With the help of similarly aged colleagues in the media, they are forcing back on to the political agenda an issue that many observers assumed had been settled. Chancellor Rachel Reeves’ decision in her 2025 autumn budget to freeze the student loan repayment threshold for the next three years in England appears to have been the spark for a reconsideration of the whole concept of student loans in the UK – even though the Welsh government has said it will not freeze the repayment threshold and students in Northern Ireland still take out “Plan 1” loans, whose interest rate is the lower of RPI or the Bank of England base rate plus 1 per cent.

Amid a funding crisis and increasing scepticism about the value of a degree, many UK universities will no doubt be nervous about the effect the debate may have on university applications in the months and years to come.


With annual tuition fees now at £9,535, students in England now graduate on average with £53,000 of debt. Interest is charged the moment the loan is taken out and, as Royce’s story highlights, continues to accrue even if graduates lose their job, take sick leave or go on maternity leave. As a result, two-thirds of British graduates accrued more interest than they repaid in the 2024-25 tax year, according to an investigation by The Times. Overall, £15.2 billion of interest was added to student loans last year, while only £5 billion was repaid.

Graduates with Plan 2 loans earning £100,000 have a marginal tax rate of about 69 per cent. This is even higher if they have a postgraduate loan, which is charged at 6 per cent of earnings above £21,000 – a threshold that has not increased in a decade despite high inflation and stagnating wages during that period.

But the architects of the system continue to insist that it is fair. Speaking in 2010, David Willetts, the minister for universities and science at the time, said the UK’s higher education system had “many strengths” but needed a greater focus on the student experience, widening access and sustained funding. In a statement to the House of Commons, he said that replacing teaching grants almost entirely with student loans offered a “thriving future for universities, with extra freedoms and less bureaucracy, and they ensure value for money and real choice for learners”. 

Willetts declined to be interviewed for this article but he has consistently defended the student loans system as the only realistic way to fund a massified higher education system. And in a recent blog post, Willetts’ then special adviser, Nick Hillman, argued that Plan 2 loans’ above-inflation interest rate for the highest earners was their “single most progressive feature” since it “ensures better-off graduates do not extinguish their loan swiftly and instead go on paying back for longer”.

Hillman, who is now director of the Higher Education Policy Institute, added: “As the arguments rage, let’s not pretend the new campaign is anything other than what it is: an attack on the most progressive feature of England’s (old) student loan system by those whose degrees have helped them on to higher-than-average wages,” he wrote.

The parenthetical “old” refers to the fact that Plan 2 loans were replaced for new borrowers in England in 2023 by Plan 5 loans, which only charge interest in line with RPI. Hillman said that the media coverage of the issue has seemed irresponsible because it implies to people currently holding offers from universities that higher education is not worth it – also ignoring the earnings premium that a degree typically offers.

But Aaron Porter, who was the president of the National Union of Students (NUS) in 2010, when the tripling of tuition fees was announced, told Times Higher Education that the Plan 2 loans have been a “ticking time bomb” ever since they were introduced – amid mass protests from students.

“Frankly, I’m surprised it’s taken this long for there to be both public and political recognition of the scale of the problem of the student loan system,” said Porter, who has subsequently held a range of university board and advisory roles.   

In his view, universities gave up their teaching grants “too easily” and “turned a blind eye” to the impact this would have on students: they “never fully appreciated that universities themselves would be questioned about value for money in a much more vociferous way than they had been previously”.

Porter’s biggest concern at the time was that the reforms “fundamentally altered the compact between the state, the individual and universities” about how higher education should be funded: “I sat in meetings where vice-chancellors offered up the teaching grant in exchange for higher tuition fees, and they were so short-sighted in not seeing how that would eventually come back to bite them.”

The NUS’ current vice-president for higher education, Alex Stanley, also considers it “not surprising” that the issue has shot back to the top of the political agenda 15 years on given that there are now 4.1 million graduates on Plan 2 loans, many of whom are struggling to get on the housing ladder and start a family because of the cost-of-living crisis. Moreover, England’s freezing of the repayment thresholds for Plan 2 loans at £29,385 for three years from April means that an already “absolutely brutal system” is “only getting worse”, Stanley said: “I think it’s got to the point where people are fed up.”

