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jueves, 1 de enero de 2026

BVS Enfermería consolida avances estratégicos

Publicado en Boletín BIREME n. 105
https://boletin.bireme.org/2025/12/23/bvs-enfermeria-consolida-avances-estrategicos/




BVS Enfermería consolida avances estratégicos

Publicado en 23 Diciembre, 2025

El 11 de noviembre de 2025 se celebró la XVIII Reunión de la Red BVS Enfermería Internacional y la III Reunión del Comité Consultivo Internacional, en el contexto del XVIII Coloquio Panamericano de Investigación en Enfermería, en la Ciudad de México. El encuentro, que se celebró de forma híbrida, reunió a representantes de las redes nacionales de enfermería de Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú, Portugal y Uruguay, además de especialistas invitados y equipos técnicos.

La coordinación estuvo a cargo del profesor Wilson Cañon Montañez (ACOFAEN/Colombia), con el apoyo de la profesora Angélica Ramírez (UNAM/México). BIREME/OPS/OMS participó de manera remota en la reunión, contribuyendo estratégicamente a los debates sobre el desarrollo de la BVS Enfermería Internacional.

Entre los principales objetivos de la reunión se encontraban la presentación de las experiencias de las redes nacionales, el debate sobre estrategias de cooperación para el fortalecimiento de las fuentes de información en enfermería, el análisis del control bibliográfico de la literatura técnico-científica del área y la alineación de prioridades para el desarrollo del portal internacional de la BVS Enfermería.

Avances temáticos y calificación de las fuentes de información

Durante la reunión internacional, se discutieron los avances y retos relacionados con la BVS Enfermería Internacional, destacando:

  • El seguimiento del desempeño de las redes nacionales en la contribución a las bases LILACS y BDENF, reforzando la importancia de la calidad de la indexación y la adopción de buenas prácticas editoriales.
  • Las actividades del Comité Internacional de Evaluación de Revistas de la BVS Enfermería, incluido el 23º Proceso de Evaluación de Revistas Científicas, orientado a la indexación, permanencia y homologación de periódicos.
  • El debate sobre la propuesta de una nueva Vitrina del Conocimiento Enfermería y Pueblos Originarios, en articulación con la Red Internacional de Enfermería en Salud de los Pueblos Originarios, ampliando la visibilidad de temas prioritarios para la equidad en salud.
  • La presentación y el debate de la nueva plataforma tecnológica de la BVS Enfermería, en consonancia con las estrategias de transformación digital e innovación en información en salud.

Para Joanita de Barros, bibliotecaria del área de Productos y Servicios de Información y punto focal de la Red en BIREME, “son debates que fortalecen el papel de la BVS Enfermería como espacio estratégico de cooperación internacional, promoviendo el acceso equitativo a la evidencia científica y técnica en enfermería”.


Reunión del Comité Consultivo de la BVS Enfermería Brasil

A nivel nacional, la 23ª Reunión Ordinaria del Comité Consultivo de la BVS Enfermería Brasil se celebró el 23 de noviembre de 2025, de forma presencial, durante el 75º Congresso Brasileiro de Enfermagem, en la Pontificia Universidade Católica do Rio Grande do Sul (PUCRS), en Porto Alegre.

La reunión fue dirigida por el profesor Francisco Carlos Félix Lana (Escola de Enfermagem da Universidade Federal de Minas Gerais), coordinador de la BVS Enfermería Brasil, y reunió a representantes de instituciones académicas, entidades científicas y servicios de salud involucrados en la Red BVS Enfermería en el país.

Principales temas tratados en la agenda nacional

La agenda de la reunión incluyó informes de la Secretaría Ejecutiva y debates estratégicos sobre el desarrollo de la BVS Enfermería Brasil, entre los que se incluyen:

  • El control bibliográfico de la literatura técnico-científica en enfermería, con análisis de los procesos de indexación de tesis y disertaciones en la BDENF y su integración en la LILACS en el contexto iberoamericano.
  • El avance de subproyectos estratégicos, como Enfermería Basada en Evidencia, Descriptores en Enfermería, áreas temáticas específicas —con especial énfasis en Enfermería y Salud del Hombre— y la colección Rev@Enf.
  • La presentación de la nueva plataforma de la BVS Enfermería, reforzando la convergencia entre las iniciativas nacionales e internacionales y la modernización de los entornos de información.
  • La definición de encaminamientos y propuestas para el fortalecimiento de la red cooperante brasileña y su articulación con la BVS Enfermería Internacional.



Alineación estratégica y próximos pasos

“Las reuniones celebradas en 2025 pusieron de manifiesto la madurez de la gobernanza de la Red BVS Enfermería y su capacidad para articular acciones a diferentes niveles: nacional, regional e internacional”, destacó Joanita de Barros. La alineación entre los Comités Consultivos y BIREME/OPS/OMS refleja el compromiso de la iniciativa con la Agenda 2030, la equidad en el acceso a la información en salud y el apoyo a la práctica profesional, la formación y la investigación en enfermería.

Como próximos pasos, la Red BVS Enfermería seguirá avanzando en la implementación de la nueva plataforma, en la actualización continua del portal regional y en el fortalecimiento de las redes nacionales, con miras a ampliar la visibilidad y el impacto de la producción científica en enfermería en América Latina, el Caribe y los países socios.



Las figuras muestran el portal actual de la BVS Enfermería (a la izquierda) y la nueva propuesta en fase de validación (a la derecha).  

viernes, 26 de diciembre de 2025

Neoliberalismo, burocracia y Robert Maxwell: cómo las revistas científicas primaron el negocio sobre el saber

Publicado en elDiario.es
https://www.eldiario.es/sociedad/neoliberalismo-burocracia-robert-maxwell-revistas-cientificas-primaron-negocio_1_9952229.html





Neoliberalismo, burocracia y Robert Maxwell: cómo las revistas científicas primaron el negocio sobre el saber
  • El mercado editorial, hasta entonces en manos de las sociedades científicas, sufrió un primer cambio a mediados del SXX a través de la figura de Maxwell; la llegada del neoliberalismo e internet en los 90 acabó de transformarlo                                              
19 de febrero de 2023 
Actualizado el 23/02/2023

La Ciencia no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que los investigadores no pagaban por publicar, en el que las revistas científicas no eran un pingüe negocio y se centraban más en el conocimiento que en los ingresos. Pero una lluvia de dinero, el aumento del volumen de trabajo y por tanto de la carga administrativa y la ambición de Robert Maxwell en la Europa de la posguerra transformaron el sector.     

