miércoles, 21 de octubre de 2026

El declive de las grandes universidades de investigación estadounidenses

Publicado en The Chronicle of Higher Education
https://www.chronicle.com/article/the-decline-of-the-great-american-research-university





El declive de las grandes universidades de investigación estadounidenses


Desde hace años, las universidades chinas han ido ganando terreno a las instituciones occidentales, hasta llegar a superarlas.


Por Richard Holmes, 10 de noviembre de 2025


Las universidades estadounidenses se hunden en una espiral de autoengaño. Siguen hablando de su compromiso con la excelencia, de sus grandes logros, de su liderazgo en el mundo de la ciencia, pero se lamentan del daño que el presidente Trump les ha infligido, les está infligiendo o está a punto de infligirles. Como escribió el rector de Harvard, Alan M. Garber, en una carta dirigida a la comunidad universitaria la pasada primavera:


Las nuevas fronteras nos atraen con la perspectiva de avances que cambiarán nuestras vidas: desde tratamientos para enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson y la diabetes, hasta avances revolucionarios en inteligencia artificial, ciencia e ingeniería cuánticas y muchas otras áreas de posibilidades. Si el Gobierno se retira ahora de estas colaboraciones, pone en riesgo no solo la salud y el bienestar de millones de personas, sino también la seguridad económica y la vitalidad de nuestra nación.


La respuesta del Instituto Tecnológico de Massachusetts a la «actividad gubernamental» lo expresó de manera similar:  


El MIT sigue avanzando en su fundamental misión de investigación y educación, que abarca temas como la salud humana, la innovación energética, la computación cuántica, la fabricación avanzada y otras áreas importantes para la seguridad nacional, la competitividad económica y la calidad de vida de todos los estadounidenses.


Sin embargo, la cruda realidad es que la investigación universitaria estadounidense, especialmente en el ámbito de las ciencias, comenzó a declinar hace décadas, y Trump no tuvo nada que ver con ello. El declive fue, en gran medida, culpa nuestra.


Es posible que la educación superior estadounidense no sea consciente de su pérdida de prestigio en la escena mundial. Cuenta con el respaldo de expertos, administradores y medios de comunicación occidentales, y obtiene resultados excepcionalmente buenos en las listas anuales de los principales rankings universitarios internacionales. Sin embargo, esos rankings han pasado por alto un descenso constante de la calidad.


Los estadounidenses suelen centrarse en los rankings nacionales publicados por U.S. News and World Report, y quizá en algunos rankings de escuelas de negocios, como el de Princeton Review, o incluso en los rankings alternativos de Washington Monthly. Cuando consultan las clasificaciones mundiales, suelen fijarse solo en las «cuatro grandes»: el Ranking de Shanghái (también conocido como Ranking Académico de Universidades del Mundo); el ranking de las mejores universidades del mundo de U.S. News; el QS; y el Times Higher Education World University Rankings, estos dos últimos publicados en el Reino Unido. 


Los “cuatro grandes” suelen traer buenas noticias para Estados Unidos y Occidente. Harvard encabeza las clasificaciones generales de U.S. News y del ranking de Shanghái, MIT lidera el QS y Oxford ocupa el primer lugar en Times Higher Education (THE). El top 10 de cada uno de estos rankings está compuesto por universidades estadounidenses y británicas, salvo la Universidad Nacional de Singapur y ETH Zúrich, que aparecen en el ranking QS.

Pero esta es una historia engañosa. Esos cuatro rankings no constituyen la totalidad del panorama de las clasificaciones globales. Existen otra docena, generalmente publicadas por universidades o centros de investigación, que se basan en fuentes públicamente disponibles en lugar de encuestas o datos enviados por las instituciones. Reciben poca publicidad y operan con presupuestos limitados, con gran parte del trabajo realizado por estudiantes de posgrado o becarios. Entre ellos se encuentran el Center for World University Rankings, publicado en Emiratos Árabes Unidos; el National Taiwan University Rankings; el Leiden Ranking, en los Países Bajos; el University Ranking by Academic Performance (URAP), con sede en Turquía; el Round University Ranking, en Georgia; y el SCImago Institutions Rankings, en España.

