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viernes, 17 de julio de 2026

Sesgos en IA impactan en la ciencia de América Latina

Publicado en SciDevNet
https://www.scidev.net/america-latina/news/sesgos-en-ia-impactan-en-la-ciencia-de-america-latina/

 

 

12/03/26

Sesgos en IA impactan en la ciencia de América Latina

 

De un vistazo

  • Los grandes modelos de lenguaje son más precisos en
    español ibérico que latinoamericano
  • Traducciones deficientes, calcos del inglés y
    exceso de simplificación afectan a la ciencia
  • Especialistas plantean la necesidad de que
    América Latina tenga sus propios modelos de lenguaje

 

 

Por: Aleida Rueda

 

[CIUDAD DE MÉXICO, SciDev.Net] Pese a los avances en 
inteligencia artificial (IA), los grandes modelos de lenguaje
(LLM por sus siglas en inglés), como Mistral y ChatGPT,
operan bajo una estructura lingüística y cultural desfavorable a
América Latina, que impacta en la búsqueda y generación de
conocimiento en los idiomas de la región.

Una investigación liderada por especialistas de instituciones
chilenas revela que estos sistemas ofrecen respuestas
con distintos niveles de precisión en función del tipo de
idioma y conocimiento consultado.

El grupo creó LatamQA, base de datos de más de 26 mil
preguntas sobre la cultura de 20 países latinoamericanos
—hechos históricos, comida, música, expresiones locales,
memoria e identidad— para detectar si los LLM presentaban
sesgos al tratar contextos culturales de la región.

El equipo hizo esas preguntas en español latinoamericano,
español ibérico, portugués brasileño, e inglés, y encontró
que los LLM funcionan mejor en español ibérico que en
español latinoamericano. Además, la fiabilidad de las respuestas
en todos los idiomas disminuye cuando son preguntas sobre
rasgos culturales menos visibles.

Así, mientras los modelos son mucho más precisos para rasgos
culturales de Puerto Rico, Panamá, Venezuela, Brasil y Ecuador,
 sucede lo contrario para El Salvador, Paraguay, Nicaragua,
Guatemala y Perú.

Según el artículo, el conocimiento “válido” se concentra en
Europa Occidental y América del Norte, porque los datos de
entrenamiento de estos modelos provienen mayoritariamente
de países del llamado “Norte Global”, lo que propicia sesgos
positivos hacia rasgos asociados con la cultura occidental.

“Este fenómeno genera desigualdad y sobrerrepresentación
de esas culturas comparada con la de otras regiones menos
representadas”, dijo a SciDev.Net Valentín Barriere, uno de los
autores del artículo y profesor en el Departamento de Ciencias
de la Computación de la Universidad de Chile.

Como estos modelos se usan en la vida diaria, sus sesgos impactan
también en la ciencia, porque “plantea el riesgo de ignorar dinámicas
sociales y significados locales esenciales para la investigación
regional”, afirmó.

Pablo von Stecher, doctor en Lingüística e investigador
independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y
Tecnológicas de Argentina, quien no participó en el estudio, consideró
que uno de esos impactos puede verse en la traducción automática de investigaciones científicas.

“Al traducirlas del inglés, la IA reproduce al español formas y
estructuras propias del inglés. Esto puede generar una
inseguridad lingüística, porque uno piensa: ‘entonces
mi variedad tiene menos valor o tiene menos prestigio’”,
comentó a SciDev.Net.

Von Stecher calificó al fenómeno como una hegemonía lingüística
que jerarquiza ciertas lenguas o variedades sobre otras.

Él ha analizado las respuestas automáticas de Gmail
concluyendo que tienen sesgos lingüísticos porque calcan
del inglés frases como “suena bien” (sounds good) o
“se ve bien” (looks good), que resultan ajenas a
muchas variedades del español latinoamericano.

Rachel Turba, investigadora postdoctoral de la
Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul,
en Brasil, coincidió en que estos sesgos son una
forma de colonialismo que afecta a quienes
no dominan el inglés.

“Los sesgos en los LLM importan porque no todos
los investigadores hablan o escriben inglés con fluidez.
Es un desafío de acceso: hay que pagar cursos, tutorías
y servicios de traducción que las editoriales no ofrecen,
y por eso pueden depender
más de la inteligencia artificial”, precisó a SciDev.Net.

Turba es coautora de un estudio publicado este año
que analiza las desigualdades que enfrentan las 
personas científicas del sur, en comparación
con las del norte, debido a barreras lingüísticas
y de financiamiento.

Otro impacto recae en la redacción científica.
Según Von Stecher, los modelos operan como un
instrumento lingüístico que dice cómo se debe escribir,
pero “están formulados por intereses que no tienen
que ver ni con la ciencia ni con la lengua,
sino con el negocio, con lo que sea lo más sencillo,
más reproducible, y más fácil de acceder y traducir”.

Por menos sesgos

Los especialistas coincidieron en que sí es
posible reducir estos impactos al “localizar”
la construcción de datos y no delegar la alimentación
de los LLM a actores ajenos a la región, que
pueden pasar por alto la riqueza y complejidad
sociocultural latinoamericana.

Según Barriere, se pueden crear otras bases de datos
de referencia, similares a LatamQA, pero con
recolección de datos en contextos cotidianos como
periódicos, televisión o materiales audiovisuales,
para reducir sesgos sobre rasgos culturales muy locales.

Un ejemplo es LatamGPT, modelo de lenguaje
entrenado con datos de América Latina.
Coordinado por el Centro Nacional de Inteligencia
Artificial de Chile (CENIA), el proyecto articula
al mundo académico, el sector público y
organizaciones especializadas de 15 países:
13 de América Latina y el Caribe,
más dos externas a la región.

