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miércoles, 19 de agosto de 2026

U.S.A.: ¿los NIH limitarán el presupuesto para APCs? ¡Qué más da si hay menos dinero para investigar y menos publicaciones! además, el artículo científico como tal está desfalleciendo

Publicado en Katina. Librarianship Elevated
https://katinamagazine.org/content/article/open-knowledge/2026/proposed-nih-policy-on-apcs-is-bonkers-does-it-matter





La propuesta de política de los NIH sobre los cargos por procesamiento de artículos es disparatada. ¿Pero importa?

En lugar de obsesionarnos con el caos más reciente de una administración que sobresale en generarlo, deberíamos mirar hacia la oportunidad de construir algo nuevo.

Por Alicia Salaz | 6 de agosto de 2026

Desde que los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) solicitaron comentarios, el 30 de julio de 2025, sobre cinco posibles nuevas opciones de política relacionadas con la imposición de límites a los gastos de las subvenciones destinados a los cargos por procesamiento de artículos (APC, por sus siglas en inglés), un gran número de comentaristas ha considerado que esas opciones tendrían consecuencias importantes y, a menudo, negativas: podrían ser catastróficas para las carreras de los investigadores jóvenes, acabar con los modelos de negocio de las editoriales pequeñas pertenecientes a sociedades científicas, resultar devastadoras para el progreso científico o incluso algo peor.

La solicitud de comentarios públicos atrajo una considerable atención, con más de 900 aportaciones procedentes de bibliotecas, editoriales, investigadores, sociedades académicas y profesionales, entre otros actores.

Muchos comentarios anticipan efectos en cadena de la política de los NIH que se extenderían hasta los confines más alejados de la publicación y la práctica académicas. Entre ellos se encuentran afirmaciones como: «cualquier cambio en la política de los NIH relativo a la limitación de las tarifas de publicación tendrá repercusiones de gran alcance sobre muchos investigadores y/o proyectos que no reciben financiación de los NIH»; «limitar de cualquier manera los costos de publicación será catastrófico para las carreras tanto de los investigadores en formación como de los investigadores principales»; y «la opción 1 (prohibición total) sería catastrófica para el progreso científico».

Más allá del portal de comentarios públicos, muchas personas han publicado análisis más detallados. David Crotty presentó recientemente una crítica seria de las propuestas de los NIH desde la perspectiva de las editoriales independientes, centrada en una teoría de consolidación del mercado. Según esta, los límites o prohibiciones a los APC ejercerán presión sobre las editoriales más pequeñas, independientes, orientadas por una misión, pertenecientes al ámbito académico o dirigidas por investigadores y que dependen de APC razonables —como Cold Spring Harbor Lab Press y Journal of Medical Internet Research (JMIR) Publications—, hasta expulsarlas del mercado.

Otros comentarios expresan desconcierto ante las propuestas y las describen con términos como «absurdas», «ridículas» y «completamente estúpidas».

Los NIH habían prometido inicialmente que los cambios entrarían en vigor el 1 de enero de 2026; sin embargo, al momento de escribir este artículo, en agosto de 2026, seguimos esperando. Esto ha generado cierta especulación sobre la demora y sobre qué tipo de política se terminará adoptando. Recientemente, la Oficina de Administración y Presupuesto (OMB) del gobierno federal solicitó comentarios sobre una política que prohibiría prácticamente todos los pagos de APC con fondos federales, lo que potencialmente podría reemplazar cualquier política de los NIH. Sin embargo, la abrumadora respuesta de casi medio millón de comentarios, principalmente críticos, junto con la oposición legislativa, hace preguntarse si la propuesta realmente seguirá adelante.

Dada la continua arbitrariedad que hemos observado en Washington y sus organismos durante el último año —como los recortes al estilo DOGE y las reducciones improvisadas de personal en las agencias federales que conceden subvenciones, así como el uso poco profesional de inteligencia artificial y búsquedas por palabras clave para eliminar subvenciones existentes—, sería comprensible anticipar que cualquier medida que adopten próximamente los NIH podría tener poca o ninguna base en la evidencia, en un proceso sistemático o en lo que se dijo el verano pasado.

Pero ¿realmente importa? Tanto si los NIH prohíben por completo los APC como si los limitan o restringen a determinados tipos de publicación, la política seguiría un patrón creciente de restricciones similares adoptadas por financiadores como la Fundación Gates, Cancer Research UK y el Howard Hughes Medical Institute, entre otros.