Hoy los científicos tienen que costearse sus propias publicaciones con fondos que en teoría son para investigar, editan el trabajo de sus colegas gratis y, en ocasiones, tienen que pagar de nuevo –personalmente, los menos, o sus instituciones– por leer el trabajo que ellos mismos generan para que otros se queden con los beneficios.  

Pero la Ciencia no siempre fue así, insiste Carlos Chaccour, investigador del ISGLOBAL. “Desde que aparecieron en el siglo XVII las primeras publicaciones científicas y la diseminación del conocimiento, estaba todo en manos de las sociedades científicas. Pero eran simplemente los científicos contándose sus historias y compartiendo hallazgos”, recuerda Chaccour.

Luego vendrían las revistas propiamente, pero el sistema se mantuvo bajo ese modelo hasta mediados del siglo XX. Entonces, en la Europa de la posguerra se juntó todo: un modelo agotado, pequeño, ineficiente e incapaz de dar una respuesta ágil en términos de publicación a la creciente producción científica, que se acumulaba en las sociedades esperando turno, una lluvia de dinero para las instituciones y la irrupción de la persona que cambiaría el mercado para siempre.

Un tipo ambicioso con muchas ideas

Achacar todo el cambio que se ha producido en un sector cualquiera a un solo hombre suele ser complicado –excepto para los Henry Ford de la vida–, y más un cambio tan grande, pero quienes conocen esta historia le ponen nombre y apellido al declive: Robert Maxwell.   

Maxwell es una figura intrigante. Checo de nacimiento y británico de adopción, murió en las Canarias en 1991 al, supuestamente, caerse de su barco y ahogarse, una versión cuestionada desde muchos frentes. Pese a que fue multimillonario, falleció sepultado en deudas y tras haber vaciado el fondo de pensiones de sus empleados. Sobre su figura han pesado también sospechas de que era agente del Mossad, el servicio secreto israelí, y tuvo una relación muy cercana con la URSS. Este editor ha pasado a los libros como un magnate de la prensa capaz de rivalizar con Rupert Murdoch –fueron enemigos de negocios y también ideológicos– y fue incluso diputado laborista británico. Entre todas estas actividades encontró tiempo para modificar por completo la estructura de publicación de ciencia y ser considerado el padre del actual sistema de revistas.

La de Maxwell es la historia de un oportunista, una persona con ambición, visión y talento que tras pelear en la II Guerra Mundial con los británicos se encontró en Berlín en 1946, con 23 años y el objetivo declarado de hacerse millonario, según recuerda este artículo de The Guardian. Allí se encontró en el sitio exacto en el momento preciso.

Tras la guerra, el Gobierno británico estaba preocupado por el paupérrimo estado en el que se encontraba el ecosistema nacional de publicaciones científicas, varios años por detrás de un cuerpo científico que incluía apellidos ilustres como Fleming o Darwin (nieto). Así que decidió relanzar la histórica editora nacional Butterworths, uniéndola con la solvente –y alemana– Springer.

Maxwell, que vivía entonces en la capital germana y había colaborado con Springer, encontró en esa fusión su oportunidad. Empezó a trabajar para la nueva empresa y acabó haciéndose con ambas editoriales. El momento fue perfecto. Llamó a la unión de ambas Pergamon Press –años más tarde se la vendería a Elsevier–, y se dispuso a cambiar el sector. El primer gran movimiento, que de hecho empezó su socio, Paul Rosbaud, fue convencer a las sociedades científicas, que históricamente habían controlado sus propias revistas, de que necesitaban más publicaciones, más especializadas, cada una en su pequeño nicho. Para ello bastaba con persuadir a la persona adecuada y, premio, ponerla al frente. El siguiente paso fue vender las suscripciones de estas revistas a las bibliotecas universitarias, boyantes de dinero en aquellos momentos. El sistema estaba montado.     

Una nueva revista por semana

Isidro F. Aguillo, responsable del laboratorio de Cibermetría del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC, cuenta que en su momento más álgido el editor llegó a abrir una revista nueva cada semana. “Se dio cuenta del negocio que había”. En 1959, Pergamon editaba 40 publicaciones. En 1965 sumaba 150. Era la cabeza del mercado sin un rival cercano. Fue perfeccionado y ampliando el método: pasó de crear revistas a comprar las que aún editaban las sociedades, o gestionarlas a cambio de una cuota mensual.

También cambió las maneras en la ciencia. Abordaba a los científicos en las conferencias para ficharlos y que editaran o publicaran en exclusiva con él. Lo hacía de manera agresiva u ofreciéndoles lujos (fiestas, viajes en barco) a los que no estaban acostumbrados. Ganó científicos para sus revistas, pero perdió a su socio Rosbaud, que no estaba de acuerdo con sus métodos. El dinero que ponía por delante podía con todo. “Era muy impresionante”, dijo en una ocasión Leslie Iversen, antiguo editor del Journal of Neurochemistry. “Cenábamos y tomábamos un buen vino, y al final nos entregaba un cheque: unos miles de libras para la sociedad. Era más dinero del que nosotros, los pobres científicos, jamás habíamos visto”.

Una de las claves del éxito de Maxwell fue que supo ver (o crear) un hecho clave: el mercado de la publicación científica es infinito. Cuando se entiende que cada artículo es único, que da cuenta de un descubrimiento exclusivo y que no se puede reemplazar por otro, se llega a la conclusión de que crear una nueva revista no le quita negocio a su teórica competidora. Solo lo amplía. Cuando aparece una nueva revista simplemente los científicos pedirán a su institución que se suscriba a ella para estar informados. Y a seguir facturando.