El 10 de febrero fue anunciada su última versión.
“Se liberará como una base de códigos, datos
y archivos entrenados para que desarrolladores
puedan adaptarla a usos específicos”,
dijo a SciDev.Net. Rodrigo Durán, gerente de CENIA.

Cuenta con un corpus de más de 300 mil millones
de unidades mínimas de información (token)
organizadas en diez áreas temáticas
—desde ciencias duras hasta artes, medicina, política
y pueblos originarios—, “que constituye en sí mismo un
recurso científico de enorme valor para la
investigación regional”, aseguró Durán.

“Será genial ver cada vez más IA y LLM desarrollados
en nuestra región”, concluyó Turba.
También insistió en que las empresas que ya
las desarrollan tengan equipos diversos:
“si no tienes otras miradas, quedas cegado por
tus propios privilegios y no ves un problema cuando lo hay”.

Este artículo fue producido por la 
edición de América Latina y el Caribe de SciDev.Net 

lunes, 13 de julio de 2026

ESPAÑA: el CSIC enfrenta su pasado más oscuro

Publicado en Science
https://www.science.org/content/article/largest-research-organization-spain-confronts-its-dark-past?utm_source=onesignal&utm_medium=webpush&utm_content=news&utm_campaign=webpush



La mayor organización de investigación de España enfrenta su pasado más oscuro El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado durante la dictadura de Francisco Franco, publica las historias de unos 500 investigadores y trabajadores represaliados tras la Guerra Civil

10 de julio de 2026
Por Elisabeth Pain

En febrero de 1937, el biólogo evolutivo J.B.S. Haldane publicó una carta en la que elogiaba la resiliencia de sus colegas del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid durante la Guerra Civil española. Destacó especialmente a Antonio de Zulueta y Escolano, director del museo y una de las principales figuras españolas de la entonces naciente genética experimental.

«En los intervalos entre esconder en los sótanos los objetos más valiosos del museo de biología», escribió Haldane, Zulueta «continuaba su trabajo sobre el escarabajo polimórfico Phytodecta variabilis».

Sin embargo, cuando Francisco Franco tomó el poder en 1939, la carrera de Zulueta quedó abruptamente truncada. Los vínculos políticos de su familia con el derrotado gobierno republicano y sus traducciones de obras como El origen de las especies, de Charles Darwin, probablemente contribuyeron a que fuera destituido inmediatamente como director del museo, explica su bisnieta, Concepción Cortés Zulueta.

«Todo ese conocimiento (...) era considerado peligroso y degenerado» por el gobierno fascista de Franco.

Dos años más tarde recuperó su puesto docente en el laboratorio, pero nunca volvió a desarrollar plenamente su carrera como investigador.

Zulueta es uno de los cientos de investigadores, profesores y trabajadores de apoyo cuyas historias fueron hechas públicas la semana pasada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la mayor institución pública de investigación de España. La iniciativa responde a la Ley de Memoria Democrática de 2022, que exige un mayor reconocimiento de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura franquista.

Todos ellos habían pertenecido a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo precursor del CSIC. La JAE fue disuelta por Franco al final de la guerra y sustituida por el CSIC, creado para promover la ideología del nuevo régimen.

«Esta era una deuda histórica de la institución», escribió Ana Crespo, presidenta de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, en una declaración enviada a Science.

Poner nombre a quienes sufrieron represalias y reconocer públicamente su persecución «constituye un paso necesario para comprender la historia de la ciencia española en toda su complejidad y reconocer a quienes fueron injustamente excluidos de ella».

Fundada en 1907 por el gobierno español y dirigida por el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, la JAE modernizó la ciencia española mediante el envío de investigadores al extranjero para su formación y la creación de una red de nuevos centros de investigación.

Tres décadas después, cuando Franco la disolvió, toda su infraestructura y financiación pública fueron transferidas al CSIC, una institución creada por el régimen con el propósito de reunificar ciencia y fe y promover el nacionalismo español.

El personal de la JAE fue depurado como parte de «una completa reconfiguración del tejido institucional y científico español basada en la censura, el miedo y el control social», señaló la historiadora de la ciencia Ana Romero de Pablos durante la presentación oficial del proyecto el 1 de julio.

España evitó durante décadas afrontar el legado del franquismo. Aunque algunas investigaciones individuales habían estudiado el destino de determinados científicos destacados, lo ocurrido con la mayoría de los miembros de la JAE era prácticamente desconocido, incluso para sus propias familias.

Para reconstruir sus historias, Romero de Pablos y su equipo examinaron trece archivos públicos y privados que conservaban expedientes de depuración, documentos utilizados para evaluar la adhesión política, religiosa e intelectual de los miembros de la JAE a los valores del régimen franquista.

El resultado es una base de datos que reconstruye las trayectorias de más de 500 investigadores, técnicos, personal administrativo y de servicios, docentes y estudiantes.

Las personas fueron sancionadas por motivos muy diversos: desde no apoyar al régimen franquista hasta realizar investigaciones contrarias a los dogmas católicos, impartir cursos en el extranjero o incluso desafiar normas culturales, como el simple hecho de que una mujer llevara pantalones.

En conjunto, alrededor del 40 % de los miembros de la JAE desaparecieron del sistema científico español.

Algunos «partieron al exilio y otros fueron sometidos a consejos de guerra», llegando incluso a morir en prisión, explica Romero de Pablos.

Otros tuvieron que reconstruir su vida profesional fuera del ámbito académico.

Un reducido número logró reincorporarse plenamente al CSIC, pero la mayoría de quienes fueron admitidos en la nueva institución sufrió distintos tipos de sanciones.

