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domingo, 4 de octubre de 2026

La cara oculta de la ciencia: el incontrolado poder de las grandes editoriales científicas

Publicado en sinpermiso
https://sinpermiso.info/textos/la-cara-oculta-de-la-ciencia-el-incontrolado-poder-de-las-grandes-editoriales-cientificas




La cara oculta de la ciencia: el incontrolado poder de las grandes editoriales científicas

Julio Rozas Daniel Raventós 17/09/2026

Ya comentamos en un artículo anterior que las publicaciones científicas constituyen el principal medio para difundir y validar el conocimiento científico. A través de ellas se difunden resultados, se someten hipótesis al escrutinio de otros investigadores y se construye, paso a paso, el edificio del conocimiento científico. También vimos algunas de las malas prácticas asociadas al sistema, así como sus mecanismos de autocorrección. Pero hay un aspecto fundamental que conviene destacar: publicar constituye hoy uno de los principales criterios para evaluar y promocionar al profesorado universitario y al personal investigador de los centros públicos. Como ha señalado Philippe Huneman (investigador del Instituto de Historia y Filosofía de la Ciencia y la Tecnología del CNRS, Francia), la función del artículo de investigación ha cambiado: ya no es únicamente una unidad de conocimiento, sino que se ha convertido también en una unidad de evaluación. Ya no es simplemente, como lo fue durante mucho tiempo, la culminación de una tarea: se ha convertido también en el objetivo que orienta buena parte de la actividad investigadora, en el medio para medir su productividad, en el referente que distingue a los buenos investigadores de los menos buenos y en una pieza clave para el ascenso profesional. El célebre «publicar o perecer» (publish or perish) condiciona buena parte de las reglas del juego académico y genera efectos indeseados: se publican cada vez más artículos, a menudo a un coste elevado, y no siempre con la calidad necesaria. Al mismo tiempo, esta presión por publicar crea incentivos que pueden contribuir a explicar algunas de las malas prácticas que encontramos en la investigación científica, desde comportamientos muy sutiles hasta casos de fraude abierto. Algunos de estos casos trascienden el ámbito académico, aunque son muy pocos. Un ejemplo es el del actual rector de la Universidad de Salamanca. Decía un editorial de El País: “Se trata de otra variante de una práctica clásica que la universidad española haría bien en desterrar: el nefasto ‘hoy por ti, mañana por mí’”. Toda una fábrica de autocitas y de colegas que lo citan; pero no pasa nada: sigue siendo el rector de la Universidad de Salamanca. Otro ejemplo es el del grupo CREA de la Universidad de Barcelona, que se autodisolvió en 2025 y que, además de otras acusaciones mucho más graves que están en trámite legal, también fue objeto de denuncias relacionadas con el uso sistemático de autocitas, todo un ejemplo del autobombo. “La mayor parte de referencias que reciben los artículos, los libros, los proyectos del CREA proceden del propio CREA. Siempre más de la mitad y a veces llega al 80%”, en palabras de un buen conocedor de este grupo. 

En este artículo nos centramos en una dimensión mucho más desconocida del sistema: la económica. ¿Cuánto cobra el investigador por publicar? ¿Cuál es el coste real de publicar un artículo científico? ¿Cuánto dinero mueve el negocio editorial? Y sobre todo ¿qué implicaciones tiene para la ciencia la influencia de las grandes editoriales desde dentro del sistema científico?

Modelo de negocio y dimensión económica

Empezaremos haciendo un pequeño spoiler: los investigadores no solo no cobran por publicar sus trabajos, sino que, en muchos casos, tienen que pagar, y no poco, por hacerlo. De hecho, el negocio editorial científico es muy rentable. Cada año se publican algo más de tres millones de artículos científicos en el mundo, en unas 40.000 revistas, que suponen un negocio para las editoriales de decenas de miles de millones de dólares. La paradoja puede resultar sorprendente para quienes no están familiarizados con el mundo académico: cuando un escritor publica una novela, un ensayo o un libro de divulgación, lo habitual es que la editorial pague al autor por su obra, normalmente mediante un porcentaje de las ventas. En cambio, en la publicación científica, suele ocurrir justo lo contrario, es el investigador, a través de los fondos de sus proyectos de investigación, o de su institución, quien acaba pagando a las editoriales por publicar. ¿Cómo se ha llegado a este modelo? ¿Por qué las grandes editoriales científicas se han convertido en uno de los negocios más rentables del ámbito del conocimiento? Para responder a estas preguntas es necesario adentrarse en la compleja economía de la publicación científica moderna.

Detrás de cada publicación científica existe una compleja cadena de procesos, actores y flujos económicos, donde las editoriales científicas desempeñan un papel central. Su actividad consiste en gestionar la publicación y el acceso a los resultados de la investigación, lo que incluye la recepción de los manuscritos, la coordinación de la revisión por pares (peer review), la edición y preparación de los textos para su publicación, y el mantenimiento de las plataformas digitales que permiten consultar, distribuir y archivar los contenidos. Aunque la distribución impresa aún existe en algunos casos, la mayor parte de la actividad se desarrolla actualmente en entornos digitales.