La llegada del neoliberalismo

A Maxwell también se le relaciona, explica Chaccour, con la creación del factor de impacto, el índice bibliográfico más utilizado en Ciencia y que mide la frecuencia con la cual ha sido citado el artículo promedio de una revista en un año en particular. “No aceptaba todo, solo ciertos artículos, lo que favorece que se cite más, más gente quiera publicar en sus revistas y él pueda seleccionar”, explica el investigador.

Según esta teoría, esto modeló el factor de impacto, que se utiliza hoy para evaluar la calidad de una revista. En ocasiones los editores también tiran de este índice para justificar sus precios, tanto para suscribirse como para publicar. Y para indexar una revista en la Web of Science (WoS) o Scopus, los dos sitios de referencia, las empresas tienen más capacidad que las sociedades científicas. Unáse a toda esta corriente el desembarco del neoliberalismo en la Ciencia y la comercialización total de las revistas y salen los ingredientes para el siguiente gran cambio en el sector de la publicación científica.

Vicenzo Pavone, del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC, explica que hacia finales de los 80 “las revistas de referencia estaban gestionadas por las propias comunidades o sociedades científicas, y seguían el mismo protocolo de calidad que se sigue hoy”. Los costes de editar las revistas se cubrían con las cuotas de membresía de los propios científicos que pertenecían a estas sociedades.

Pero a partir de los noventa, continúa Pavone, “las sociedades científicas empezaron a subcontratar o directamente vender sus revistas a empresas como Elsevier. Es decir, la gestión científica (gratuitamente ofrecida) se quedaba en la sociedad científica, pero la gestión técnica y comercial de la revista pasaba a ser tarea de las editoriales”.

En paralelo llegó la sustitución del papel por internet. Antes de esto las revistas ya aplicaban una política de suscripciones particular, que no se basaba en el valor del producto que vendían, explica Aguillo. “Había precios diferentes para suscripciones de revistas. Uno era el individual, que podía ser 40 o 50 dólares anuales. Pero si lo compraba una institución el precio se multiplicaba por 20 o 30 hasta los 900 o 1000 dólares”. Por el mismo producto, una revista en papel.

Y llegó internet: otro soporte, mismo negocio

Internet lo cambió todo, también en este sector. “Aunque lo que cobraban [las revistas] por el papel ya entonces no era real, dejó de ser cierto definitivamente [sin los costes del papel y de imprimir]”, explica Aguillo. Pero a los editores les siguió pareciendo natural seguir cobrando por la suscripción; podía haber cambiado el formato, pero el producto era el mismo.

Sin embargo, ante la proliferación de revistas algunas de las universidades norteamericanas más potentes (Harvard, Stanford) se plantaron, recuerda Aguillo. Pagaban muchas suscripciones y sus científicos les pedían más. No había fondos para todo. “Este fue uno de los orígenes del open access”, asegura el investigador del CSIC.

Ante el pie en pared de muchos clientes y el impulso de las instituciones de la “ciencia abierta”, se creó otro modelo. En vez cobrar por la lectura de los artículos a través de suscripciones, las revistas cargaron los costes a los investigadores que querían publicar. Les cobraban una cantidad en concepto de “procesamiento de artículos” (APC, en sus siglas en inglés), que varía según el factor de impacto de la revista (actualmente puede subir hasta los 10.000 dólares en las de más prestigio) –pese a que todo el trabajo técnico lo hacen, de manera gratuita, los propios científicos–, pero abrían el acceso a todo el mundo.

Pavone lamenta que instituciones como la UE hayan apostado por la ciencia abierta, pero sin plantearse otro modelo al de pagar por publicar que se ha acabado imponiendo. “No se ha esforzado, ni siquiera se ha debatido, en buscar un modelo alternativo. Creo que la solución no es crear nuevas revistas” de acceso libre y sin coste para el investigador, rechaza la idea que proponen algunos científicos. “Las hay muy buenas y son las que la gente lee. Pero si la UE me paga a mí [a través de los proyectos de investigación] para que yo le pague a una editorial, ¿por qué no le pagan directamente a las academias para que gestionen sus revistas?”, se pregunta.

Aguillo recuerda que “el ánimo mercantilista de las revistas no es nuevo, quizá sea más evidente. Pero antes era la biblioteca la que pagaba y estaba presionada por los investigadores para tener las suscripciones y ahora se ha pasado el coste a los investigadores, que se han vuelto más conscientes de lo que supone”. Una evolución que recuerda a la de tantos sectores, que poco a poco han ido desplazando los costes al usuario final.     

 ¿Qué balance global ha dejado el cambio de modelo? “El usuario final de países en desarrollo ha ganado porque tiene acceso ahora a revistas que antes no podía”, opina. “Pero han perdido los investigadores que no tengan un proyecto (sea de manera estructural o coyuntural) y han perdido los jóvenes y por supuesto los investigadores privados, que no tienen una institución detrás que pague por publicar”.       

  

domingo, 14 de diciembre de 2025

25 años después retractan estudio sobre glifosato manipulado por Monsanto

Publicado en La Jornada
https://www.jornada.com.mx/2025/12/13/opinion/014a1eco



Retractan estudio de Monsanto sobre glifosato

Silvia Ribeiro

El 5 de diciembre de 2025 una revista de la editorial científica Elsevier retiró públicamente uno de los estudios más citados sobre el herbicida glifosato, el cual afirma que no hay evidencias de que es dañino para la salud humana. Encontraron que el estudio tenía numerosas fallas, y que en realidad fue redactado por “científicos” de Monsanto (ahora propiedad de Bayer) no por quienes firman como autores, quienes recibieron un pago de la trasnacional para que el artículo apareciera como independiente de ésta (https://tinyurl.com/zedpj8zk).