«¡Pero los NIH financian muchísimos artículos!», podría decirse. «¿No es seguro que, adonde vayan ellos, los demás los seguirán?».

Los NIH están concediendo subvenciones a un número menor de investigadores. La Association of American Medical Colleges (AAMC) informa que las nuevas adjudicaciones han disminuido un 63 % respecto de su promedio de los cinco años anteriores. Según Web of Science, en 2025 se publicaron apenas 100 000 artículos que reconocían financiación de los NIH, un mínimo no registrado desde 2010 y aproximadamente un 28 % menos que el máximo reciente de 140 000 alcanzado en 2021. Las publicaciones correspondientes al primer trimestre de 2026 suman menos de 20 000, lo que sitúa a la investigación financiada por los NIH en camino de registrar este año otra disminución proyectada del 20 % respecto del bajo nivel del año pasado. Muchas de estas publicaciones reflejan resultados de trabajos financiados mediante subvenciones concedidas entre uno y tres años antes, lo que significa que la desaceleración de las nuevas adjudicaciones observada en 2026 probablemente profundizará todavía más esta tendencia.

China, que superó a Estados Unidos en volumen de publicación de artículos en 2021, podría ejercer una mayor influencia sobre el comportamiento de las editoriales a escala mundial. Sin embargo, China parece igualmente poco entusiasmada con el modelo de APC: este mismo año, la Academia China de Ciencias (CAS) llegó al extremo de incluir en una lista negra revistas como Nature Communications debido a lo que considera tarifas de publicación excesivas.

Estos y otros movimientos dentro del mundo académico sugieren que el modelo basado en APC podría estar en vías de desaparecer independientemente de lo que hagan unos NIH cada vez más reducidos. Por ello, cualquier medida que adopte ahora la agencia podría ser menos significativa o influyente para el ecosistema general de la publicación académica de lo que podría parecer inicialmente.

La creciente reticencia o incapacidad de los investigadores y organismos financiadores para pagar individualmente por la publicación en acceso abierto es, en parte, lo que Crotty y otros temen que impulse a las bibliotecas hacia los llamados «grandes acuerdos» transformativos (big deal transformative agreements), en los que las instituciones pagan cantidades globales anuales para cubrir los costos de publicación en acceso abierto de sus miembros con determinadas editoriales. Esto podría conducir a una mayor consolidación del mercado y a la posible desaparición de editoriales más pequeñas.

Pero quizá estén preocupándose por las cosas equivocadas. Sospecho que el «acuerdo transformativo» también puede haber superado ya su punto máximo. Bibliotecas de investigación como la mía, en la Universidad de Oregón, llevan años poniendo a prueba el modelo de los acuerdos transformativos que algunas pequeñas editoriales de sociedades científicas consideran una amenaza, y no nos gusta. No ha funcionado, y las negociaciones con los proveedores que debemos llevar a cabo para cerrar estos acuerdos son peores y más frustrantes que nunca. Actualmente, mis colegas y yo hablamos de desarrollar estrategias abiertas y de invertir en modelos editoriales sin fines de lucro, orientados por una misión y pertenecientes al ámbito académico. En el futuro será más probable, y no menos, que llevemos nuestros recursos a editoriales cuyos valores y misiones coincidan con los nuestros, independientemente de lo que hagan los NIH, siempre y cuando sobreviva el artículo académico.

La supervivencia del artículo académico como formato publicable puede ser una cuestión mucho más importante para las editoriales de todo el mundo que las normas que adopten los NIH.

Esto se debe a que los editores de revistas académicas están observando actualmente, sin duda, cambios en sus prácticas impulsados por las aplicaciones generativas y agénticas de la inteligencia artificial. Kevin Smith sostuvo recientemente en The Chronicle que la IA hará obsoleto el artículo académico. Mi colega Alex Murray, integrante del consejo editorial de la prestigiosa revista Organization Science, me describió recientemente cómo la revista está experimentando un ciclo alarmante: la IA genera más manuscritos enviados; ese aumento lleva a los revisores a utilizar IA para poder mantener el ritmo; y el resultado son artículos producidos y publicados que, cada vez más, también son consumidos, leídos y sintetizados por IA. Entonces, ¿para qué sirve todo este proceso?