Tradicionalmente, el negocio consistía en cobrar suscripciones a bibliotecas, universidades y centros de investigación para que sus investigadores pudieran acceder a las revistas y sus contenidos. Sin embargo, en las últimas décadas ha cobrado fuerza el modelo de publicación de acceso abierto (open access), en el que los autores o sus financiadores pagan una tarifa de publicación denominada APC (article processing charge), para que el artículo quede disponible gratuitamente para cualquier lector a través de internet. Esto ha provocado un cambio importante en el modelo de negocio. Antes, quienes financiaban el acceso al conocimiento eran fundamentalmente las instituciones suscriptoras; ahora, en el modelo basado en APC, son los propios autores o sus financiadores quienes pagan por publicar. El nuevo modelo introduce así un incentivo para aumentar el número de publicaciones: cuantos más artículos se publican, mayores son los ingresos de las editoriales y, para los investigadores, aumentan también las posibilidades de progresar profesionalmente.

Se estima que el precio de una APC en muchas de las grandes editoriales científicas se sitúa, de media, en torno a los 3.000 dólares por artículo, aunque las diferencias entre revistas son muy importantes y en determinados casos pueden superar los 10.000 dólares. Estas cantidades resultan especialmente llamativas cuando se tiene en cuenta quién realiza buena parte del trabajo que hay detrás de cada publicación científica. Los manuscritos de los artículos científicos son redactados por los propios investigadores, que, además han generado los datos y resultados que posteriormente serán publicados. Antes de su publicación, los trabajos pasan por el proceso de peer review, en el que otros especialistas del mismo campo, independientes de la editorial, examinan críticamente la calidad del trabajo, la solidez metodológica, la relevancia de sus resultados y su reproducibilidad. Este proceso constituye uno de los pilares fundamentales del sistema científico. Sin embargo, en la gran mayoría de casos, los autores no solo deben pagar por publicar sus trabajos, sino que los investigadores que participan en su revisión tampoco reciben una compensación económica directa de las editoriales.

El negocio editorial constituye una industria que mueve miles de millones de dólares al año. En sentido estricto la edición científica representa alrededor de 15.000 millones de dólares, mientras que si ampliamos la mirada al conjunto de los servicios asociados que pueden proporcionar las editoriales (bases de datos; herramientas de acceso; servicios para las universidades, etc.), el mercado alcanza aproximadamente los 30.000 millones. Y es un negocio que no deja de crecer: el número de publicaciones científicas ha aumentado a un ritmo del 5,6% anual, una tasa muy superior a la del crecimiento del número de investigadores. Además, se trata de un sector altamente concentrado en unas pocas editoriales. Cinco grupos, Elsevier (del grupo RELX, editor de The Lancet y Cell, entre otras), Springer Nature, Wiley, Taylor & Francis y SAGE, concentran más de la mitad del mercado editorial académico. Elsevier, líder del sector, edita unas 3.000 revistas científicas. En 2025 publicó casi 800.000 artículos, generó unos ingresos de casi 4.000 millones de dólares, y obtuvo una rentabilidad operativa ajustada (margen de beneficio) cercana al 38%. Y no es un caso aislado: las grandes editoriales científicas presentan también márgenes de rentabilidad extraordinariamente elevados, en varios casos por encima del 30%. Para poner estas cifras en contexto, los dos grandes grupos editoriales españoles, Planeta y PRISA, presentan volúmenes de negocio de alrededor de 2.000 y 900 millones de euros, respectivamente, pero sus márgenes operativos son más reducidos, en torno a un 10% en el caso de PRISA. Aunque la comparación no es estrictamente homogénea, porque se trata de grupos con actividades y estructuras empresariales muy diferentes y no siempre publican las mismas magnitudes financieras, estas cifras permiten hacerse una idea de la elevada rentabilidad que puede alcanzar el negocio de la edición científica.

¿Cuál es el coste real de publicar un artículo científico?

Algunos estudios sitúan el coste de publicar un artículo científico aproximadamente entre 200 y 1.000 dólares. Sin embargo, los APC que pagan los autores pueden ser muy superiores, llegando a alcanzar los 12.850 dólares en revistas de máximo prestigio, como Nature, editada por Springer Nature. ¿A qué se debe esta enorme diferencia? ¿Es justificable un abanico de precios tan amplio? Las editoriales argumentan que los APC cubren, además de la producción y edición del artículo, las inversiones en tecnología e innovación, las medidas para garantizar la integridad científica, las mejoras en la experiencia del usuario y otros esfuerzos destinados a mantener unos elevados estándares de calidad. Todos estos servicios tienen un coste, pero difícilmente pueden explicar por sí solos las diferencias de varios miles de dólares entre unas revistas y otras.

La pregunta es entonces por qué un investigador está dispuesto a pagar una cantidad tan elevada por publicar un artículo en open access en Nature La respuesta tiene poco que ver con el coste técnico de producir el artículo y mucho más con el valor que tiene para el autor publicar precisamente en esa revista. Publicar en una revista como Nature supone mucho más que poner un artículo científico a disposición de los lectores. Su extraordinario prestigio y altísima selectividad le proporcionan una enorme visibilidad dentro de la comunidad científica. Y, sobre todo, publicar en ella puede tener un impacto muy considerable en la carrera profesional del investigador, ya que estas publicaciones pueden resultar decisivas en procesos de contratación, promoción, financiación o evaluación. Desde el punto de vista económico, estamos ante una lógica similar a la de un bien posicional: su valor no depende únicamente de sus características intrínsecas o de su coste de producción, sino también de la posición, el reconocimiento y el prestigio que confiere. Un cuadro original de Wassily Kandinsky puede servirnos como analogía: su precio no guarda una relación directa con el coste de los materiales utilizados para pintarlo. Una parte esencial de su valor procede de su rareza, su autoría, la reputación del artista y el reconocimiento de su obra. Algo similar ocurre con una publicación en Nature o en otras revistas de alto impacto: su valor para el investigador no reside únicamente en el contenido del artículo, sino también en el reconocimiento y el prestigio que aporta haber sido publicado en ellas. Si publicar en una determinada revista tiene un elevado valor dentro del sistema de evaluación científica, los autores pueden estar dispuestos a pagar mucho más por publicar en ella.