Estos sistemas de clasificación menos prominentes a nivel global tienen una existencia precaria. Carecen de financiamiento suficiente y ocasionalmente enfrentan cierres o consolidaciones. Tienen metodologías distintas, pero convergen en una narrativa común: la caída de la universidad estadounidense y el ascenso de la universidad de investigación china.

El Leiden Ranking es elaborado por el Centro de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Leiden. Se adhiere a altos estándares y es más conocido entre investigadores que entre administradores o periodistas. Hace algunos años, formé parte de un grupo de investigadores que propuso un método para evaluar rankings globales, y el Leiden Ranking fue el más valorado entre los seis que analizamos.

La medición predeterminada de Leiden (que denomina su “edición tradicional”) evalúa el número de artículos publicados durante un periodo de cuatro años en revistas principales de la base de datos Web of Science. Este año, la Universidad de Zhejiang —y no Harvard— ocupa el primer lugar, y ocho de las diez principales instituciones se encuentran en China continental.

Es cierto que eso no representa necesariamente la cúspide de la publicación académica. Harvard sigue en la cima si consideramos únicamente el 10 % superior de publicaciones, según número de citas. Si consideramos únicamente el 1 % de publicaciones más citadas, entonces Harvard ocupa el primer lugar, y Stanford, Oxford, la Universidad de Toronto y University College London aparecen en el top 10.

Así que, cuando consideramos el pequeño número de artículos extremadamente citados, sí, Harvard, Stanford y las universidades tradicionales británicas siguen liderando el mundo. Pero la tendencia en la ciencia, como en los negocios, es primero cantidad y después calidad.

El University Ranking by Academic Performance (URAP) es elaborado por la Universidad Técnica de Medio Oriente, en Ankara. Se basa enteramente en datos públicos objetivos proporcionados por la plataforma InCites. Este es el ranking general más reciente: primero Harvard, seguido por Université Paris Cité, la Universidad de Toronto, University College London y Zhejiang. En la clasificación de 2014-15, los cinco primeros lugares fueron: Harvard, Toronto, Oxford, Johns Hopkins y Cambridge. Zhejiang ocupaba entonces el lugar 46 y la universidad asiática mejor posicionada era la Universidad de Tokio, en el lugar 17.

Lo que estos rankings capturan consistentemente es que Zhejiang y otras instituciones chinas están ascendiendo muy rápidamente.

Si la marea de la investigación se está desplazando hacia Oriente, ¿por qué los rankings de los “cuatro grandes” siguen colocando a Harvard, MIT, Yale y Stanford en la cima, junto con Oxford, Cambridge y una o dos universidades londinenses?

La respuesta está en sus metodologías. QS tiene una encuesta de reputación académica con una ponderación del 30 % y una encuesta a empleadores que representa otro 15 %. THE tiene una encuesta sobre investigación y enseñanza con un peso del 33 %, y las encuestas de U.S. News sobre reputación investigadora global y regional representan conjuntamente el 25 %. Estas encuestas miden percepciones y reconocimiento de marca. Dependen de la percepción de logros acumulados durante décadas o incluso siglos.

El ranking de Shanghái no tiene una métrica explícita de reputación, pero otorga un 20 % a profesores ganadores de premios Nobel y Fields y un 10 % a exalumnos que los hayan ganado, remontándose varias décadas atrás.

Además, THE, QS y U.S. News dan prioridad a las citas más que a las publicaciones. Las citas siguen a las publicaciones y, por consiguiente, favorecen a las universidades que lideraron el mundo de la investigación en el pasado. El ranking mundial de THE asigna un 30 % a la calidad de la investigación, basada en cuatro indicadores que miden citas, y apenas un 5.5 % a la productividad investigadora actual. Esta diferencia minimiza el ascenso de las universidades chinas: en el ranking mundial THE, la Universidad de Tsinghua, en Pekín, ocupa el quinto lugar mundial en entorno de investigación —que incluye productividad, reputación e ingresos de investigación—, pero solo el lugar 60 en calidad investigadora, basada en citas. QS no contabiliza publicaciones en absoluto, pero asigna gran peso a las citas por profesor. U.S. News Best Global Universities otorga un 10 % a publicaciones y un 50 % a citas.