La medición que ha realizado la revista de este fenómeno ha sido abordada por Forbes y por Clarke & Esposito. Murray tiene algunas ideas inteligentes sobre adónde puede conducir esta situación, pero ninguna de ellas implica pagar APC individualmente o mediante paquetes. Es muy posible que las agencias federales estadounidenses de financiación, como los NIH, estén ocupadas intentando mover las reglas del juego hacia un lugar más justo sin darse cuenta de que el juego ya terminó.

Las iniciativas impulsadas por instituciones académicas y dirigidas por investigadores, como Big Ten Open Books y Path to Open de JSTOR, están avanzando en la creación de mecanismos de apoyo financiero sostenible para editoriales de monografías sin fines de lucro y pertenecientes al ámbito académico. Queda por ver si la monografía, como formato, resulta más duradera que el artículo de revista; creo que así será. En cuanto a los artículos académicos, algunos de los éxitos y enseñanzas obtenidos en los últimos años a partir del modelo cada vez más consolidado Subscribe-to-Open podrían aplicarse a nuevas formas de difusión del conocimiento, orientadas por una misión, que trasciendan el formato tradicional del artículo de revista. Nuestra biblioteca está deseosa de invertir en infraestructuras escalables, compartidas y orientadas por una misión, como Knowledge Commons, que comenzamos a apoyar en 2025, y en iniciativas similares que proporcionen beneficios específicos a quienes las apoyan y que permitan justificar la inversión de los recursos que administramos.

El éxito pasado y el potencial futuro de los servidores de preprints y los repositorios institucionales significan que lo único que realmente necesitamos para desprendernos de las tradicionales y prestigiosas revistas corporativas es ayudar a nuestras comunidades académicas a desarrollar buenos indicadores de calidad para la promoción profesional. Las instituciones ya están comenzando a modificar la forma en que gestionan la promoción del profesorado. En la Universidad de Oregón estamos reformando activamente los criterios de promoción para centrarnos en lo que realmente importa: creación de empresas, cambios en las políticas, mejoras en la forma en que trabajan profesores, abogados y periodistas y, por supuesto, avances en ciencia básica que no siempre tienen una aplicación inmediata; pero todo ello medido por su importancia real, y no mediante indicadores indirectos como el valor de marca de una revista propiedad de una empresa. Mi red en la Higher Education Leadership Initiative for Open Scholarship (HELIOS) me indica que no estamos solos: instituciones de investigación de todo Estados Unidos están adoptando medidas similares de manera paralela, lo que probablemente hará que estos cambios se refuercen mutuamente. Si el progreso de la carrera académica deja de depender exclusivamente de publicar en una «Gran Revista Prestigiosa y Bien Clasificada», nuestros profesores —la mano de obra profesional experta que edita y revisa para esas revistas, además de publicar en ellas— quizá estén más dispuestos a dejarlas atrás.

Las sociedades académicas, las editoriales independientes y orientadas por una misión y las instituciones de investigación también tienen importantes funciones que desempeñar en las nuevas formas de comunicación, impacto y validación, incluidos nuevos enfoques de la revisión por pares —o incluso alternativas a ella—.

El número de investigadores y artículos financiados por los NIH está disminuyendo. La American Association for the Advancement of Science (AAAS) sostiene que Estados Unidos está renunciando a su liderazgo científico debido a la desinversión en investigación. China lidera el mundo en inversión en investigación y desarrollo, y la IA está convirtiendo todo el proceso de artículo–revisión–publicación en un ejercicio carente de sentido.

Entonces, ¿a quién le importa lo que hagan los NIH con su política sobre los APC?

Esto no significa que no haya nada bueno en el horizonte. A lo largo de toda mi carrera, quienes formamos parte del mundo académico nos hemos quejado de cuánto detestamos el sistema, de cuánto detestamos los costos abusivos y crecientes de las revistas y de cuánto detestamos los indicadores indirectos de calidad académica que en realidad no captan ni reflejan el trabajo que verdaderamente valoramos.

Si todo sale bien, durante los próximos años reconstruiremos el sistema que queremos a partir de las cenizas de un viejo modelo que todos detestábamos, pero que simplemente no éramos capaces de abandonar.

Preocupémonos menos por los NIH y pongámonos a construirlo.

10.1146/katina-080626-1

Alicia Salaz es vicerrectora y bibliotecaria universitaria de la Universidad de Oregón, donde proporciona liderazgo estratégico para vincular las ciencias de la información con la política académica y preside el consejo de gobernanza de inteligencia artificial de la universidad. Con una amplia experiencia en el complejo ámbito de la comunicación académica, actualmente encabeza una iniciativa centrada en la reforma estructural de los criterios de permanencia y promoción académica, con el propósito de incentivar mejor unas prácticas de investigación abiertas y equitativas. Forma parte del comité ejecutivo del Big Ten Academic Alliance Center for Library Programs y es miembro de la Higher Education Leadership Initiative for Open Scholarship (HELIOS).