Según los archivos, Zulueta fue suspendido temporalmente con la mitad de su salario y, aunque pudo reincorporarse en 1941, nunca volvió a ocupar cargos de dirección.

Para la historiadora Alba Fernández Gallego, de la Universidad de Valencia, el proyecto constituye «una iniciativa sólida, necesaria y muy prometedora».

No obstante, considera que la base de datos debería distinguir mejor los diferentes papeles desempeñados por los miembros de la JAE tras la Guerra Civil.

«Las personas represaliadas aparecen junto a otras que desempeñaron un papel activo en las propias depuraciones», señala.

Ana Crespo coincide en que la plataforma debería ofrecer un mayor contexto histórico, aunque destaca positivamente que permita a los visitantes aportar comentarios y correcciones.

Desde la muerte de Franco en 1975, el CSIC ha recorrido un largo camino respecto a sus orígenes.

Durante la transición democrática, «los investigadores y el personal del CSIC desempeñaron un papel muy relevante en la construcción de la política científica de la democracia», afirma la presidenta del organismo, Eloísa del Pino.

Sin embargo, conocer lo ocurrido durante las depuraciones constituye un ejercicio imprescindible «para reconciliarnos con nuestro pasado», añade.

Concepción Cortés Zulueta, investigadora en humanidades que hoy trabaja junto a biólogos evolutivos en el mismo museo donde trabajó su bisabuelo, considera que iniciativas como esta tienen un efecto reparador para las familias y resultan saludables para un país que aún permanece dividido respecto a su pasado.

Además, el proyecto constituye un recordatorio contundente de que las instituciones científicas suelen ser unas de las primeras víctimas de las dictaduras, señala Del Pino.

«Debemos ser conscientes de lo que implican estos procesos totalitarios y de que ninguna sociedad está completamente a salvo de que algo semejante vuelva a ocurrir.»


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ScienceInsiderPeople & Events


Spain's largest research organization confronts its dark past


Spanish National Research Council, established under Francisco Franco’s dictatorship, has published the stories of some 500 researchers and support staff purged after civil war


10 Jul 2026

By Elisabeth Pain


In February 1937, evolutionary biologist J.B.S. Haldane published a letter commending his colleagues at the National Museum of Natural Sciences in Madrid for their resilience during the raging civil war. He singled out Antonio de Zulueta y Escolano, the museum’s director and a leading Spanish figure in the nascent field of experimental genetics. “In the intervals of hiding the more precious contents of the biological museum in cellars,” Haldane wrote, Zulueta “was continuing his work on the polymorphic beetle Phytodecta variabilis.”

But, when Francisco Franco took power in 1939, Zulueta’s career was abruptly derailed. His family’s political ties with the defeated Republican government and his translations of books such as Darwin’s The Origin of Species probably contributed to him being immediately removed as museum director, says his great-granddaughter, Concepción Cortés Zulueta. “All this knowledge … was considered dangerous and degenerate” under Franco’s fascist government. The scientist recovered his laboratory teaching position 2 years later, but his research career never took off again.

Zulueta is one of hundreds of researchers, professors, and support staff whose tragic stories were released to the public last week by the Spanish National Research Council (CSIC), the country’s largest public research institution, under a 2022 law that called for greater recognition of all the victims of the civil war and Francoist dictatorship. All had been affiliated with the Board for the Advancement of Studies and Scientific Research (JAE), CSIC’s precursor. JAE was dissolved by Franco toward the end of the war and replaced with the CSIC to promote the new government’s ideologies.

“This was a historical debt of the institution,” Ana Crespo, president of the Royal Academy of Sciences of Spain, wrote in a statement to Science. Putting a name to the people who suffered reprisals and publicly acknowledging their persecution “constitutes a necessary step to understand the history of Spanish science in all its complexity and to recognize those who were unjustly excluded from it.”

Created in 1907 by the government and led by Spanish Nobel laureate Santiago Ramón y Cajal, the JAE modernized Spanish science by sending members for training abroad and creating a network of new research centers. When it was dissolved by Franco 3 decades later, JAE’s infrastructure and public funding were handed over to the CSIC, which the regime had created to reunite science and faith and to promote Spanish nationalism. JAE’s staff was purged as part of “a complete reconfiguration of the Spanish institutional and scientific fabric [based on] censorship, fear, and social control,” science historian Ana Romero de Pablos noted at the launch event on 1 July.

Spain generally avoided addressing the legacy of Francoism until recently, and although individual research projects had focused on the fate of a few elite scientists, what happened to most JAE members was little known, even within their own families. To bring all their stories to life, Romero de Pablos and her colleagues dug into 13 public and private archives of “depuracíon” files documenting how JAE members were vetted for their political, religious, and intellectual alignment with Franco’s values.

The resulting database retraces the trajectories of more than 500 researchers, support and service staff, teachers, and students. Individuals were purged or punished for a variety of perceived offenses, from not supporting the Francoist regime to pursuing research that contradicted Catholic dogmas, giving workshops abroad, or even simply challenging cultural norms—such as wearing trousers as a woman.

Ultimately, about 40% of all JAE members were lost to Spanish research. Some “went into exile and [some] underwent military trials,” even dying in jail, Romero de Pablos says. Others had to rebuild their careers outside of academia. A few scientists were fully reintegrated into the CSIC, but most of those allowed into the new organization were faced with a range of penalties. According to the archive, Zulueta, for instance, was suspended with half of his salary for a while, and then allowed to return in 1941, but without access to institutional leadership positions.

The project is “a solid, necessary, and very promising initiative,” says historian Alba Fernández Gallego of the University of Valencia. But she says the database should better differentiate between the roles that the JAE members played in the aftermath of the civil war. “Those who were repressed appear alongside others who played an active role in the purges,” she says. Crespo agrees the platform should provide more contextual information, but applauds it for allowing visitors to offer comments and corrections.