Es un hecho altamente relevante porque el artículo desmentido es uno de los más citados por agencias regulatorias de Europa, Estados Unidos y de América Latina, que se basaron en él para alegar que no hay evidencias de daños graves del glifosato a la salud. Esto pese a que la Organización Mundial de la Salud en 2015 y numerosos estudios científicos anteriores y posteriores han confirmado la toxicidad a corto y largo plazos y el potencial de causar cáncer de este herbicida.

El glifosato es el agrotóxico más usado en el mundo, lo cual ha dejado residuos tóxicos en alimentos, cuerpos, agua, medio ambiente y hasta se han encontrado trazas en aire y nubes, por su alto grado de diseminación.

La revista Regulatory Toxicology and Pharmacology detalla en el argumento para retractar el artículo, originalmente publicado en el año 2000, que los autores Williams, Kroes y Munro, no tomaron en cuenta una extensa lista de artículos artbitrados y publicados antes de esa fecha, que muestran evidencias de toxicidad y carcinogenicidad del glifosato y sus derivados. Por el contrario, los autores usaron como referencia artículos no publicados escritos por Monsanto, que afirman que no existen evidencias de que el glifosato –inventado y patentado por la misma compañía–, sea cancerígeno.

Además, no declararon que el artículo había sido total o parcialmente redactado por personal de Monsanto y nunca manifestaron que habrían recibido pago de la empresa para figurar como autores. En suma, explica el director de la revista, Martin van den Berg, el artículo presenta “serios problemas éticos” por el ocultamiento de evidencias, la falta de integridad y el conflicto de interés de los autores, lo cual lleva a cuestionar las conclusiones del mismo.

La gran pregunta es por qué tuvieron que pasar 25 años desde la publicación de este fraudulento artículo para que finalmente fuera retractado. La acción de la revista ahora la motivó otro estudio científico, publicado este año, que denuncia las irregularidades (https://tinyurl.com/5et356jt).

En este cuarto de siglo, decenas de millones de personas en todo el mundo han sufrido los impactos y daños del glifosato, especialmente aquellos en zonas donde se plantan cultivos transgénicos a gran escala, como Argentina, Brasil y Paraguay, donde muchas personas, incluso niñas y niños, han muerto por sus efectos, pese a las múltiples denuncias de impactos de la fumigación con glifosato.

El hecho de que Monsanto redactó y pagó a los que aparecen como autores apareció como evidencia por primera vez en 2017 en uno de los juicios contra Bayer-Monsanto por haber causado cáncer a los demandantes (Carey Gillam, The Guardian, https://tinyurl.com/2hemerw2).

En esa instancia se mostraron correos electrónicos de ejecutivos de Monsanto, donde se autoelogian por el éxito del artículo ahora retirado, incluso de Hugh Grant, entonces presidente global de la compañía, por el buen resultado del artículo fraguado.

Esta forma de actuar, con “escritores fantasma” que niegan evidencias y pagos ocultos a científicos para que no se los vincule a la empresa, se enmarca en la estrategia que Monsanto llamó internamente Freedom to operate (Libertad de operación) para avanzar impunemente la venta de productos tóxicos (https://tinyurl.com/bdd4c73w).

Luego de que la OMS declarara al glifosato como posible cancerígeno en 2015, se desató un alud de víctimas de cáncer que habían usado o estado expuestos al glifosato en Estados Unidos, con más de 167 mil demandas en la actualidad. En esos procesos se revelaron miles de documentos de Monsanto para ocultar o falsear información y manipular a científicos y periodistas para defender el glifosato (https://tinyurl.com/3xn5vmrp).

Bayer pagó ya más de 12 mil millones de dólares en sentencias y acuerdos con unos 100 mil casos, pero siguen aumentando, por lo que la empresa solicitó a Trump que intercediera ante la Suprema Corte de ese país para que no permitiera seguir con los juicios.

El glifosato está bajo restricciones de uso en una veintena de estados o países, pero la venta del tóxico es un gran negocio, ligado a los cultivos transgénicos y los de la llamada “edición” génica, por lo que las empresas invierten agresivamente en su defensa.

Al tiempo que se revelan nuevos datos sobre la manipulación de información de Monsanto-Bayer y otras empresas para engañar al público y los reguladores, siguen aumentando los datos sobre los gravísimos daños que provoca este y otros agrotóxicos a la salud humana, animal y al medio ambiente. Deben ser prohibidos (https://tinyurl.com/9ztzywp7).

domingo, 7 de diciembre de 2025

AUSTRALIA y NUEVA ZELANDA rompen negociaciones con ELSEVIER

Publicado en THE Times Higher Education
https://www.timeshighereducation.com/news/elsevier-boycott-looms-down-under 


El cierre de Elsevier se cierne sobre Australia tras el fracaso de las negociaciones sobre el acceso abierto


Las universidades de Australia y Nueva Zelanda alcanzan nuevos acuerdos «importantes» con grandes editoriales, pero las negociaciones con la mayor de ellas fracasan por cuestiones de precio


Publicado el 28 de noviembre de 2025


John Ross

Twitter: @JohnRoss49


Los investigadores de las antípodas podrían perder el acceso al contenido de la mayor editorial académica del mundo, ya que la región se inclina por un boicot al estilo alemán contra Elsevier.


La editorial holandesa se ha resistido a la presión colectiva de las universidades australianas y neozelandesas para que las principales editoriales académicas lleguen a un acuerdo uniforme que garantice el acceso abierto sin restricciones a los académicos de Australasia.


Las otras tres editoriales —Taylor and Francis, Wiley y Springer Nature— han firmado el acuerdo, calificado como un «avance monumental» por el Consejo de Bibliotecarios Universitarios de Australasia (Caul).


Sin embargo, las negociaciones con Elsevier se han roto después de que ambas partes no lograran llegar a un acuerdo sobre los precios de suscripción y las revistas que se incluirían.


Hero Macdonald, presidente del comité de adquisición de contenidos del Caul, afirmó que la «transparencia en los precios» fue un obstáculo importante. «A pesar de meses de intensas negociaciones, Elsevier no fue capaz de aclararnos cómo se formulaban los precios», declaró Macdonald. 