Even Martin Lewis, the high-profile consumer finance expert who is generally positive about the wisdom of taking out income-contingent student loans, has lambasted the threshold freeze as a “breach of natural justice” and a “stealth tax”. He added that graduates who attended university between 2012 and 2015 should feel especially aggrieved by government policy, as, during that period, the government had explicitly promised to increase the threshold in line with average earnings, which has not happened. Speaking on the BBC’s Newsnight programme, he said that “unilaterally changing the terms” of the loan in this way “would not be allowed for any commercial lender: it would go against all forms of consumer law. It’s a breach of contract, and it’s a breach of promise.”  

In his most recent blog on the topic, Hillman complained that the debate of student loans drags on despite no one being able to agree on the precise problem – or its solution. “I think the current conversation reveals something important: people know they don’t like the system we have but seemingly have no real idea of what a big reform to it would look like,” he wrote. “Perhaps the widespread anger among younger graduates really stems from a wider sense of intergenerational inequity.

Nor are Hillman and Willetts the only architects of the current system to continue to insist that any problems with it come down to the details of repayment terms, rather than with the wider concept of income-contingent student loans. Bruce Chapman, who designed the first such system, implemented in Australia in 1989, told Times Higher Education that income-contingent loans remain the fairest form of university funding.  

Under these systems, also used in New Zealand and Hungary, “everyone can enrol and pay nothing upfront”, he said, erecting no participation barriers for poorer students, while repayments only begin above an earnings threshold, account for the same amount per month regardless of debt levels, and are written off after a fixed period. By contrast, under the US’ “mortgage-style” student lending system, defaulting on loans is possible, and this “ruins people’s credit reputations”.

Moreover, the default rate is “extraordinary”, Chapman said, reaching 60 per cent in Thailand, 50 per cent in Colombia and “at least” 20 per cent in the US, where roughly 12 million defaulters can’t get a loan for other purposes because they’re seen by the bank as “too risky”.

“Even though, in my view, English debts are too high, and the interest rates are wrong, you’ve still got the essence right,” Chapman said. “Most people don’t come to that conclusion because they don’t understand the alternative.”

But the NUS’ Stanley argued that it would be “a real mistake” for the UK government to “ignore” student loan debt, and he criticised chancellor Rachel Reeves for recently describing the current system as “fair and reasonable”.

“It’s incredibly frustrating hearing that from a set of politicians who either paid very low tuition fees or no tuition fees and [from] politicians who had access to maintenance grants alongside that, meaning their debt burden was even lower,” he said.

One Labour MP, who asked not to be named, believes student loan dissatisfaction is an issue the Labour government could lead on – provided that it takes decisive action. They said the government “can draw lessons internationally”, describing as “transformative” Australian Labor’s successful election pledge last year to cut 20 per cent from graduates’ loan debt.

Chapman, who is emeritus professor of economics at the Australian National University, also had “no doubt that this affected voting behaviour” despite not itself offering any relief to graduates for “many, many years” because the cut will shorten repayment periods rather than lower monthly repayment levels (although the repayment threshold has also been raised from A$54,000 (£28,000) to A$67,000, which is expected to save the average debt holder about A$680 a year).

This suggests, Chapman said, that there is a “psychological” impact of talk of loan debt that economists, including himself, assumed would not apply if repayment was income-contingent – terms that many argue make it resemble a tax more than a commercial loan. “People don’t like debt,” he noted. 

On that score, it is worth noting that Labor leader Anthony Albanese is far from the only politician to derive apparent electoral mileage from pledges to reduce student debt. Such a promise was a big plank of Joe Biden’s successful bid for the US presidency in 2020. Jacinda Arden swept into power in New Zealand in 2017 on a pledge to abolish tuition fees – scaled back, once she attained office, to only the first year of fees, recently switched to the final year. And in the same year, Jeremy Corbyn’s Labour Party received 61.5 per cent of the vote from the under-forties in the UK’s general election after promising to abolish tuition fees – a result, popularly described as a “youthquake”, that nearly saw him score an unlikely victory and spooked then prime minister Theresa May into launching a review of fees that ultimately recommended a cap of £7,500 in 2019 – but which was never implemented by her successor, Boris Johnson.