Since the death of Franco in 1975, the CSIC has come a long way from its origins. During Spain’s transition to democracy, “the researchers and staff of the CSIC … played a very relevant role in designing the political science of the democracy,” says CSIC President Eloísa del Pino. But finding out what happened during the purge is an important exercise “to reconcile us with our past,” she says.

Cortés Zulueta, a humanities researcher who works alongside evolutionary biologists at the very same museum as her great-grandfather, says that initiatives like the CSIC’s platform are validating and healing for families, and healthy for a country that is still divided about its past. The project also offers a stark reminder of how scientific institutions are often the first victims of dictatorships, del Pino says. “We must be aware of what these totalitarian processes entail, and that no society is safe from the possibility of these things happening again.”


doi: 10.1126/science.zqp82gn

Relevant tags:About the author Elisabeth Pain

Elisabeth Pain is contributing editor for Europe.

jueves, 2 de julio de 2026

La IA está rompiendo al artículo científico. La próxima unidad de la ciencia: ¿está el artículo científico destinado a ser reemplazado?

Publicado en The Transmitter
https://www.thetransmitter.org/from-bench-to-bot/the-next-unit-of-science-is-the-scientific-paper-due-to-be-replaced/



La próxima unidad de la ciencia: ¿está el artículo científico destinado a ser reemplazado?


La inteligencia artificial está llevando la publicación científica al límite. Para un campo tan amplio como la neurociencia, la crisis también puede ser una oportunidad para finalmente conectar hallazgos entre subcampos.
 

Por Tim Requarth

11 de mayo de 2026  

Antes del artículo científico, existía el tratado. En Astronomia Nova, Johannes Kepler reunió 10 años de observaciones astronómicas, junto con intentos fallidos, desacuerdos metodológicos y justificaciones filosóficas, en una obra maestra del tamaño de un libro. El Principia de Isaac Newton, aunque escrito en un arrebato de aproximadamente dos años, unificó ideas que había desarrollado desde la década de 1660. Este ritmo fue típico hasta que las revistas, como Philosophical Transactions of the Royal Society, fundada en 1665, ofrecieron una alternativa. En ellas, los científicos podían compartir hallazgos provisionales rápidamente y en formato compacto, reduciendo la unidad del conocimiento publicable. El propio Charles Darwin parecía preocuparse por el rigor de esta ciencia en formato breve, quejándose de que su teoría “difícilmente podía hacerse científica para una revista, sin proporcionar hechos, lo cual sería imposible”.

Pero los descubrimientos anunciados mediante tomos acabaron convirtiéndose en la excepción, no en la regla. Los cuatro artículos revolucionarios de Albert Einstein aparecieron en Annalen der Physik en 1905. James Watson y Francis Crick anunciaron la estructura del ADN en menos de 1,000 palabras en Nature en 1953. Hoy es fácil olvidar que el artículo científico fue en sí mismo una innovación, ya que permitió a los investigadores construir sobre el trabajo de otros casi en tiempo real, acelerando el ritmo del descubrimiento. También sembró la infraestructura de la publicación científica moderna que gobierna la vida académica.

Esa infraestructura se encuentra ahora bajo una presión extraordinaria, y la inteligencia artificial (IA) la está empeorando. Un estudio publicado el pasado diciembre en Science encontró que los investigadores que utilizan modelos de lenguaje de gran escala están publicando significativamente más artículos que antes. Desde al menos 2024, Matt Spick, investigador en análisis de datos de salud en la Universidad de Surrey y editor asociado de Scientific Reports, ha estado recibiendo para revisión artículos casi idénticos —uno al día, a veces dos— todos basados en el mismo conjunto público de datos de salud de Estados Unidos, reformulados apenas lo suficiente para evitar la detección de plagio. Mientras tanto, la producción de artículos está recibiendo su propia “renovación tecnológica”. El esfuerzo alcanzó un punto culminante en abril cuando un equipo de Google presentó Paper Orchestra, un sistema que toma las notas de laboratorio en bruto de un investigador y, mediante una secuencia de cinco agentes especializados de IA, produce un manuscrito en LaTeX listo para envío, con figuras y citas verificadas, en aproximadamente 40 minutos. El volumen de producción impulsado por IA está desbordando el sistema de revisión por pares. Los editores no pueden encontrar suficientes revisores calificados, y los revisores que sí encuentran recurren cada vez más a la IA: alrededor del 21 % de las revisiones enviadas este año a la International Conference on Learning Representations, una importante conferencia de aprendizaje automático, fueron completamente generadas por IA.

La respuesta estándar a este frenesí de automatización ha sido buscar formas de reforzar el sistema existente. Pero un número creciente de investigadores está planteando una pregunta diferente, en gran parte porque el sistema actual lleva tiempo mostrando sus propias limitaciones. ¿Y si el problema no fuera cómo arreglar la publicación científica? ¿Y si las crecientes capacidades de la IA fueran a obligar a que la unidad de comunicación científica evolucionara nuevamente? Un cambio así podría tener un impacto importante en un campo tan amplio como la neurociencia, donde la ciencia abarca desde moléculas hasta comportamiento y cuyos datos diversos suelen permanecer aislados, mal servidos por el formato de “artículo” que el sistema exige.