«Llegamos a un punto en el que no podíamos recomendar el acuerdo con la conciencia tranquila, ya que no representaba un valor justo. Cuando lo comparamos con otras editoriales, simplemente no estaba a la altura».


El director de adquisición de contenidos de Caul, Angus Cook, afirmó que Elsevier estaba buscando una prima «injustificada» por sus contenidos. «Realmente no importa desde qué perspectiva analicemos las ofertas de Elsevier. Ya sea desde el punto de vista del coste de publicación, la cantidad de uso o el precio en función del tamaño de la institución, sus ofertas siempre han sido mucho más caras que las de otras editoriales en comparación».


Elsevier afirmó que se comprometía a encontrar «soluciones sostenibles» para los investigadores de Australasia. «Valoramos nuestra larga colaboración con Caul y esperamos seguir trabajando con ellos en el futuro», declaró Andrew Davis, vicepresidente de comunicaciones de Elsevier.  


«Dado que las negociaciones se encuentran actualmente en pausa, reconocemos el mensaje de Caul a las instituciones para que trabajen directamente con nosotros con el fin de garantizar el acceso continuo a la lectura y la publicación durante el próximo año».


Caul afirmó que había informado a sus miembros de que eran libres de negociar directamente con el gigante editorial, pero que no les había animado a hacerlo. Los miembros habían expresado un «fuerte deseo de alcanzar un nuevo acuerdo de consorcio, y entendemos que muchos están optando por esperar a que eso se consiga», afirmó la directora ejecutiva Jane Angel.  


El estancamiento podría dejar a Australasia en la misma situación que Alemania, donde las universidades perdieron el acceso al contenido de Elsevier a mediados de 2018 tras negarse a renovar sus suscripciones por desacuerdos sobre los precios. El estancamiento se prolongó hasta septiembre de 2023, cuando el consorcio que representa a las universidades, Project Deal, logró un acuerdo más favorable de «lectura y publicación».


El sistema universitario de California también consiguió un acuerdo de acceso abierto con Elsevier en 2021, tras boicotear a la editorial durante dos años. Las universidades húngaras, noruegas y suecas también cancelaron sus suscripciones a Elsevier por disputas sobre precios y acceso. Docenas de universidades del Reino Unido están considerando actualmente dejar que caduquen sus suscripciones a Elsevier y otras editoriales importantes por desacuerdos sobre los precios.


Aunque miles de académicos australianos se sumaron en 2012 a un boicot mundial contra Elsevier, negándose a editar, revisar o aportar contenidos para la editorial, Caul afirmó que una retirada generalizada de las suscripciones institucionales a la editorial sería «sin precedentes» en la región. Entre los planes de contingencia que se están debatiendo con los miembros se incluyen los préstamos interbibliotecarios y los derechos de acceso perpetuo a la lectura.


Sin embargo, los acuerdos «en principio» alcanzados con las otras tres editoriales marcaron un «hito importante» en el «cambio hacia un acceso justo, sostenible y transparente a la investigación», según se afirmó. 


El trío, junto con Elsevier, había firmado acuerdos de acceso abierto con Caul en 2021 y 2022, pero incluían límites confusos sobre el número de artículos que se liberarían de los muros de pago y las revistas en las que podrían aparecer los artículos gratuitos. La mayoría de estos límites, y en el caso de Taylor and Francis, todos, se han eliminado en los tres nuevos acuerdos.


«Es una mejora significativa con respecto a lo que teníamos antes», afirmó Cook. «Los autores... pueden estar seguros de que pueden enviar sus artículos en cualquier momento del año y de que tendrán una vía de acceso abierto para sus investigaciones».


La «contención de costes» también formaba parte de los acuerdos, según afirmó, con aumentos anuales de los costes de suscripción reducidos al mínimo.  


Los investigadores llevan mucho tiempo resentidos por los beneficios multimillonarios que las editoriales académicas obtienen a costa del trabajo financiado por los contribuyentes. Los académicos producen, revisan y editan el contenido de las revistas de forma gratuita, y las universidades pagan sumas exorbitantes —más de 300 millones de dólares australianos (148 millones de libras esterlinas) al año solo en Australia— en concepto de suscripciones para acceder al material.


La última ronda de negociaciones de Caul, respaldada por los grupos representativos Universities Australia y Universities New Zealand, tenía como objetivo involucrar a las principales editoriales en acuerdos modelo que también pudieran utilizarse en las negociaciones con editoriales de revistas más pequeñas.




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Elsevier shutdown looms Down Under as open access talks collapse


ANZ universities notch ‘major’ new agreements with big publishers, but negotiations with the biggest break down over price concerns


Published on November 28, 2025


John Ross

Twitter: @JohnRoss49


Antipodean researchers may lose access to content from the world’s biggest scholarly publisher, as the region flexes for a German-style boycott of Elsevier.

The Dutch journal house has resisted a collective push by Australian and New Zealand universities to corral the major scholarly publishers into a uniform agreement which would guarantee unfettered open access for Australasian academics.  

The other three publishing houses – Taylor and Francis, Wiley and Springer Nature – have all signed on to the deal, described as a “monumental step forward” by the Council of Australasian University Librarians (Caul).

But negotiations with Elsevier have broken off after the two sides failed to reach agreement on subscription prices and the journals to be included.

Hero Macdonald, chair of Caul’s content procurement committee, said “pricing transparency” was a major stumbling block. “Despite months of very intense engagement, Elsevier fundamentally weren’t able to provide us with clarity on how the pricing was formulated,” Macdonald said.  

“We got to a point where we couldn’t in good conscience recommend the agreement because it didn’t represent fair value. When we benchmarked it against other publishers, it just didn’t come up to scratch.”

Caul’s director of content procurement, Angus Cook, said Elsevier was seeking an “unjustified” premium for its content. “It doesn’t really matter which lens we look at Elsevier’s offers from. Whether it’s from cost of publishing, the amount of usage or the price according to the size of institution, their offers have always been vastly more expensive than the other publishers in comparison.”