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The Proposed NIH Policy on APCs Is Bonkers. Does it Matter?

Instead of fixating on the latest chaos from an administration that excels in it, we should look ahead to the opportunity to build something new.

By Alicia Salaz | 08.06.2026



Since the US National Institutes of Health (NIH) solicited comment on five potential new policy options related to capping grant expenditures for article processing charges (APCs) on July 30, 2025, a large number of commenters have taken the view that those options would be highly consequential and often negative—either catastrophic to the careers of junior researchers, fatal to the business models of smaller society publishers, ruinous to scientific progress, or worse.

The solicitation for public comment attracted significant attention, with more than 900 submissions from libraries, publishers, researchers, scholarly and professional societies, and more.

Many comments anticipate ripple effects of NIH policy that would extend outward to the furthest reaches of scholarly publishing and practice, such as “any NIH policy change around limiting publication fees will have far-reaching impacts on many researchers and/or projects that are not NIH-funded,” “Capping publication costs in any way will be catastrophic for the careers of both trainees and PIs,” and “Option 1 (complete disallowance) would be catastrophic for scientific progress.”

Beyond the public comment portal, many have published more fulsome analyses. David Crotty recently offered a serious critique of the NIH proposals from the independent publisher perspective, centered on a market consolidation theory, which argues that APC caps or bans will squeeze smaller, independent, mission-driven, academy-owned and scholar-led publishers that are reliant on fair APCs, like Cold Spring Harbor Lab Press and Journal of Medical Internet Research (JMIR) Publications, out of business.

Other comments express bewilderment at the proposals, describing them with terms like “nuts,” “ludicrous,” and “totally stupid.”

The NIH had initially promised that changes would take effect January 1, 2026—though as of this writing in August 2026, we are still waiting—leading to some speculation about the delay and what kind of policy we will eventually see issued. Recently, the federal Office of Management and Budget (OMB) has issued a request for comment on policy that would prohibit nearly all APC payments out of federal funds, potentially superseding any NIH policy—though the overwhelming response of nearly a half-million mainly critical comments, along with legislative opposition, leaves one to wonder whether this will move forward.

Given the ongoing caprice we’ve seen out of Washington and its agencies over the past year—like the DOGE-ing and haphazard workforce reductions of federal granting agencies and the amateurish use of AI and keyword search to eliminate existing grants—one would be forgiven for anticipating that whatever comes out of the NIH next may have little to no basis in evidence, process, or whatever was said last summer.

But does it really matter? Whether the NIH entirely bars, caps, or restricts APCs to certain types of publishing, the policy would follow a developing pattern of similar restrictions from funders like the Gates Foundation, Cancer Research UK, the Howard Hughes Medical Institute and others.

“But the NIH funds so many papers!” you might say. “Where they go, others will surely follow?”

The NIH is issuing grants to fewer scholars. The Association of American Medical Colleges (AAMC) reports that new awards are down 63 percent from their prior 5-year average. According to Web of Science, just 100,000 papers attributing NIH funding were published in 2025—a low not seen since 2010, and down around 28 percent from the most recent 2021 peak of 140,000. Publications in the first quarter of 2026 number under 20,000, putting NIH-funded research on track for a projected decline this year of another 20 percent from last year’s low. Many of these publications reflect outcomes from work that was funded by awards over the prior one to three years, meaning that the slowdown in new awards we are seeing in 2026 is likely to push this trend even further.

China, which overtook the US in paper publishing by volume in 2021, might be expected to have more influence on global publisher behavior. Yet China seems equally unenchanted with the APC model; the Chinese Academy of Sciences (CAS) just this year took the step of blacklisting journals like Nature Communications entirely over what are perceived as excessive publication fees.

These and other moves in the scholarly world suggest that the APC model may be on the way out regardless of what the shrinking NIH does, making any agency moves now less significant or influential to the broader scholarly publishing world than one might initially think.

A growing reluctance or inability of scholars and funding agencies to pay for open publishing paper-by-paper is, in part, what Crotty and others worry drives libraries towards “big deal” transformative agreements, where institutions pay lump sum annual fees to cover the costs of their affiliates publishing openly with individual publishers, leading to market consolidation and the potential elimination of smaller publishers.