El ascenso de China y de Asia en general se está acelerando, pero ese avance no se distribuye uniformemente entre disciplinas. China está tomando rápidamente la delantera en investigación en ingeniería e informática. En publicaciones de matemáticas e informática, la totalidad del top 30 del Leiden Ranking corresponde a instituciones de China continental. La Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, ocupa el lugar 34; el Instituto Avanzado de Ciencia y Tecnología de Corea, el 42; el Instituto Tecnológico Vellore, en India, el 44; y finalmente, en el lugar 50, aparece MIT. Si nos centramos únicamente en el 1 % superior de investigaciones publicadas en estos campos, nuevamente Tsinghua ocupa el primer lugar y MIT el 14.

El mensaje de Leiden es claro. Los científicos chinos están adelantando a Estados Unidos en investigación básica medida por publicaciones en Web of Science. En las ciencias duras, así como en matemáticas e informática, China avanza rápidamente, continuando una tendencia que comenzó hace unas dos décadas.

¿Cómo ha sucedido esto?

Desde los años ochenta, ha habido un deterioro constante de los estándares académicos en la educación superior estadounidense. A partir de 1994 hubo una sucesión de cambios al examen SAT que lo hicieron más inclusivo, pero quizá menos predictivo del éxito científico futuro. Se eliminaron las analogías de la sección verbal, así como ciertos temas avanzados. Se permitió el uso de calculadoras y se eliminaron las penalizaciones por respuestas incorrectas. Hubo más cambios en 2024. Peor aún, las universidades han abandonado las pruebas estandarizadas para el ingreso a licenciatura —e incluso posgrado—, en perjuicio propio.

Las habilidades cognitivas de los estudiantes estadounidenses han disminuido durante décadas, y ese deterioro se aceleró en 2020. Trabajan menos, tienen capacidades de lectura limitadas y son cada vez más intolerantes con las opiniones disidentes. Harvard ha tenido que introducir lo que en la práctica es un curso remedial de matemáticas para estudiantes de licenciatura.

Al mismo tiempo, el reclutamiento y promoción del profesorado se ha visto seriamente comprometido. En los campus de la Universidad de California y otras instituciones, hasta hace poco los candidatos académicos estaban sujetos a juramentos de lealtad política en forma de declaraciones sobre diversidad. En las ciencias sociales y en la farmacología e investigación médica existen señales de una crisis generalizada de replicabilidad.

En contraste, las principales universidades chinas han mantenido políticas rigurosamente meritocráticas. Sin duda, el temido Gaokao —el examen chino de ingreso universitario— provoca enormes niveles de estrés, pero en el sistema estadounidense actual los estudiantes que aspiran a universidades de élite se preocupan no solo por una prueba agotadora, sino también por si sus actividades extracurriculares son suficientemente auténticas, si su pasión es lo bastante profunda y sostenida, si sus grandes sueños se han convertido en realidades aún mayores y si sus ensayos son exactamente lo que impresionará a un mediocre burócrata dedicado a marcar casillas —o, se sospecha, a un modelo de lenguaje de gran escala recientemente actualizado.

Así, el proceso continúa implacablemente. Cada año los investigadores estadounidenses producen relativamente menos artículos, y su calidad disminuye, mientras que las universidades chinas producen relativamente más artículos y más artículos de alta calidad en ciencia e ingeniería. El proceso es especialmente evidente en campos como la física, la robótica y la inteligencia artificial. Y así, el mundo científico está a punto de enfrentar un cambio dramático en su centro de gravedad.



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The Decline of the Great American Research University

For years, Chinese universities have been gaining on — and surpassing — Western institutions.