Y esto no afecta únicamente a los investigadores. También las instituciones científicas tienen fuertes incentivos para acumular publicaciones de sus investigadores en revistas de alto impacto. Algunos rankings universitarios internacionales, como el Academic Ranking of World Universities (Shanghai Ranking), incorporan indicadores relacionados con la producción científica y, entre ellos, las publicaciones en revistas de muy alto impacto. De este modo, el prestigio de determinadas revistas se convierte también en un activo para universidades y centros de investigación. El mecanismo funciona, por tanto, en dos direcciones: los investigadores necesitan publicaciones de prestigio para avanzar en sus carreras, y las instituciones necesitan esas publicaciones para reforzar su posición y reputación. En este contexto, el precio que puede alcanzar una APC deja de estar determinado exclusivamente por el coste de publicar el artículo. Si publicar en una determinada revista tiene un elevado valor dentro del sistema de evaluación científica, los autores pueden estar dispuestos a pagar mucho más por publicar en ella.

El volumen de publicaciones y los incentivos perversos

Pero existe también el fenómeno contrario. Hay editoriales y revistas mucho menos selectivas que cobran APC relativamente modestas, pero que pueden generar importantes ingresos gracias a la publicación de un volumen muy elevado de artículos. Si el sistema de evaluación premia el número de artículos publicados, más que su calidad, el incentivo es claro, publicar más, tanto para el investigador como para la editorial. El resultado es un crecimiento extraordinario de la producción científica, y con él, una pregunta inevitable: ¿estamos produciendo más conocimiento o simplemente más artículos? Cuando publicar se convierte en una condición cada vez más importante para progresar profesionalmente, el sistema puede generar incentivos perversos: fragmentación de resultados, proliferación de trabajos de escasa relevancia y estrategias para aumentar artificialmente el número de publicaciones. En los casos más extremos, estos incentivos pueden contribuir a malas prácticas e incluso al fraude científico, como ya hemos comentado en SP. Las publicaciones científicas de las ciencias naturales y de las ciencias sociales no están expuestas necesariamente a los mismos tipos de prácticas dudosas o fraudulentas. Algunas pueden ser comunes a ambos campos, como el uso excesivo de autocitas, mientras que otras dependen de las características de cada disciplina y de sus métodos de investigación. En las ciencias naturales, algunas formas de mala conducta científica pueden manifestarse en la manipulación o fabricación de datos experimentales y en la falsificación de resultados. En las ciencias sociales también pueden darse estas prácticas, pero existen además problemas relacionados con la selección de resultados, la falta de transparencia metodológica o la interpretación sesgada de los datos. La naturaleza de determinadas investigaciones sociales, que a menudo incluye métodos cualitativos y enfoques interpretativos, puede dificultar la verificación de los resultados. Esto hace que la detección del fraude sea más complicada, ya que las conclusiones pueden depender en gran medida de la interpretación del investigador y no siempre pueden ser replicadas de la misma manera que en las ciencias naturales. A destacar:  las ciencias naturales tienen, en general, una tradición más acumulativa, en la que los nuevos trabajos suelen apoyarse explícitamente en un cuerpo de conocimiento anterior. Las ciencias sociales no tanto o mucho menos, algún autor o autora de moda no tiene por qué basarse en el conocimiento anterior para estar muy presente en las revistas académicas. Pero esta es una liebre que hemos soltado y no vamos a perseguir.

El cuarto poder

Con esto llegamos a la cuestión más importante. Como hemos visto, la publicación científica constituye un negocio de enormes dimensiones. Pero lo verdaderamente relevante no es cuánto dinero se mueve, sino el poder que puede generar el hecho de ocupar una posición tan central dentro del sistema científico. Porque quien controla los principales canales de publicación no solo participa en la difusión del conocimiento: también puede influir en las decisiones de los propios investigadores sobre qué y cómo investigar.

Aquí encontramos un desequilibrio importante. Los científicos producen el conocimiento; otros investigadores lo evalúan, a menudo de forma gratuita; las instituciones públicas financian buena parte de la investigación y, sin embargo, unas pocas grandes empresas controlan una parte sustancial de los canales a través de los cuales ese conocimiento adquiere visibilidad, prestigio y valor. Las grandes editoriales científicas, y en particular aquellas que publican las revistas más prestigiosas, podrían considerarse, en cierto sentido, una suerte de “cuarto poder” dentro del sistema científico. En realidad, si queremos ser más precisos, no estaríamos ante un cuarto poder, sino ante un poder oligopólico de enormes dimensiones. No porque decidan qué conocimiento es verdadero, ni porque determinen directamente qué deben investigar los científicos, sino porque ocupan una posición privilegiada en el proceso mediante el cual determinados resultados alcanzan reconocimiento y visibilidad, mientras otros quedan en segundo plano.