Elsevier said it was committed to finding “sustainable solutions” for Australasian researchers. “We value our longstanding partnership with Caul and look forward to continuing to work with them in the future,” said Andrew Davis, Elsevier’s vice-president for communications.  

“As [the] negotiations are currently on pause, we acknowledge Caul’s message to institutions to work directly with us to ensure continued reading and publishing access into next year.”

Caul said it had briefed its members that they were free to deal directly with the publishing giant, but had not encouraged them to do so. Members had expressed a “strong desire for a new consortium agreement, and we understand that many are choosing to wait for that to be achieved”, said CEO Jane Angel. 

The impasse potentially leaves Australasia in the same situation as Germany, where universities lost access to Elsevier content in mid-2018 after refusing to renew their subscriptions over pricing disagreements. The stalemate lasted until September 2023 when the consortium representing the universities, Project Deal, achieved a more favourable “read-and-publish” deal.

The University of California System also secured an open access deal with Elsevier in 2021 after boycotting the publisher for two years. Hungarian, Norwegian and Swedish universities also cancelled their Elsevier subscriptions over pricing and access disputes. Dozens of UK universities are currently considering letting their subscriptions with Elsevier and other major publishers lapse over disagreements about price.  

While thousands of Australian academics joined a global boycott of Elsevier in 2012, refusing to edit, review or contribute content for the publisher, Caul said a widespread withdrawal from institutional subscriptions with the publisher would be “unprecedented” in the region. Contingency plans being discussed with members included interlibrary loans and perpetual read access rights.

However, the “in principle” agreements struck with the other three publishers marked a “major milestone” in the “shift toward fair, sustainable and transparent access to research”, it said. 

The trio along with Elsevier had signed open access deals with Caul in 2021 and 2022, but included confusing limits on the number of articles to be liberated from paywalls and the journals in which free articles could appear. Most – and in the case of Taylor and Francis, all – of these limits have been lifted in the three new agreements.

“It’s a significant improvement on what we’ve had before,” Cook said. “Authors…can feel confident that they can submit at any time during the year, and they will have a pathway to open access for their research.”

“Cost containment” had also been part of the agreements, he said, with annual increases in subscription costs kept to a minimum.   

Researchers have long resented the multibillion-dollar profits scholarly publishers amass on the back of taxpayer-funded labour. Academics produce, review and edit journal content free of charge, and universities pay exorbitant sums – over A$300 million (£148 million) a year across Australia alone – in subscription charges to access the material.

Caul’s latest round of negotiations, backed by representative groups Universities Australia and Universities New Zealand, was aimed at roping the major publishers into template agreements that could also be used in negotiations with smaller journal houses.

john.ross@timeshighereducation.com


jueves, 30 de octubre de 2025

U.S.A.: los Institutos Nacionales de Salud (NIH) barajean límites al pago de APC, de entre 0 (optar por preprints)... y hasta USD 2,000, 3,000 y ¡hasta 6,000!

Publicado en Science
https://www.science.org/content/article/nih-details-options-limiting-its-payments-open-access-publishing-fees?utm_source=onesignal&utm_medium=webpush&utm_content=news&utm_campaign=ScienceInsider 




El NIH detalla las opciones para limitar sus pagos por las tarifas de publicación de acceso abierto


Otras propuestas editoriales eliminarían los reembolsos o pagarían a los revisores por pares, medidas sin precedentes para una importante entidad financiadora gubernamental


5 de agosto de 2025


Por Jeffrey Brainard



En una medida que podría revolucionar la publicación científica, los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. (NIH) propusieron la semana pasada límites específicos sobre la cantidad que reembolsarían a los beneficiarios que pagan a las editoriales para que sus artículos sean de acceso abierto o de lectura gratuita. Los límites sugeridos, que incluyen posibles topes de entre 2,000 y 6,000 dólares por artículo, podrían impedir que los científicos publiquen en revistas de primer nivel con tarifas mucho más elevadas, a menos que ellos o sus instituciones aporten la diferencia.


La propuesta del 30 de julio, publicada como un aviso del NIH, desarrolla un plan anunciado el mes pasado por el director del NIH, Jayanta «Jay» Bhattacharya, para limitar los gastos del gobierno destinados a hacer que los artículos sean de acceso abierto. «La creciente prevalencia de tarifas de procesamiento de artículos (APC) excesivamente elevadas ha supuesto una presión financiera indebida para los investigadores y los financiadores», afirmó en una declaración del 8 de julio, en la que se quejaba de que las tarifas de «hasta 13,000 dólares por artículo» obligan a los contribuyentes a pagar para acceder a los resultados de investigaciones que ya han sido financiadas con subvenciones gubernamentales. En una entrevista reciente, Bhattacharya acusó a las editoriales de «intimidar» a los científicos para que paguen tarifas exorbitantes.


El límite impuesto por los NIH al reembolso de las APC sería el primero adoptado por una gran agencia nacional de financiación científica a nivel mundial, según Christopher Steven Marcum, consultor que, como funcionario de la Casa Blanca durante la administración del expresidente Joe Biden, ayudó a redactar las directrices sobre el acceso público a los artículos y datos científicos financiados con fondos federales. La política de Biden pedía a las agencias que exigieran a los beneficiarios de subvenciones que publicaran este contenido en repositorios públicos tras su publicación, un enfoque que sustituía a la política estadounidense que permitía un retraso de hasta 12 meses antes de que un artículo estuviera disponible gratuitamente.


El NIH adoptó el nuevo enfoque de «embargo cero» a partir del 1 de julio. Aunque los científicos pueden cumplir el requisito enviando a un repositorio aprobado por el NIH una versión de su artículo que haya sido aceptada por una revista pero que aún no haya sido maquetada ni editada, muchos científicos han interpretado la norma como una obligación de pagar para publicar la versión final del artículo en acceso abierto.