By Richard Holmes November 10, 2025


American universities are heading downwards in a spiral of self-delusion. They still talk about their commitment to excellence, their great achievements, their leadership of the world of science, but they lament the damage that President Trump has inflicted, is inflicting, or is about to inflict on them. As Harvard President Alan M. Garber wrote in a letter to the campus community this past spring:

New frontiers beckon us with the prospect of life-changing advances — from treatments for diseases such as Alzheimer’s, Parkinson’s, and diabetes, to breakthroughs in artificial intelligence, quantum science and engineering, and numerous other areas of possibility. For the government to retreat from these partnerships now risks not only the health and well-being of millions of individuals but also the economic security and vitality of our nation.

The Massachusets Institute of Technology’s response to “government activity” put it similarly: 


MIT continues to press forward with its vital research and education mission, including on topics such as human health, energy innovation, quantum computing, advanced manufacturing, and other areas important to national security, economic competitiveness, and quality of life for all Americans.

The cold reality, however, is that American university research, particularly in the sciences, began to decline decades ago, and Trump had nothing to do with it. The decline was largely self-inflicted.


American higher education may not recognize its diminished status on the global stage. It enjoys the support of Western experts, administrators, and media, and fares exceptionally well in the annual lists of major international university rankings. But those rankers have glossed over a steady decline in quality.

Americans generally focus on the domestic rankings published by U.S. News and World Report, and maybe some business-school rankings, the Princeton Review, or even the alternative Washington Monthly rankings. When they look at global rankings, they usually see only the “big four”: the Shanghai Rankings (aka the Academic Ranking of World Universities); the U.S. News Best Global Universities; the QS; and the Times Higher Education World University Rankings, the latter two of which are published in the United Kingdom.  

The “big four” usually have good news for the United States and the West. Harvard leads in the overall rankings for U.S. News and the Shanghai rankings, MIT leads for QS, and Oxford leads for Times Higher Education (THE). The top 10 in each of these rankings is made up of American and British universities, apart from the National University of Singapore and ETH Zürich, which appear in the QS rankings.

But this is a deceptive story. Those four rankings are not the entirety of the global-ranking scene. There are a dozen others, generally published by universities or research centers, that rely on publicly available sources rather than surveys or data submitted by institutions. They get little publicity and run on limited budgets, with a lot of the hard work done by graduate students or interns. They include the Center for World University Rankings, published in the United Arab Emirates; the National Taiwan University Rankings; the Leiden Ranking, in the Netherlands; University Ranking by Academic Performance, based in Türkiye; the Round University Ranking, in Georgia; and SCImago Institutions Rankings, in Spain.

These less globally prominent rankings systems have a precarious existence. They are underfunded and occasionally face closure and consolidation. They have differing methodologies, but they converge on a common narrative: the fall of the American university, and the rise of the Chinese research university.

The Leiden Ranking is produced by the Centre for Science and Technology Studies at Leiden University. It adheres to high standards and is better known among researchers than administrators or journalists. A few years ago, I was part of a group of researchers that proposed a method for evaluating global rankings, and the Leiden Ranking was the most preferred of the six we reviewed.

Leiden’s default measurement (which it calls its “traditional edition”) assesses the number of papers over a four-year period in core journals in the Web of Science database. This year, Zhejiang University — not Harvard — is first, and eight of the top 10 institutions are in mainland China.

That is admittedly not the apex of academic publication. Harvard does stay at the top if we consider only the top 10 percent of publications, by citation. If we consider only the top 1 percent most-cited publications, then Harvard is first, and Stanford and Oxford Universities, the University of Toronto, and University College London are in the top 10.

So, when we consider the very small number of massively cited papers, yes, Harvard and Stanford and the traditional U.K. universities are still leading the world. But the trend in science, as in business, is quantity first, and then later quality.

The University Ranking by Academic Performance (URAP) is produced by the Middle East Technical University, in Ankara. It is based entirely on objective public data, provided by the InCites data platform. Here is the most recent overall ranking: first Harvard, and then Université Paris Cité, the University of Toronto, University College London, and Zhejiang. In the 2014-15 rankings the top five went: Harvard, Toronto, Oxford, the Johns Hopkins University, Cambridge. Zhejiang was in 46th place, and the best-performing Asian university was the University of Tokyo, at 17th.