El problema surge cuando los criterios editoriales que hacen que un trabajo sea atractivo para una revista de alto impacto, como la novedad, la relevancia, la capacidad de generar atención o el interés para una audiencia amplia, empiezan a convertirse también en los criterios que los propios investigadores necesitan satisfacer para progresar en sus carreras profesionales. El sistema de publicación puede entonces favorecer determinados temas, metodologías o resultados frente a otros. Y eso tiene consecuencias. Puede perjudicar investigaciones menos espectaculares, como las que confirman un conocimiento establecido, las que reportan resultados negativos o los estudios descriptivos, todos ellos científicamente valiosos, pero menos llamativos que un descubrimiento novedoso o inesperado.

Además, publicar en una revista de alto impacto puede condicionar el tipo de investigación que resulta más beneficiosa para la carrera del investigador. La publicación en revistas prestigiosas puede aumentar sus posibilidades de conseguir financiación, una plaza de profesor o de investigador, o una promoción en su centro de trabajo. De esta manera, lo que aparece como un criterio editorial acaba convirtiéndose en un incentivo profesional. Si para avanzar en su carrera los investigadores necesitan publicar en determinadas revistas, tendrán razones para orientar su investigación hacia aquello que estas revistas consideran publicable. 

Las editoriales científicas, por lo tanto, no necesitan decidir qué temas deben investigarse. Su poder deriva de su posición central en el sistema de publicación científica, desde la que pueden influir en buena medida en qué resultados llegan a las revistas más prestigiosas y, por tanto, en la propia actividad investigadora. De este modo, un sistema creado para validar y comunicar el conocimiento puede terminar influyendo, de hecho influyen como venimos afirmando, también en qué tipo de conocimiento recibe mayor reconocimiento. No necesariamente porque exista una decisión consciente de favorecer unos temas sobre otros, sino porque los incentivos del sistema pueden llevar a investigadores, instituciones y revistas a adaptarse progresivamente a aquello que el propio sistema recompensa.

Hacia otro modelo de publicación científica

Existen distintas vías para transformar el sistema actual de publicación científica. Algunas proponen cambios en los sistemas de evaluación, otras buscan que la propia comunidad científica recupere parte de las funciones que hoy desempeñan las editoriales, y otras proponen nuevas formas de financiar, publicar o gobernar las revistas. Son propuestas de distinto alcance y grado de implantación, pero no necesariamente excluyentes entre sí.

La primera de estas vías afecta a los sistemas de evaluación del profesorado y del personal investigador, es decir, a la forma en que se valoran y bareman sus publicaciones y demás méritos científicos, especialmente en los procesos de contratación, acreditación y promoción profesional. Como ya vimos en nuestro artículo anterior, desde la propia comunidad académica se están impulsando cambios en la forma de valorar la actividad investigadora. Un ejemplo es la Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación (DORA). Esta iniciativa plantea dejar de utilizar métricas simplistas, como el número de publicaciones, y avanzar hacia una evaluación más rica, contextualizada y cualitativa. El objetivo es valorar la investigación por su rigor, su relevancia y su contribución real al avance del conocimiento. En la medida en que se reduzca el peso de la cantidad de publicaciones en la evaluación, podría favorecer que se publicaran menos artículos, pero más relevantes, y desincentivar tanto la práctica de publicar por publicar, como la proliferación de las revistas depredadoras.

Un segundo nivel afecta a la propia comunidad investigadora y a su capacidad para organizar directamente la evaluación y comunicación de los trabajos científicos. Desde hace unos años, han aparecido iniciativas como la Peer Community In (PCI), que separa la actividad de publicación de la revisión por pares. En este modelo, es la propia comunidad científica la que asume buena parte de las funciones que tradicionalmente desempeñan las editoriales: selecciona a los especialistas que realizan las evaluaciones, coordina el proceso de revisión y emite las recomendaciones sobre los trabajos. Los informes y las recomendaciones están disponibles para el lector.  Si el artículo es recomendado, los autores pueden mantenerlo disponible públicamente como manuscrito evaluado, publicarlo en Peer Community Journal, que no cobra APC, o enviarlo a alguna de las revistas PCI-friendly, que han acordado tener en cuenta la evaluación de PCI, aunque pueden aplicar sus propias tasas de publicación. Además, PCI permite realizar la revisión por pares de un protocolo incluso antes de llevar a cabo la investigación; con ello, se busca reducir los sesgos y mejorar la reproducibilidad de los resultados. No obstante, este modelo tiene una implantación mucho menor que el sistema tradicional y requiere una considerable dedicación por parte de los investigadores.

Un tercer nivel lo encontramos en modelos que no trasladan directamente el coste ni a los autores ni a los lectores. Uno de ellos es Subscribe to Open (S2O), que utiliza los presupuestos que las bibliotecas destinan a suscripciones para hacer accesibles los contenidos de una revista a todo el mundo, siempre que se alcance un determinado nivel de suscripciones por parte de las instituciones científicas. Otro es el Diamond Open Access, en el que tampoco pagan los investigadores por publicar ni los lectores por acceder a los contenidos: los costes se sostienen mediante una combinación de financiación institucional, procedente de universidades, bibliotecas, organismos públicos, sociedades científicas, entre otros agentes. En principio, S2O parece más fácil de introducir en el sistema actual, ya que aprovecha una fuente de financiación que ya existe: las suscripciones de las bibliotecas. En todo caso, ambos modelos podrían reducir la dependencia de los pagos por artículo y, eventualmente, el volumen económico del mercado editorial, pero no necesariamente la influencia y el poder de las grandes editoriales que controlan las revistas de mayor impacto. Aunque cambiara quién paga por publicar, estas editoriales seguirían ocupando una posición central en la selección de los trabajos, su visibilidad y reconocimiento y, a través de ellos, en los procesos de evaluación y promoción de los investigadores.