Las diversas opciones del NIH para controlar los costes de publicación, sobre las que el público puede opinar hasta el 15 de septiembre, son «una advertencia» para los editores, afirma Marcum. Junto con otras ideas planteadas por la agencia en el aviso de la semana pasada, como pagar a los revisores, las medidas del NIH en materia de APC «realmente harían avanzar las cosas más y más rápido que cualquier otro financiador». Sin embargo, añade: «Espero de verdad que [los NIH] hayan tenido en cuenta los riesgos» que plantean algunas de las opciones, una o varias de las cuales los NIH tienen previsto finalizar antes del 1 de enero de 2026.


Una de las opciones que está barajando el NIH sería limitar los reembolsos de APC a 2,000 dólares por artículo, una cifra cercana al precio medio de APC (2,177 dólares) de las revistas publicadas en Estados Unidos, según un análisis adjunto del NIH. La cifra de 2,000 dólares también se aproxima al importe medio de APC solicitado en los presupuestos presentados con las propuestas de subvención del NIH, que la agencia describió como un rango de entre 2,600 y 3,100 dólares. (Sin embargo, es posible que el precio medio de catálogo no sea totalmente representativo, ya que solo procede de revistas «gold» que publican todo su contenido en acceso abierto. Las revistas «híbridas», que publican una mezcla de contenido abierto y de pago e incluyen títulos tan codiciados como Nature y Proceedings of the National Academy of Sciences, tienden a cobrar más).


Otra opción sería elevar el límite de los APC a 3,000 dólares para las revistas que pagan a los revisores por pares y hacen públicas sus revisiones. Estas ideas responden a las críticas de larga data de que las revistas, incluidas las muy rentables, dependen de revisores voluntarios y no remunerados y mantienen en secreto críticas valiosas. El aumento de 1,000 dólares en el límite se basa en la hipótesis del NIH de que una revista típica pagaría a tres revisores 300 dólares cada uno por revisión. Actualmente, pocas revistas pagan a los revisores por pares, argumentando que ello incentivaría a los revisores a producir en masa evaluaciones de mala calidad.


Una tercera opción ofrecida por los NIH proporcionaría a los autores y sus instituciones una mayor flexibilidad al limitar los reembolsos por APC al 0,8 % de los costes directos de una subvención de investigación o a 20,000 dólares durante la vigencia de la subvención, lo que sea mayor. Este enfoque también podría incluir un límite máximo por artículo de 6,000 dólares, el punto medio entre los APC más altos y más bajos de las propuestas de subvención de los beneficiarios de los NIH.


Una propuesta aún más radical sería eliminar toda la financiación de los NIH para los APC, similar a la política adoptada por la Fundación Gates para sus becarios de investigación en 2024. La política de Gates solo exige que los becarios publiquen los manuscritos sobre las investigaciones que financia como preprints, lo que no supone ningún coste para los autores ni para los financiadores.


En una entrada de blog del mes pasado, Marcum advirtió que los límites impuestos por los NIH a los APC podrían animar a las revistas con tarifas bajas a aumentarlas hasta el umbral establecido por la agencia. Afirma que los autores de las directrices de la era Biden sobre el acceso público omitieron dichos límites en parte por ese motivo. Lo mismo hizo Coalition S, el grupo de financiadores, principalmente europeos, que impulsó una política sin precedentes que exige el acceso abierto y que entró en vigor en 2021, según Robert Kiley, consultor que era el jefe de estrategia del grupo en ese momento.


Marcum afirma que también le preocupa que, si los NIH limitan estrictamente los APC, las editoriales puedan relajar los estándares de calidad de las revistas y publicar más artículos de acceso abierto para compensar la pérdida de ingresos. Además, una política estricta podría dar aún más ventaja profesional a los investigadores del NIH de instituciones bien financiadas, que pueden permitirse pagar tasas superiores al límite. De las 199 revistas en las que los científicos financiados por el NIH han publicado más artículos en lo que va de año, la mediana de los APC era de unos 4,200 dólares, y casi todas tenían un APC superior a 3,000 dólares, según una investigación no publicada del Scholarly Communications Lab.


La propuesta del NIH no menciona otras ideas novedosas promovidas por los defensores de la publicación de acceso abierto, como la financiación de revistas «diamante» que no cobran ni APC ni suscripciones, señala Heather Joseph, directora ejecutiva de la organización sin ánimo de lucro Scholarly Publishing and Academic Resources Coalition. Le preocupa que centrarse en las APC «simplemente afiance los enfoques actuales, que son problemáticos». Aun así, añade: «Me alegra ver que el NIH al menos se pregunta por el alto coste de las publicaciones científicas y... realiza una consulta pública».


Las editoriales contactadas por Science se negaron a comentar las propuestas del NIH sobre las APC, señalando que presentarán respuestas detalladas a la agencia. Entre ellas se encuentra la familia de revistas Science, cuya única revista de acceso abierto, Science Advances, tiene una APC de 5,450 dólares. (La sección de noticias de Science es editorialmente independiente).


Tampoco se pronunció Springer Nature, una editorial comercial más grande que cotiza en bolsa y que ha sido criticada indirectamente por Bhattacharya porque sus APC alcanzan los 12,690 dólares para los títulos de su familia de revistas Nature, el precio más alto del sector. Su revista multidisciplinar Nature Communications, que cobra 6,990 dólares, publicó este año el mayor número de artículos de científicos financiados por los NIH, según el Scholarly Communications Lab.


Aunque la propuesta del NIH especifica que la agencia «no propone impedir que los beneficiarios publiquen en ninguna revista en particular», las editoriales llevan mucho tiempo argumentando que los controles sobre los niveles de APC tendrían precisamente ese efecto. También han afirmado que las APC relativamente altas están justificadas en el caso de revistas especialmente selectivas, que rechazan la mayoría de los manuscritos que reciben, pero deben gestionar las revisiones por pares de todas las propuestas.