Corbyn’s commitment has recently been echoed by Green Party leader Zack Polanski, who believes there should be a national conversation around student debt forgiveness. His party is currently the most popular with the under-fifties, according to polls

However, many commentators argue that the vast cost to the public purse of writing off student debt and replacing tuition fees with teaching grants is not justified by the equity gains, particularly given the opportunity cost of denying funding to other areas of public spending, such as schools and hospitals.

Currently, almost £21 billion per year is loaned to about 1.5 million students in England. Outstanding loan balances in England at the end of March 2025 totalled £267 billion, forecast to reach around £500 billion by the late 2040s. Concerns about low repayment rates drove the replacement of Plan 2 loans in England, so while Plan 5 loans only charge interest in line with RPI, the repayment period has been extended from 30 to 40 years and the repayment threshold lowered from the current £28,470 for Plan 2 loans to £25,000.

The political wisdom of covering all that debt out of general taxation is all the more fraught at a time when the value of a degree, in terms of preparing graduates for success in the job market, is increasingly being questioned, commentators suggest. One such sceptic is Paul Wiltshire, a retired statistician who has calculated that for many students with lower prior academic attainment, the graduate premium is negligible at best. He argues that “mass” higher education is “exploitative” as it has created a system where employers “discriminate“ against non-graduates, while many graduates are left with large debts that they can’t pay off – creating a “student debt trap” that is “demoralising the nation”. He advocates turning back the clock, capping university attendance at 15-20 per cent of the population and only then reintroducing public subsidies for tuition costs.

Unsurprisingly, the NUS does not endorse a downsizing of higher education. Rather, the union is calling on the government to abolish the freeze to repayment threshold (which also applies to Plan 5 loans), cut the rate of interest and introduce a lifetime cap on the total interest graduates pay. Indexing interest to RPI should also be re-examined, according to Stanley; given that this is typically higher than other measures of inflation, such as the consumer price index (CPI).  

Despite Willetts’ and Hillman’s efforts to ensure that wealthy students pay more via the Plan 2 loans’ real rate of interest, Stanley notes that the wealthiest students are still able to bypass interest payments entirely by paying the full fee amount upfront. For that reason, Porter believes a levy should be considered for students who do so – “probably less” than the total interest paid over the 30-year repayment period, but a lot more than zero. The Plan 2 interest rate is “simultaneously the biggest driver [of] and barrier to…a more progressive system”, Porter said.

However, he argued that while such “piecemeal” changes to Plan 2 loans may make “modest improvements around the edges”, they won’t “really do justice to the scale of the problem”. He believes there needs to be conversations around reintroducing teaching grants and addressing the “high degree of volatility” in the university funding system caused by the removal of student number caps.

The current student loan system is one that “students, graduates and the Treasury all think is a bad system. That screams to me that it is a system that has singularly met its expiry date and needs to be fundamentally re-examined,” said Porter. 

The conversation around Plan 2 debt is not just abstract – it has real influence on young people’s decisions – and, by extension, the country’s economic health. Stanley argued, for instance, that some graduates might turn down promotions rather than tip themselves into the higher marginal tax bracket of, currently, 6.2 per cent, amounting to a price on “aspiration”.

And some graduates may decide to stay out of the employment market entirely. Royce, who was originally due to be returning from maternity leave in March before she took voluntary redundancy, has been weighing up whether and how to return to the workplace. She concluded that it was not worth it to return full-time given the childcare costs for two young children, a mortgage and, on top of that, £200 monthly repayments on her undergraduate and postgraduate debt. Instead, therefore, she has chosen to work only part-time to keep childcare costs down.

“For some people, £200 is not a lot of money,” she said, but if she hadn’t had to pay them, “The deductions in my student loan would have covered around half of my childcare bill” for a four-day week.

Stanley’s advice to graduates experiencing the malaise? “Keep kicking up a fuss,” he said. 

“I have not seen any conversation about graduate debt as large as this, and it all comes as a result of the fact that we are really being impacted. Those of us on Plan 2 are seeing our debt spiralling. We’re feeling the pinch. We’re not able to invest in our futures. And if we continue to put this pressure on, I can see the government changing their mind on this.”


REINO UNIDO: Cómo el neoliberalismo ha ampliado la brecha en la transición hacia la educación superior

Publicado en University World News https://www.universityworldnews.com/post.php?story=20260617131531496 REINO UNIDO Cómo el neoliberalismo ...