Un cuarto nivel lo encontramos en las revistas propiedad de sociedades científicas. En estos casos, la editorial comercial puede encargarse de las tareas técnicas y de publicación, pero el control de la revista permanece en la propia comunidad científica. Un ejemplo es Molecular Biology and Evolution (MBE), propiedad de la Society for Molecular Biology and Evolution (SMBE) y publicada por Oxford University Press (OUP). El Consejo (Council) de la sociedad es quien nombra al editor jefe, de modo que la sociedad científica mantiene el control sobre las decisiones editoriales, mientras que OUP se encarga de las funciones técnicas de publicación y producción. La revista cobra APC, pero la mayor parte de los ingresos revierte en la propia sociedad y se destina a financiar sus actividades, como congresos, ayudas de viaje, premios y otros programas para sus miembros. En este modelo, la editorial que presta los servicios de publicación no ocupa la misma posición de influencia y poder que una editorial comercial propietaria de la revista. Este caso muestra que es posible combinar una revista de alto impacto y acceso abierto con un modelo en el que la propiedad, las decisiones científicas y buena parte de los ingresos permanecen dentro de la comunidad investigadora.

Estos cuatro niveles forman parte de una transformación más amplia de la comunicación científica que conecta con la Declaración de Barcelona sobre Información Abierta de Investigación, lanzada en 2024. La Declaración es un compromiso para promover que la información sobre la investigación, como los metadatos de las publicaciones, las referencias, las afiliaciones o la financiación, sea más abierta, accesible, reutilizable y transparente, y para promover infraestructuras gobernadas por la propia comunidad científica. En este sentido, DORA, PCI, S2O, Diamond Open Access y los modelos de revistas controladas por sociedades científicas apuntan en distintas direcciones hacia un mismo objetivo. En conjunto, estas iniciativas pueden contribuir a reducir los incentivos para publicar por publicar, favorecer una investigación de mayor calidad y disminuir la dependencia del sistema científico respecto de los mecanismos comerciales de publicación. No se trata únicamente de eliminar el pago por leer o por publicar, sino de avanzar hacia un ecosistema de comunicación científica en el que las publicaciones, la información que generan y las infraestructuras que las sustentan estén al servicio de la comunidad investigadora. Una tarea difícil pero indispensable: separar los negocios académicos, los incentivos perversos y las dinámicas de prestigio artificial de la honrada investigación científica.



Catedrático de Genética de la Universidad de Barcelona. Director del grupo de investigación Genómica Evolutiva & Bioinformática. Premio Nacional de Genética (2023). Ha participado en la secuenciación y análisis de varios proyectos genómicos en animales y plantas, y ha desarrollado herramientas bioinformáticas para el análisis de la variabilidad del ADN. Es uno de los científicos más citados de las universidades del Reino de España con más de 57.000 citaciones en Google Scholar.  

Doctor en Economía. Profesor titular del departamento de Sociología en la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona. Es presidente de la Red Renta Básica y editor de Sin Permiso.    

Fuente:
www.sinpermiso.info, 20-9-2026  

martes, 29 de septiembre de 2026

Efecto Cocodrilo: las "búsquedas sin clics", las respuestas de la IA reducen los accesos a las fuentes originales. Las fauces del cocodrilo devoran a las editoriales comerciales

Publicado en The Scholarly Kitchen
https://scholarlykitchen.sspnet.org/2026/02/04/responding-to-the-threat-of-zero-click-search-and-ai-summaries-how-do-we-tame-the-crocodile/ 



Responder a la amenaza de las búsquedas sin clics y los resúmenes de IA: ¿cómo domamos al cocodrilo?

Por Charlie Rapple

4 de febrero de 2026

Abre bien la boca y di «aaaargh»: vamos a hablar del Efecto Cocodrilo. Probablemente ya hayas oído hablar de él, aunque no reconozcas el término. Es la mayor amenaza a la que se enfrentan actualmente las editoriales académicas y, sí, sé que se trata de una afirmación audaz, considerando la crisis del financiamiento de la investigación, la crisis de la revisión por pares, la crisis de la integridad de la investigación y todas las demás crisis de nuestros días.

Sí, estoy hablando de «Google Zero», «búsqueda sin clics» (zero-click search), «satisfacción de la consulta en la propia página de resultados» (On-SERP fulfillment), «búsqueda en jardines cerrados» (walled-garden search) o cualquiera de los muchos otros términos que se utilizan para describir el fenómeno por el cual los usuarios obtienen respuestas directamente de las páginas de resultados de los motores de búsqueda (SERP), en lugar de hacer clic para acceder a los sitios de las fuentes originales, como los artículos de revistas académicas.

El término «Efecto Cocodrilo» proviene de una publicación en LinkedIn del experto en marketing de software como servicio (SaaS) Tim Soulo:

«Los últimos 12 meses de datos de GSC [Google Search Console] del blog de Ahrefs [su sitio web] parecen un cocodrilo. Y estoy bastante seguro de que ustedes están viendo el mismo cocodrilo en su propio GSC».

Es decir, el Efecto Cocodrilo es la brecha entre las impresiones de tu contenido en los motores de búsqueda y los clics que llevan al texto completo alojado en tu plataforma.