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NIH details options for limiting its payments for open-access publishing feesOther publishing proposals would scrap reimbursements or pay peer reviewers, unprecedented steps for a major government funder


In a move that could shake up scientific publishing, the U.S. National Institutes of Health (NIH) last week proposed specific limits on how much it would reimburse grantees who pay publishers to make their articles open access, or free to read. The suggested limits, which include possible caps of $2000 to $6000 per paper, may block scientists from publishing in top-tier journals with much higher fees, unless they or their institution come up with the difference.  

The 30 July proposal, published as an NIH notice, fleshes out a plan announced last month by NIH Director Jayanta “Jay” Bhattacharya to limit the government’s bill for making articles open access. “The growing prevalence of unreasonably high article processing charges (APCs) has placed undue financial pressure on researchers and funders,” he said in an 8 July statement, complaining that fees of “as much as $13,000 per article” force taxpayers to pay to access research findings already funded through government grants. In a recent interview, Bhattacharya accused publishers of “bullying” scientists to pay exorbitant fees.

An NIH-mandated cap on APC reimbursements would be the first adopted by any large national science funding agency globally, says Christopher Steven Marcum, a consultant who as a White House official during former President Joe Biden’s administration helped write guidance on public access to federally funded scientific papers and data. The Biden policy asked agencies to require grantees to post this content in public repositories upon publication, an approach that replaced a U.S. policy allowing a delay of up to 12 months before making a paper freely available.  

NIH adopted the new, “zero-embargo” approach effective 1 July. Although scientists can fulfill the requirement by submitting to an NIH-approved repository a version of their paper that has been accepted by a journal but not yet formatted or copy edited, many scientists have interpreted the rule as requiring that they must pay to publish the final version of the paper as open access.

NIH’s various options about controlling publishing costs—on which the public can comment through 15 September—are “a warning shot across the bow” of publishers, Marcum says. Along with other ideas floated by the agency in last week’s notice, such as paying peer reviewers, NIH’s APC measures “really would move the needle further and faster than any other funder.” But, he adds, “I really hope [NIH] considered the risks” posed by some of the options, one or more of which NIH plans to finalize by 1 January 2026.

One option NIH is considering would cap APC reimbursements at $2000 per paper—near the average APC price ($2177) of journals published in the United States, according to an accompanying NIH analysis. The $2000 figure is also close to the average APC amount requested in budgets submitted with NIH grant proposals, which the agency described as a range from about $2600 to $3100. (The average list price may not be fully representative, however, because it only comes from “gold” journals that publish all their content open access. “Hybrid” journals, which publish a mix of open and paywalled content and include coveted titles such as Nature and the Proceedings of the National Academy of Sciences, tend to charge more.)

Another option would raise the APC cap to $3000 for journals that pay peer reviewers and make their reviews public. Those ideas address long-standing criticisms that journals, including highly profitable ones, rely on volunteer, unpaid reviewers and keep valuable critiques confidential. The $1000 increase in the cap is based on NIH’s assumption that the typical journal would pay three reviewers $300 each per review. Few journals currently pay peer reviewers, reasoning that it would incentivize reviewers to mass-produce shoddy assessments.  

A third option offered by NIH would provide authors and their institutions more flexibility by capping reimbursements for APCs at 0.8% of a research grant’s direct costs or $20,000 over the length of the award, whichever is greater. This approach could also include a per-paper cap of $6000, the midpoint between the highest and lowest APCs in NIH grantees’ grant proposals.

An even more radical proposal would scrap all NIH funding for APCs, akin to a policy adopted by the Gates Foundation for its research grantees in 2024. The Gates policy requires only that grantees post manuscripts about research it funds as preprints, which costs authors and funders nothing.  

In a blog post last month, Marcum warned that NIH caps on APCs could encourage journals with low fees to raise them to the agency’s threshold. He says the authors of the Biden-era guidance on public access left out such caps in part for that reason. So did Coalition S, the group of funders mostly in Europe behind a precedent-setting policy requiring open access that took effect in 2021, says Robert Kiley, a consultant who was the group’s head of strategy at the time.

Marcum says he also worries that if NIH strictly caps APCs, publishers may relax journal quality standards and publish more open-access papers to make up for revenue lost. And a strict policy could give NIH researchers at well-financed institutions, who can afford to pay fees higher than the cap, even more of a professional edge. Of the 199 journals in which NIH-funded scientists have published the most papers so far this year, the APC median was about $4200, and almost all had an APC above $3000, according to unpublished research by the Scholarly Communications Lab. 

The NIH proposal is mum on some other novel ideas touted by advocates of open-access publishing, such as funding “diamond” journals that charge neither APCs nor subscriptions, notes Heather Joseph, executive director of the nonprofit Scholarly Publishing and Academic Resources Coalition. She is concerned that focusing on APCs will “simply entrench current, problematic” approaches. Still, she adds, “I’ve been glad to see NIH at least asking questions about the high cost of scientific publishing and … do[ing] a public consultation.”

Publishers contacted by Science declined to comment on NIH’s proposals on APCs, noting that they will submit detailed responses to the agency. These included the Science family of journals—its one open-access journal, Science Advances, has a $5450 APC. (Science’s News section is editorially independent.) 

Also not commenting was Springer Nature, a larger, publicly traded commercial publisher that has been criticized indirectly by Bhattacharya because its APCs range up to $12,690 for titles in its Nature portfolio family of journals, the industry’s highest price. Its multidisciplinary journal Nature Communications, which charges $6990, published the most papers by NIH-funded scientists this year, according to the Scholarly Communications Lab.

Although NIH’s proposal specifies that the agency “is not proposing to prevent awardees from publishing in any particular journal,” publishers have long argued that controls on APC levels would in effect do just that. They have also said that relatively high APCs are justified for particularly selective journals, which reject the majority of manuscripts they receive but must manage peer reviews for all submissions. 


doi: 10.1126/science.zrf8mfm

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Publicado en  Boletín UNAM-DGCS-889    Ciudad Universitaria - 4 de diciembre de 2025     https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2025_889...