La gente en la ciencia lleva tiempo percibiendo este cambio. A principios de 2023, apenas unos meses después del lanzamiento de ChatGPT, asistí a una reunión donde uno de los científicos más destacados de mi institución especuló que la IA podría eventualmente obligar a replantear qué es realmente un artículo científico. Ese mismo año, Michael Eisen, biólogo computacional y exeditor en jefe de eLife, describió un futuro en el que los hallazgos no se publican como narrativas estáticas y universales, sino en un formato interactivo de “artículo bajo demanda”, donde los usuarios consultan directamente los experimentos, datos y análisis subyacentes. “Creo que es solo cuestión de tiempo antes de que dejemos de usar narrativas únicas como interfaz entre las personas y los resultados de los estudios científicos”, dijo Eisen.

Durante algunos años, esto permaneció en el terreno de la premonición. Ahora las propuestas se están volviendo lo suficientemente concretas como para debatirse seriamente. Entre las más concretas se encuentra la de un equipo liderado por Lior Pachter, del Instituto de Tecnología de California. En un preprint publicado en febrero, Pachter y sus colegas describen OpenEval, un sistema que descompone los artículos científicos en sus partes constituyentes: afirmaciones individuales, las evidencias que las respaldan y evaluaciones sobre si esa evidencia se sostiene.

Aplicaron este sistema a todo el corpus de eLife, que publica sus manuscritos y revisiones por pares en formato XML legible por máquina. A partir de aproximadamente 16,000 artículos, OpenEval extrajo casi 2 millones de afirmaciones discretas, y una IA evaluó cada una de ellas. La IA y los revisores humanos coincidieron el 81 % de las veces, pero el hallazgo más intrigante fue sobre la cobertura. OpenEval evaluó el 93 % de las afirmaciones de un manuscrito dado. Los revisores humanos, en promedio, llegaron al 68 %. Aquí es donde la incansabilidad de la IA resulta útil: un artículo que contiene 100 afirmaciones empíricas simplemente no será evaluado completa y sistemáticamente por dos o tres profesores ocupados con plazos cortos.

El grupo de OpenEval sostiene que la publicación científica debería distinguir entre dos funciones que los artículos actualmente combinan: la difusión de resultados y la comunicación de ideas. Los resultados, dicen, deberían publicarse en forma explícita y legible por máquina. Las narrativas servirían como una capa interpretativa encima de esa base estructurada. El artículo seguiría existiendo, pero se convertiría en una vista de un registro más profundo y consultable.

La neurociencia podría beneficiarse más que la mayoría de los campos de este tipo de sistema. La disciplina abarca desde biología molecular hasta imágenes funcionales y psicología conductual, y los hallazgos en un nivel frecuentemente tienen implicaciones para preguntas en otro nivel; sin embargo, esas conexiones permanecen ocultas porque ninguna persona puede manejar la avalancha de hallazgos provenientes de todos los subcampos. Un registro estructurado y consultable haría visibles esas conexiones por primera vez.

El sistema OpenEval ya ha demostrado que puede encontrar conexiones ocultas. Dos artículos de eLife examinaron independientemente los mecanismos de la depresión a largo plazo dependiente del tiempo (tLTD) en diferentes circuitos cerebrales: uno mostró que la tLTD puede ocurrir con o sin receptores NMDA, dependiendo de la conexión sináptica; el otro mostró que los receptores NMDA son necesarios y median la tLTD mediante señalización no ionotrópica. Los artículos no se citan entre sí porque estudiaron circuitos diferentes. Tomados en conjunto, sugieren que la participación de los receptores NMDA en la tLTD depende del circuito y es mecánicamente diversa: un tipo de hallazgo complementario que podría cambiar la manera de pensar sobre un mecanismo, pero que la naturaleza fragmentada de la literatura neurocientífica mantiene invisible.

Otros han ido aún más lejos. La física italiana Francesca Colaiori ha delineado lo que llama una Red Adaptativa de Conocimiento, donde la unidad básica de contribución científica es un “objeto de conocimiento” en lugar de un artículo: una sola afirmación, un conjunto de datos, un método o una pregunta abierta. Cada uno se conecta con otros mediante enlaces informativos, y publicar se parece más a editar una wiki compartida que a enviar un manuscrito terminado.

En el otro extremo del espectro, los editores de NEJM AI ya comenzaron a implementar un proceso híbrido de revisión humano-IA solo por invitación, en el que un editor humano revisa independientemente un manuscrito, dos grandes modelos de lenguaje producen revisiones estructuradas separadas y un estadístico colabora con una IA en una revisión estadística completa. Del envío a la aceptación provisional: siete días.

Publicaron sus dos primeros artículos mediante este sistema a finales del año pasado, junto con las revisiones completas generadas por IA y las respuestas de los autores, invitando a los lectores a juzgar la calidad por sí mismos.

Estas propuestas ocupan diferentes posiciones en el espectro que va desde lo incremental hasta lo transformador. NEJM AI está remendando el sistema existente. El grupo de Pachter propone una nueva capa subyacente. Colaiori imagina un reemplazo. Pero todos comparten un diagnóstico común: el artículo científico reúne demasiadas funciones en un solo artefacto, y ese conjunto está empezando a desintegrarse.

Existe un precedente de este tipo de desagregación (unbundling) que ya está más avanzado de lo que muchos científicos podrían imaginar. Cuando los matemáticos Timothy Gowers, Ben Green, Frederick Manners y Terence Tao demostraron en 2023 un caso clave de la conjetura polinómica de Freiman-Ruzsa, publicaron el resultado en un artículo científico tradicional. Sin embargo, apenas tres semanas después, un equipo de colaboradores también tradujo la demostración a Lean, un asistente de demostraciones matemáticas cuya biblioteca, mantenida por la comunidad (mathlib), contiene más de 250.000 teoremas verificados por computadora. El proceso de verificación automática detectó un pequeño error que había pasado inadvertido para los revisores humanos.