Diagrama del «Efecto Cocodrilo», de Charlie Rapple

Devorando nuestro tráfico

El Efecto Cocodrilo ha crecido enormemente desde la incorporación de paneles informativos generados por IA en las páginas de búsqueda —tema abordado por Stephanie en una publicación de diciembre— y constituye la propuesta de valor central de los nuevos «navegadores web con IA», como Perplexity o Atlas de OpenAI.

Los resultados de búsqueda de las editoriales son desplazados hacia posiciones inferiores de la página y, aunque pueden aparecer en la barra lateral que acompaña a los paneles informativos, podrían mostrarse más abajo en la lista que otros contenidos más orientados a proporcionar respuestas o a ofrecer noticias.

Las impresiones de contenido continúan aumentando porque el contenido sí está siendo «mostrado», pero cada vez menos usuarios hacen clic para acceder al texto completo en el sitio web de la editorial, lo que representa una amenaza para cualquier organización cuyo modelo de negocio dependa del uso como indicador del éxito para sus clientes.

Esto incluye a las editoriales académicas, tanto si el cliente es una institución que paga una suscripción y espera observar un gran número de descargas por parte de sus usuarios, como si se trata de un autor que paga un cargo por procesamiento de artículos (APC) y espera obtener un gran número de lecturas.

Un menor número de visitas al sitio web pone en riesgo los ingresos al debilitar la posición de las editoriales en las negociaciones para la renovación de suscripciones o al reducir la retención de autores. Un tráfico reducido también probablemente disminuirá las citas y el reconocimiento de marca, socavando el papel esencial y la reputación de las editoriales.

Las editoriales han hablado en conferencias acerca de la disminución que están observando. John Campbell, de OUP, declaró en la Feria del Libro de Londres del año pasado que atribuía a las búsquedas sin clics una reducción del 19 % en los clics hacia sus contenidos académicos de referencia. Un estudio de octubre de 2025 muestra que más de la mitad de las búsquedas en Google terminan actualmente sin que los usuarios abandonen la página de resultados del motor de búsqueda 😱.

Como señala Dariusz Jemielniak en su reciente artículo en Nature —gracias a James Butcher, de Journalology, por llamar mi atención sobre él y por este fragmento—:

«Cuando los chatbots de IA proporcionan respuestas aparentemente autorizadas extraídas de las propias páginas de Wikipedia, ¿por qué alguien habría de navegar hasta la fuente, y mucho menos contribuir a ella?»

Amenaza para la integridad y la transparencia de la investigación

Las búsquedas sin clics no representan únicamente una amenaza para el tráfico web. También constituyen un desafío para la integridad y la transparencia de la investigación.

Las búsquedas sin clics amplifican y camuflan la información errónea: al reformatear los contenidos, eliminan las señales contextuales que, de otro modo, ayudarían a los usuarios a tomar decisiones tanto conscientes como subconscientes acerca de qué contenidos son confiables.

Los paneles de IA están bien redactados, parecen pulidos y creíbles, pero se generan a partir de una combinación problemática de fuentes. Mezclan contenidos confiables revisados por pares con investigaciones de menor calidad, información errónea —contenido inexacto, por ejemplo, debido a la ausencia de salvedades o a interpretaciones distorsionadas— y desinformación —contenido deliberadamente manipulado o inventado con la intención de engañar—.

Las citas incluidas en los paneles de IA reciben deliberadamente poca visibilidad y se reducen a un único símbolo, despojadas de indicadores de calidad como el título de la revista o la condición de haber sido sometidas a revisión por pares.

Si los usuarios solicitan una lista de referencias de los resúmenes generados por IA, la IA no puede proporcionarla de manera confiable, porque genera el contenido dinámicamente sin mantener un seguimiento persistente de las fuentes exactas, lo que significa que las citas pueden faltar, estar incompletas o ser inventadas.

La ausencia de una atribución clara aumenta el riesgo de citar incorrectamente o incluso de citar a la propia herramienta de IA en lugar del artículo original subyacente. Esta falta de transparencia hace que los paneles sean poco confiables y amenaza la integridad de la investigación.

Por lo tanto, comprender y abordar las búsquedas sin clics ayuda a las editoriales no solo a proteger y conservar el uso de sus contenidos, sino también a salvaguardar la exactitud, la confianza y la integridad del registro académico, garantizando que las fuentes autorizadas continúen ocupando un lugar central en un entorno cada vez más vulnerable a la información errónea.

El Efecto Cocodrilo está agravando el riesgo de que las editoriales sean devoradas: simultáneamente están perdiendo el control sobre el descubrimiento de sus contenidos y perdiendo visibilidad, autoridad e ingresos.

Las búsquedas sin clics eliminan elementos de credibilidad y contexto, haciendo más difícil demostrar el valor de las editoriales dentro del proceso de comunicación académica. Las editoriales corren un riesgo mayor que nunca de quedar reducidas a proveedores invisibles, en lugar de ser consideradas socios valiosos.

Los desarrolladores de IA pueden depender del corpus de información autorizada gestionado por las editoriales, pero lo hacen como parásitos que corren el riesgo de matar al huésped. Las editoriales deben abrir el camino hacia una relación más simbiótica.

¿Qué podemos hacer?

El sector académico necesita actuar rápidamente para orientar las siguientes etapas de este cambio sísmico en la forma en que la información se descubre y consume, así como en la manera en que los nuevos comportamientos de uso se miden, reportan y valoran.