They may be worried about the wrong things. I suspect that the “transformative agreement” may also be past its peak. Research libraries, like mine at the University of Oregon, have now spent years testing out the “transformative agreement” model that some small society publishers see as a threat, and we don’t like it. It hasn’t worked, and the vendor negotiations we go through to ink these deals are worse and more frustrating than ever. These days, my counterparts and I talk about evolving open strategies and investing in nonprofit, mission-driven and academy-owned publishing models. We are more likely to take our business to values- and mission-aligned publishers in the future, not less, regardless of what the NIH does—so long as the academic paper survives.

The survival of the academic paper as a publishable format may be a far more pertinent question for publishers everywhere than what the NIH rules are.

That’s because journal editors today are undoubtedly seeing change in their business practices driven by generative and agentic applications of artificial intelligence. Kevin Smith recently argued for the Chronicle that AI will make the academic article obsolete. My colleague Alex Murray, who sits on the editorial board of the highly-reputed Organization Science, recently described for me how the journal is experiencing an alarming cycle of AI driving more submissions, driving reviewers to use AI to keep up, only to produce and publish papers that are increasingly consumed/read/synthesized by AI—so what is this whole exercise for?

The journal’s measurement of this phenomenon has been covered by Forbes and in Clarke & Esposito. Murray has some intelligent ideas about where this may lead, but none of them involve paying APCs individually or in bundles. US federal funding agencies like the NIH may well be busy trying to move the goalposts to a fairer spot without realizing that the game is already over.

Academy-driven and scholar-led initiatives like Big Ten Open Books and JSTOR’s Path to Open are making progress on providing sustainable financial support to academy-owned and nonprofit monograph publishers. It remains to be seen whether the monograph as a format is more durable than the journal paper; I expect that it is. As for academic papers, some of the successes and lessons learned in recent years from the maturing Subscribe-to-Open model could be applied to new, mission-driven forms of knowledge sharing that get beyond the journal paper form. Our library is eager to invest in scalable, shared, mission-driven infrastructures such as Knowledge Commons, which we began supporting in 2025, and similar endeavors that provide unique benefits to supporters that can help justify the investment of the dollars we steward.

The past success and future potential of preprint servers and institutional repositories mean the only thing we really need to do to cut loose the traditional prestige corporate journal is to help our academic communities develop good quality markers for career advancement. Already, institutions are starting to change the way they handle faculty promotions. At the University of Oregon, we’re actively reforming promotion criteria to focus on what actually matters—enterprise creation, policy change, improvement in the way teachers and lawyers and journalists practice, and yes, advancements to basic science that don’t always have an immediate application—but measured by actual significance, not proxy indicators like the brand value of a corporate-owned journal. My network in the Higher Education Leadership Initiative for Open Scholarship (HELIOS) tells me we aren’t alone—research institutions across the US are taking similar steps in parallel, which likely will be mutually reinforcing. If academic career advancement no longer relies exclusively on publishing in Big Ranked Journal Name, our faculty—the expert professional labor that edits and reviews for those journals, in addition to publishing in them—may be more open to letting them go.

Academic societies, independent and mission-driven publishers, and research institutions also all have important roles to play in new forms of communication, impact, and validation, including new approaches to (or departures from) peer review.

The number of scholars and papers funded by NIH is declining. The American Association for the Advancement of Science (AAAS) argues that America is forfeiting its scientific leadership through disinvestment in research. China is leading the world in research and development investment, and AI is making the whole paper-review-publication process a meaningless exercise.

So who cares what the NIH does with its APC policy?

This is not to say there isn’t good on the horizon. Throughout my career, we in the academy have been complaining about how much we hate the system, how much we hate exploitative and inflationary journal costs, and how much we hate proxy measures of scholarly quality that don’t really capture or reflect the work we truly value. If all goes well, in the next few years we’ll be rebuilding the system we want from the ashes of an old model that we all hated anyway but just couldn’t let go of. Let’s worry less about the NIH and go build it.