Ahora el resultado existe en dos formas: un artículo que explica por qué la demostración es importante, qué intuiciones guiaron su desarrollo y cuáles fueron sus principales desafíos, y una versión verificada por computadora que garantiza la validez de cada uno de sus pasos. Ambas cumplen funciones distintas y ninguna puede reducirse a la otra. El grupo de Lior Pachter presenta mathlib como un modelo, aunque reconoce que la analogía no es perfecta, ya que la ciencia empírica no puede verificarse lógicamente de la misma manera que una demostración matemática. El punto más amplio es que la narrativa sigue siendo indispensable para comunicar ideas a otros seres humanos, mientras que la legibilidad por máquinas puede hacer que los resultados sean reutilizables, combinables y verificables de maneras que los resultados encerrados únicamente en prosa no pueden lograr.

¿Cómo se vería esto en la práctica en un laboratorio de neurociencias? Una posibilidad sería la siguiente: el investigador envía un artículo de la forma habitual, pero además deposita sus afirmaciones y resultados en un formato estructurado, donde cada afirmación está vinculada a figuras específicas, pruebas estadísticas y conjuntos de datos. Los revisores evalúan resultados individuales, en lugar de intentar mantener en su mente todo el contenido del manuscrito. Los resultados relacionados entre distintos artículos se descubren automáticamente, incluso cuando aparecen en trabajos que el investigador nunca ha leído y que ni siquiera se citan entre sí.

En la visión de Michael Eisen, incluso la capa narrativa se vuelve dinámica: en lugar de un artículo fijo, el lector consulta el registro estructurado y recibe una presentación de los resultados adaptada a su pregunta específica y a su nivel de conocimientos. El artículo se convierte en una interfaz generada bajo demanda. En la versión más radical, el artículo deja incluso de ser indispensable y pasa a ser simplemente una «vista narrativa» de objetos de conocimiento estructurados.

Esta estructura también podría tener importantes implicaciones para el sesgo de publicación. Si el registro científico principal existiera en esa red estructurada y el reconocimiento profesional se otorgara a partir de ella, entonces una única réplica cuidadosamente realizada o un resultado negativo formulado con precisión contribuirían al desarrollo profesional del investigador, en lugar de permanecer durante años sin publicarse en la computadora de alguien.

Esta versión más radical también presenta riesgos. Como señalé en una columna anterior, el propio proceso de escribir un artículo científico constituye una forma de pensar, y el esfuerzo por expresar un hallazgo obliga al investigador a enfrentarse a las lagunas de su propio razonamiento. Si escribir sobre la ciencia es precisamente el momento en que los científicos descubren lo que realmente significan sus resultados, entonces considerar la redacción del artículo como una simple capa decorativa superpuesta a afirmaciones formalizadas podría eliminar una parte importante del trabajo intelectual que ocurre durante la escritura.

PaperOrchestra, de Google, por ejemplo, está diseñado precisamente para eliminar las semanas que un científico habría dedicado a luchar con la exposición de sus ideas, descubriendo que un resultado no se deriva del anterior de manera tan clara como parecía o advirtiendo, a mitad de la introducción, que el problema ha sido planteado de una forma que no concuerda plenamente con una lectura cuidadosa de la bibliografía. Si parte del conocimiento científico surge precisamente durante esa lucha intelectual, automatizarla podría tener un costo para la ciencia que jamás aparecerá reflejado en los indicadores de publicación. El artículo puede ser un contenedor de datos ineficiente, pero también puede estar realizando un trabajo cognitivo esencial para el progreso científico.

No creo que los defensores de la legibilidad por máquinas hayan abordado adecuadamente esta posible compensación. Sin embargo, tampoco constituye una razón para defender indefinidamente el estado actual de las cosas. La transición de los grandes tratados científicos a los artículos implicó pérdidas reales. Charles Darwin sabía que sus ideas necesitaban cientos de páginas para desplegar plenamente su cuidadosa argumentación. El historiador de la ciencia Alex Csiszar ha sostenido que fragmentar el conocimiento en «pequeños fragmentos de hechos» tuvo verdaderos costos epistemológicos. Y, sin embargo, esa unidad más pequeña hizo posible algo que el tratado no podía ofrecer: un registro rápido, iterativo y acumulativo que transformó profundamente lo que la empresa científica era capaz de lograr.

La revolución de la mecánica cuántica entre 1925 y 1927, durante la cual una teoría completa surgió en apenas dos años gracias a una cascada de breves artículos intercambiados entre Gotinga, Copenhague, Cambridge y Zúrich, probablemente no habría sido posible en la era de los tratados.

La cuestión es si hoy la comunidad científica se encuentra en un punto de inflexión semejante. Lo cierto es que, aunque la inteligencia artificial pueda actuar como catalizador del cambio, el artículo científico, considerado por sí mismo, ya no consigue contener toda la ciencia que pretende comunicar. Lo que hoy llamamos un artículo es, en realidad, una extraña construcción híbrida formada por archivos suplementarios que superan en extensión al propio manuscrito, conjuntos de datos depositados en repositorios que rara vez otros investigadores reutilizan y código publicado en GitHub sin documentación suficiente. En la práctica, el artículo científico ya ha sido reemplazado por un conjunto desordenado de materiales dispersos.

En un campo como las neurociencias, donde dos grupos de investigación pueden descubrir de manera independiente un mismo mecanismo sináptico fundamental en circuitos distintos sin llegar nunca a conocer el trabajo del otro, la diferencia entre una transición estructurada y una transición caótica no es una cuestión menor. Desde hace mucho tiempo, las neurociencias constituyen un campo demasiado vasto para que una sola persona pueda abarcarlo en su totalidad. Por ello, la próxima forma que adopte la comunicación científica puede determinar si la siguiente generación de investigadores trabajará con un mapa que les permita orientarse o si continuará recorriendo el territorio guiándose únicamente por la intuición.