Esto podría significar:

  • Desarrollar nuevos códigos de buenas prácticas para recopilar y reportar el uso de contenidos fuera de los sitios web de las editoriales.

  • Trabajar para modificar las percepciones de las instituciones y de los autores acerca de «qué es lo que cuenta».

  • Redefinir qué significa el uso legítimo (Fair Use) y crear marcos de licenciamiento o regalías para contenidos derivados.

  • Establecer estándares sobre cómo las herramientas de IA indexan, clasifican, referencian y atribuyen los contenidos revisados por pares.

  • Probar nuevas tácticas y funcionalidades para atraer, retener y maximizar el uso.

  • Acelerar el trabajo de Optimización para Motores de Respuestas (AEO, Answer Engine Optimization) o de Optimización para Motores Generativos (GEO, Generative Engine Optimization).

Lo que está claro es que esta cuestión afecta a todos los departamentos —técnicos, editoriales y de marketing— y a todo tipo de organizaciones —editoriales, plataformas, pero también bibliotecas e instituciones, sociedades académicas y congresos—.

Ningún departamento debería intentar afrontar este problema por sí solo, y muchas de estas cuestiones requerirán colaboración entre editoriales bajo los auspicios de organizaciones como SSP, STM, NISO, COUNTER, ALPSP, entre otras.

En el corto plazo, dedicaré el próximo trimestre a un proyecto de investigación acelerado para ir más allá de las métricas y profundizar en los comportamientos de los usuarios: ¿el tráfico que estamos perdiendo corresponde a «calidad» o a «cantidad»?; ¿en qué situaciones los usuarios siguen optando por hacer clic para acceder a los materiales originales?; ¿comprenden los usuarios qué contenidos son generados sobre la marcha por la IA y cómo —si es que lo hacen— evalúan la credibilidad de esos contenidos?

También identificaré oportunidades de rápida implementación en materia de AEO, tanto dentro como fuera de nuestro sector: ¿qué están haciendo los principales medios de comunicación o los minoristas de productos de consumo masivo (FMCG)?; ¿qué tipos de metadatos o contenidos «intersticiales» se correlacionan con posiciones más altas en las listas de referencias de los resúmenes de IA?; ¿qué tipos de experiencia de usuario (UX) o funcionalidades ayudan a incrementar el tiempo de permanencia en el sitio o el número de páginas vistas por los visitantes que llegan a través de paneles de IA?, y así sucesivamente.

(Pónganse en contacto conmigo si están interesados en conocer más acerca de este proyecto; todavía tengo algunos lugares disponibles para patrocinadores entre las editoriales y plataformas interesadas).

En última instancia, el Efecto Cocodrilo es simplemente el frente más reciente de una batalla que lleva desarrollándose desde hace tiempo: cómo se media el conocimiento y quién ejerce esa mediación.

Pero representa una intensificación de las hostilidades, que amenaza no solo el statu quo de los modelos de negocio de la publicación académica, sino también los fundamentos de la confianza y la atribución.

Comprender qué está ocurriendo exactamente —más allá de los datos— es fundamental para entender qué debemos hacer y si contamos con la influencia necesaria para hacerlo.

Charlie Rapple

Charlie Rapple es cofundadora de Kudos, una plataforma que da visibilidad a la investigación para acelerar y ampliar su alcance e impacto. También es presidenta de UKSG y forma parte del Consejo Editorial de UKSG Insights.

@charlierapple.bsky.social, x.com./charlierapple y linkedin.com/in/charlierapple.

En etapas anteriores de su trayectoria profesional, Charlie fue editora electrónica en CatchWord, especialista en marketing en Ingenta, consultora de comunicación académica en TBI Communications y editora asociada de Learned Publishing.

Ver todas las publicaciones de Charlie Rapple

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Responding to the Threat of Zero-Click Search and AI Summaries: How Do We Tame The Crocodile?


By Charlie Rapple


Feb 4, 2026

Open wide and say “aaargh”: we’re going to talk about the Crocodile Effect. You’ve probably heard of it already, even if you don’t recognize the term. It is the biggest threat currently faced by scholarly publishers, and yes, I know that’s an audacious claim given the research funding crisis, peer review crisis, research integrity crisis, and all the other crises of the day. Yes, I’m talking about “Google Zero,” “zero-click search,” “On-SERP fulfillment,” “walled-garden search,” or the many other terms that are bandied about to describe users getting answers directly from search engine results pages (SERPs), rather than clicking through to source sites such as journal articles.


The term “Crocodile Effect” derives from a LinkedIn post by SaaS marketing expert Tim Soulo: “The past 12 months of GSC [Google Search Console] data for the Ahrefs Blog [his website] look like a crocodile. And I’m pretty sure you’re seeing the same crocodile in your own GSC.” That is to say, the Crocodile Effect is the gap between impressions of your content in search engines, and click throughs to the full text on your platform.