What these rankers consistently capture is that Zhejiang and other Chinese institutions are rising very fast.

If the research tide is turning eastward, why do the “big four” rankings concur in putting Harvard, MIT, Yale, and Stanford at the top, along with Oxford, Cambridge, and one or two of the London colleges?

The answer lies in their methodologies. QS has an academic-reputation survey that has a 30-percent weighting and a survey of employers that accounts for 15 percent. THE has a survey of research and teaching with a weighting of 33 percent, and U.S. News surveys on global and regional research reputation account for a combined 25 percent. These surveys measure perceptions and brand recognition. They are dependent on the perception of achievement over the past decades or even centuries.

The Shanghai Rankings do not have a reputation metric per se, but they do give 20 percent for faculty who win Nobel and Fields awards and 10 percent for alumni who do so, going back several decades.

In addition, THE, QS and U.S. News give priority to citations rather than publications. Citations follow publications and consequently favor the universities that led the research world in the past. The THE world rankings give a 30-percent weighting to research quality, which is based on four indicators that measure citations, and a scant 5.5-percent weight for current research productivity. This difference dismisses the rise of Chinese universities: In the THE world rankings, Tsinghua University, in Beijing, is fifth in the world for research environment — which includes research productivity, research reputation, and research income — but only 60th for research quality, which is based on citations. QS does not count publications at all but has a big weighting for citations per faculty. The U.S. News Best Global Universities has a 10-percent weight for publications and a 50-percent weight for citations.

The rise of China and Asia more generally is accelerating, but that advance is not distributed evenly across the disciplines. China is rapidly taking the lead for research in engineering and computer science. In mathematics and computer-science publications, the entirety of the Leiden Ranking top 30 are Mainland Chinese. Nanyang Technological University, in Singapore, is 34th; the Korea Advanced Institute of Science and Technology is 42nd; the Vellore Institute of Technology, in India, is 44th; and finally, at 50th, there is MIT. If we focus on just the top 1 percent of published research within these fields, it is again Tsinghua in first place, and MIT is 14th.

The message from Leiden is clear. Chinese scientists are pulling ahead of the United States in basic research as measured by publications in the Web of Science. In the harder sciences and in mathematics and computer science, China is surging ahead, continuing a trend that began about two decades ago.

How has this come to pass?

From the 1980s onward, there has been a relentless decline in academic standards in American higher education. Starting in 1994 there was a succession of changes to the SAT that made it more inclusive but perhaps less predictive of future scientific success. Analogies were removed from the verbal section, as were certain advanced topics. Calculators were allowed, and penalties for guessing were eliminated. Further changes came in 2024. Even worse, universities have abandoned standardized testing for undergraduate — and even postgraduate — admissions, to their detriment.

The cognitive skills of American students have been declining for decades, and that decline accelerated in 2020. They do less work, have limited reading skills, and are increasingly intolerant of dissident views. Harvard has had to introduce what is in effect a remedial math course for undergraduate students.

At the same time, the recruitment and promotion of faculty has been seriously compromised. At University of California campuses and other institutions, prospective faculty were until recently subject to political loyalty oaths in the form of diversity statements. In the social sciences and in pharmacology and medical research, there are signs of a widespread crisis of replicability.

In contrast, the leading Chinese universities have maintained rigorously meritocratic policies. No doubt the dreaded Gaokao — the Chinese college-entrance exam — causes an immense amount of stress, but in the current American system, students aiming for elite colleges worry not just about a gruelling test, but about whether their extracurricular activities are sufficiently authentic, their passion sufficiently deep and sustained, whether their big dreams have been transformed into sufficiently bigger realities and whether their essays are exactly what will impress a middling box-checking functionary — or, one suspects, a recently upgraded large language model.

So, the relentless process continues. Every year American researchers produce relatively fewer papers, and their quality declines while Chinese universities produce relatively more papers and more high-quality papers in science and engineering. The process is especially apparent in fields like physics, robotics, and artificial intelligence. And so the scientific world is about to face a dramatic shift in its center of gravity.

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