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The next unit of science: Is the scientific paper due to be replaced?

Artificial intelligence is pushing scientific publishing to the brink. For a field as sprawling as neuroscience, the crisis may also be an opportunity to finally connect findings across subfields.


By Tim Requarth

11 May 2026 | 11 min read


https://doi.org/10.53053/IZNQ5416

https://doi.org/10.53053/IZNQ5416 - opens a new tab

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Before the scientific paper, there was the treatise. In “Astronomia Nova,” Johannes Kepler bundled 10 years of astronomical observations, along with false starts, methodological disagreements and philosophical justifications, into a book-length masterpiece. Isaac Newton’s “Principia,” though written in a burst of roughly two years, unified ideas he had been developing since the 1660s. This pace was typical until journals, such as the Philosophical Transactions of the Royal Society, founded in 1665, offered an alternative. In them, scientists could share provisional findings quickly, in compact form, shrinking the unit of publishable knowledge. Charles Darwin himself seemed to worry about the rigor of this short-form science, complaining of his theory that he could “hardly see how it can be made scientific for a Journal, without giving facts, which would be impossible.” 

But discoveries announced via tome eventually became the exception, not the rule. Albert Einstein’s four revolutionary papers appeared in Annalen der Physik in 1905. James Watson and Francis Crick announced DNA’s structure in less than 1,000 words in Nature in 1953. It’s easy to forget today that the scientific paper was an innovation, enabling researchers to build on one another’s work in something closer to real time, accelerating the pace of discovery. It also seeded the infrastructure of modern scientific publishing that governs academic life.

That infrastructure is now under extraordinary strain, and artificial intelligence (AI) is making it worse. A study published last December in Science found that researchers who use large language models are publishing significantly more papers than they did before. Since at least 2024, Matt Spick, a health data analytics researcher at the University of Surrey and associate editor at Scientific Reports, has been getting nearly identical papers to review—one a day, sometimes two, all drawing on the same publicly available U.S. health dataset, rephrased just enough to dodge plagiarism detection. Meanwhile, paper production is getting its own silicon facelift, with effort reaching an apotheosis in April when a team at Google released Paper Orchestra, a system that takes a researcher’s raw lab notes and, through a sequence of five specialized AI agents, produces a submission-ready LaTeX manuscript with figures and verified citations in about 40 minutes. The volume of output powered by AI is overwhelming the peer-review system. Editors can’t find enough qualified reviewers, and the reviewers they do find are increasingly turning to AI themselves—some 21 percent of reviews submitted to this year’s International Conference on Learning Representations, a major machine-learning conference, were fully AI-generated.

The standard response to this frenzy of automation has been to look for ways to shore up the existing system. But a growing number of researchers are asking a different question, in no small part because the existing system has long had its own drawbacks. What if the problem isn’t how to fix scientific publishing? What if AI’s growing capabilities are going to force the unit of scientific communication, once again, to evolve? Such a shift could have a major impact on a wide-ranging field such as neuroscience, where the science spans molecules to behavior and whose diverse data often remain siloed, underserved by the paper-shaped package the system demands.

People in science have sensed this change coming for a while. In early 2023, just a few months after ChatGPT’s launch, I sat in a meeting where one of the most prominent scientists at my institution speculated that AI may eventually force a rethinking of what a scientific paper even is. That same year, Michael Eisen, computational biologist and former editor-in-chief of eLife, described a future in which findings are published not as static, one-size-fits-all narratives but in an interactive, “paper on demand” format, in which users query the underlying experiments, data and analyses directly. “I think it’s only a matter of time before we stop using single narratives as the interface between people and the results of scientific studies,” Eisen said. 

For a few years, this remained in the realm of premonition. Now the proposals are getting concrete enough to argue about. Among the most concrete comes from a team led by Lior Pachter at the California Institute of Technology. In a preprint posted in February, Pachter and his colleagues describe OpenEval, a system that decomposes scientific papers into their constituent parts: individual claims, the evidence supporting them, and evaluations of whether that evidence holds up. 

They ran this system across the entire corpus of eLife, which publishes its manuscripts and peer reviews in a machine-readable XML format. From roughly 16,000 papers, OpenEval extracted nearly 2 million discrete claims, and an AI evaluated each one. AI and human reviewers agreed 81 percent of the time, but I think the more intriguing finding was about coverage. OpenEval assessed 93 percent of the claims in a given manuscript. Human peer reviewers, on average, got to 68 percent. This is where the tirelessness of AI comes in handy: A paper containing 100 empirical claims simply isn’t going to be fully and systematically evaluated by two or three busy faculty on short turnaround.

Pachter’s group argues that scientific publication should distinguish between two functions that papers currently bundle together: the dissemination of results and the communication of ideas. Results, they say, should be published in explicit, machine-readable form. Narratives should serve as an interpretive layer on top of that structured foundation. The paper would still exist, but it would become one view of a deeper, queryable record.

Neuroscience may have more to gain from this kind of system than most fields. The discipline spans molecular biology to functional imaging to behavioral psychology, and findings at one level routinely bear on questions at another—yet the connections stay buried because no single person can manage the flood of findings from all subfields. A structured, queryable record of results would make those connections visible for the first time. 

The OpenEval system has already demonstrated that it can find hidden connections: Two eLife papers independently examined the mechanisms of timing-dependent long-term depression (tLTD) in different brain circuits: One showed that tLTD can occur with or without NMDA receptors, depending on the synaptic connection; the other showed that NMDA receptors are required and mediate tLTD through non-ionotropic signaling. The papers don’t cite each other because they studied different circuits. Taken together, they suggest that NMDA receptor involvement in tLTD is circuit-dependent and mechanistically diverse, the kind of complementary finding that might reshape how you think about a mechanism but that the balkanized nature of the neuroscience literature keeps invisible. 