Diagram of ‘the crocodile effect’ by Charlie Rapple


Eating our traffic

The Crocodile Effect has grown hugely since the addition of AI-generated knowledge panels on search pages (discussed by Stephanie in a post in December) and is the central USP of new “AI web browsers” like Perplexity, or OpenAI’s Atlas. Publisher search results are pushed down the page, and although they may appear in the side bar offered alongside knowledge panels, they may be shown further down the list than more answer-oriented or news-driven content. Content impressions continue to rise because the content is being ‘shown’ — but fewer users click through to the full text on your website, creating a threat to any organization whose business model relies in usage as a metric of customer success. This includes scholarly publishers — whether the customer is an institution paying for a subscription and expecting to see lots of downloads by their users, or an author paying an APC and expecting to see lots of reads. Fewer site visits puts revenue at risk by weakening publishers’ renewal negotiations or reducing author retention. Low traffic is also likely to reduce citations and brand awareness, undermining publishers’ vital role and reputation. Publishers have spoken at conferences about the drop-off they’re seeing (OUP’s John Campbell told last year’s London Book Fair that he attributed a 19% drop in click-throughs to their academic reference content to zero-click search; one October 2025 study shows that over half of Google searches now end without users leaving the search engine results page 😱. As Dariusz Jemielniak puts it in his recent Nature article (thanks James Butcher at Journalology for drawing my attention to it, and for this excerpt), “When AI chatbots provide seemingly authoritative responses drawn from Wikipedia’s very pages, why would anyone navigate to the source, let alone contribute to it?

Threatening research integrity and transparency

Zero-click search is not only a threat to web traffic. It is a challenge to research integrity and transparency. Zero-click search amplifies and camouflages misinformation — by reformatting content, it removes the contextual cues that would otherwise help users make both conscious and subconscious choices about which content to trust. AI panels are well-articulated, seemingly polished and credible, but generated from a problematic mixture of sources. They contaminate trustworthy peer-reviewed content with poorer quality research, misinformation (inaccurate content, e.g., with missing caveats or distorted interpretation) and disinformation (content deliberately manipulated or invented to mislead).

Citations in AI panels are deliberately given low prominence — and reduced to a single symbol, stripped of quality indicators such as journal title or peer-review status. If users request a reference list for AI-generated summaries, the AI cannot reliably provide one, because it generates content dynamically without persistent tracking of exact sources, meaning citations may be missing, incomplete, or fabricated. The absence of clear attribution increases the risk of mis-citation or even citation of the AI tool itself rather than the underlying article. This lack of transparency renders panels unreliable and threatens research integrity.

Understanding and addressing zero-click therefore helps publishers not only protect and retain usage, but also safeguards the accuracy, trust, and integrity of the scholarly record — ensuring that authoritative sources remain central in a landscape increasingly vulnerable to misinformation.

The Crocodile Effect is exacerbating the risk of publishers being swallowed — simultaneously losing control of discovery, and losing visibility, authority, and revenue.

Zero-click search strips away credibility and context, making it harder to demonstrate the value of publishers in the process of scholarly communication. Publishers are at greater than ever risk of being reduced to invisible suppliers rather than valued partners. AI developers may depend on the corpus of authoritative information managed by publishers, but as parasites at risk of killing the host. The pathway to a more symbiotic relationship needs to be forged by publishers.

What can we do?

The scholarly sector needs to act quickly to steer the next stages of this seismic shift in how information is discovered and consumed, and how emerging usage behaviours are measured, reported and valued. This might mean:

  • Developing new Codes of Practice for collating and reporting off-site usage

  • Working to reshape institutions’ and authors’ perceptions of “what counts”

  • Redefining what Fair Use means and creating licensing or royalty frameworks for derivative content

  • Setting standards for how peer-reviewed content is indexed, ranked, referenced and attributed by AI tools

  • Testing new tactics and features for attracting, retaining and maximizing usage

  • Accelerating Answer-Engine Optimization (AEO) or Generative Engine Optimization (GEO) work.

What is clear is that this issue affects all departments (technical, editorial, marketing) and all types of organization (publishers, platforms, but also libraries and institutions, societies, conferences). No one department should be trying to tackle this alone, and many of the issues will need cross-publisher collaboration through the auspices of organizations like SSP, STM, NISO, COUNTER, ALPSP, and others. In the immediate term, I’m devoting my next quarter to a fast-track research project to dig beyond the metrics into user behaviors (is the traffic we are losing ‘quality’ or ‘quantity’; in what scenarios do users still choose to click through to source material; do users understand which content is generated on the fly by AI, and how — if at all — do they gauge the credibility of such content), identifying AEO quick wins from our sector and beyond (what are mainstream media or FMCG retailers doing? what kinds of metadata or ‘interstitial’ content correlates to higher ranking in AI summaries’ reference lists? what kinds of UX / features help increase time on site / page views from visitors who’ve arrived via AI panels — and so on.) (Do contact me if you would be interested in learning more about this project — I have a few sponsor places left for interested publishers / platforms.)

Ultimately, the Crocodile Effect is just the latest front in a battle that’s been underway for some time — how knowledge is mediated, and by whom. But it is a scaling up of hostilities, threatening not just the status quo for scholarly publishing business models, but the fundamentals of trust and attribution. Understanding what *exactly* is happening (beyond the data) is critical to understanding what we need to do — and whether we have the influence to do it.

Charlie Rapple

Charlie Rapple is co-founder of Kudos, which showcases research to accelerate and broaden its reach and impact. She is also Chair of UKSG and serves on the Editorial Board of UKSG Insights. @charlierapple.bsky.social, x.com./charlierapple and linkedin.com/in/charlierapple. In past lives, Charlie has been an electronic publisher at CatchWord, a marketer at Ingenta, a scholarly comms consultant at TBI Communications, and associate editor of Learned Publishing.

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La cara oculta de la ciencia: el incontrolado poder de las grandes editoriales científicas

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