Others have gone further. Italian physicist Francesca Colaiori has outlined what she calls an Adaptive Knowledge Network, in which the basic unit of scientific contribution is a “knowledge object” rather than a paper—a single claim, a dataset, a method, an open question. Each connects to others through informative links, and publishing becomes something more like editing a shared wiki than submitting a finished manuscript. At the other end of the spectrum, the editors of NEJM AI have already begun running an invitation-only hybrid human-AI review process in which a human editor reviews a manuscript independently, two large language models produce separate structured reviews, and a statistician collaborates with an AI on a full statistical review. From submission to provisional acceptance: seven days. They published their first two papers through this system late last year, along with the full AI reviews and author responses, inviting readers to judge the quality for themselves.

These proposals occupy different points on the spectrum from incremental to transformative. NEJM AI is patching the existing system. Pachter’s group is proposing a new layer underneath it. Colaiori is imagining a replacement. But they share a common diagnosis: The scientific paper bundles too many functions into a single artifact, and the bundle is starting to come apart.

There’s a precedent for this kind of unbundling that is already further along than many scientists might realize. When mathematicians Timothy Gowers, Ben Green, Frederick Manners and Terence Tao proved a key case of the Polynomial Freiman-Ruzsa conjecture in 2023, they reported it in a traditional paper. But within three weeks, a team of contributors also translated the proof into Lean, a proof assistant whose community-maintained library, mathlib, contains more than 250,000 machine-verified theorems. The machine verification process caught a minor error that humans had missed. 

Now the result exists in two forms: a paper that explains why the proof is important, what intuitions guided it, and where the challenges were, as well as a machine-checked version that guarantees every step is valid. The two serve different purposes, and neither is reducible to the other. Pachter’s group invokes mathlib as a model, though the analogy is imperfect—empirical science can’t be verified, logically, the way a mathematical proof can. The broader point is that a narrative remains essential for communicating ideas to other humans, but that machine-readability can make results reusable, composable and verifiable in ways that results locked in prose cannot achieve. 

What would this look like in practice for a neuroscience lab? One version: You submit a paper the way you always have, but alongside it you deposit your claims and results in a structured format, each linked to specific figures, statistical tests and datasets. Reviewers evaluate individual results rather than trying to hold the whole manuscript in their heads. Related results across papers get discovered automatically, including in papers you’ve never read and that don’t cite each other.  

In Eisen’s version, even the narrative layer becomes dynamic: Instead of a fixed paper, the reader queries the structured record and gets results tailored to their question and expertise. The paper becomes an interface, generated on demand. In the more radical version, the paper becomes optional altogether, a “narrative view” of structured knowledge objects. This structure could have valuable implications for publication bias. If the primary scientific record exists in the network and professionally meaningful credit is assigned that way, then a single careful replication or a precisely stated negative result counts toward career advancement rather than languishing, unpublished, on someone’s computer for years.

This more radical version also comes with pitfalls. As I wrote in a previous column, the process of scientific writing is itself a form of thinking, and the struggle to articulate a finding forces you to confront gaps in your own reasoning. If writing about the science is where scientists figure out what their science actually means, then treating paper-writing as a decorative layer on top of formalized claims may remove important think-work from the writing process. Google’s PaperOrchestra, for example, is, by design, eliminating the weeks a scientist would have spent struggling with exposition, discovering that one result doesn’t really flow from the previous as neatly as expected, or realizing halfway through the introduction that the problem is framed in a way that isn’t quite consistent with a close read of the literature. If that struggle is where some fraction of scientific insight happens, then automating it away costs science in a way that won’t register in publication metrics. The paper might be inefficient as a data container, but it may also be doing cognitive work that is germane to scientific progress.

I don’t think the machine-readability advocates have adequately addressed this potential trade-off. But it’s also not a reason to defend the status quo indefinitely. The shift from treatises to papers involved genuine losses. Darwin knew his ideas needed hundreds of pages for his painstaking argument to fully unfurl. The historian of science Alex Csiszar has argued that fragmenting knowledge into “broken pieces of fact” carried real epistemic costs. And yet the smaller unit enabled something the treatise couldn’t: a fast, iterative, cumulative record that changed what the scientific enterprise could accomplish. The quantum mechanics revolution of 1925 to 1927, in which a complete theory emerged in barely two years through a cascade of short journal papers exchanged across Göttingen, Copenhagen, Cambridge and Zurich, perhaps would not have happened in the age of the treatise.

The question is whether the scientific community is at a similar inflection point. The truth is that although AI may be the catalyst for change, the scientific paper on its own terms was already failing to contain the science. What is called a paper today is really a strange Frankensteined-together patchwork of supplementary files that run longer than the manuscript, datasets deposited in repositories that other researchers rarely reuse, and code posted to GitHub without documentation. The paper has already been replaced, in practice, by a mess. For a field such as neuroscience, in which two groups can independently discover something fundamental about the same synaptic mechanism in different circuits and never find each other’s work, the difference between a structured transition and a disorganized one is not academic. Neuroscience has long been a field too large for any one person to survey, so the next form scientific communication takes may determine whether the next generation works from a map or wanders the territory by feel.


Correction

An earlier version of this article misattributed the OpenEval project to Lior Pachter's group at Caltech. The work was jointly conceived and developed by A. Sina Booeshaghi, Laura Luebbert and Lior Pachter across three institutions. The article has been updated.

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