10.1146/katina-080626-1

Alicia Salaz serves as the vice provost and university librarian at the University of Oregon, where she provides strategic leadership connecting information science and academic policy and chairs the university’s artificial intelligence governance council. With extensive experience navigating the complex landscape of scholarly communication, she is currently spearheading an initiative focused on the structural reform of tenure and promotion metrics to better incentivize open, equitable research practices. She serves on the executive committee of the Big Ten Academic Alliance Center for Library Programs and is a member of the Higher Education Leadership Initiative for Open Scholarship (HELIOS).


martes, 6 de enero de 2026

U.S.A.: los Institutos Nacionales de Salud insisten en limitar el pago de APC... los investigadores temen que eso les afecte

Publicado en Science
https://www.science.org/content/article/nih-s-proposed-caps-open-access-publishing-fees-roil-scientific-community?fbclid=IwY2xjawO8D09leHRuA2FlbQIxMABicmlkETEwaGtucDVmRlphMjRYb3FWc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHjj1qKqn_qRfeT9begn5fX7hFoIiFFkFZxZd9WohjvLEexz6BXQ3082ZiT-g_aem_Bp5F5ErWOmk5khGC2Dcovg 


Los límites propuestos por los NIH para las tarifas de publicación de acceso abierto agitan a la comunidad científica


La política, que se implementará el próximo año, recibió más de 900 comentarios, la mayoría de ellos críticos


12 de diciembre de 2025


Por Phie Jacobs


En algún momento del próximo año, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) anunciarán nuevos límites sobre la cantidad de fondos que los beneficiarios pueden gastar en tarifas de publicación para que sus artículos sean de acceso abierto, o de lectura gratuita. La agencia afirma que su objetivo es reducir las tasas de procesamiento de artículos (APC), que considera "desproporcionadamente elevadas», una meta que muchos investigadores apoyan. Sin embargo, los comentarios públicos publicados la semana pasada por más de 900 investigadores, instituciones académicas y editoriales revelan una profunda preocupación por una propuesta que un comentarista, el radiólogo Geoffrey Young, del Mass General Brigham, califica de «bienintencionada, pero errónea».  


En su solicitud de comentarios públicos del 30 de julio, los NIH escribieron que el pago de elevadas APC (hasta 12,690 dólares por artículo en Nature) reduce los fondos disponibles para actividades de investigación. Sin embargo, muchos encuestados afirman que los límites máximos propuestos para las APC, que oscilan entre 2,000 y 6,000 dólares, no abordan los problemas más profundos del sector editorial científico y podrían impedir de forma injusta que algunos investigadores publiquen en revistas prestigiosas, lo que podría perjudicar sus posibilidades de ser contratados o de obtener una beca o un ascenso. «La batalla debe librarse entre los NIH y los editores, sin utilizar a los científicos como intermediarios», escribe un investigador anónimo que se encuentra en los inicios de su carrera. «Los costes de publicación son demasiado elevados, pero el coste de publicar está fuera de nuestro alcance».

 

Los comentaristas también afirman que los límites propuestos para el APC parecen entrar en conflicto con el mandato de «embargo cero» de la agencia, que exige a los investigadores que reciben financiación federal que hagan público su trabajo tras su publicación. La política propuesta «parece poner a los investigadores en una posición imposible», escribe James Gold, investigador de esquizofrenia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland. Aunque los científicos pueden cumplir técnicamente este requisito enviando una versión de su artículo que haya sido aceptada por una revista, pero que aún no haya sido formateada ni editada, a un repositorio aprobado por los NIH, algunas editoriales de renombre han adoptado políticas que prohíben específicamente a los autores hacerlo.


Las APC están destinadas a compensar los ingresos por suscripción cuando la investigación se hace de acceso abierto. Pero las universidades suelen pagar las suscripciones a las revistas, mientras que las APC suelen salir de los propios presupuestos de los investigadores. Muchos becarios ya renuncian a comprar materiales o equipos de laboratorio o utilizan sus propios fondos personales para pagar las tasas, según una encuesta realizada en 2022 por la AAAS, que publica Science. (El departamento de noticias de Science es editorialmente independiente).  


Las principales editoriales científicas sostienen que las tarifas son necesarias para la publicación y difusión de investigaciones de alta calidad. Taylor & Francis, Elsevier y Springer Nature, algunas de las editoriales de artículos científicos más grandes y rentables del mundo, presentaron extensos comentarios en los que argumentaban que las editoriales desempeñan un papel clave al coordinar la revisión por pares, editar y dar formato a los manuscritos, y filtrar el fraude y el plagio. Como escribe Springer Nature, el precio de las APC «refleja el coste real de la publicación y el valor que añadimos. Las APC varían según las revistas, ya que las revistas más selectivas requieren una mayor inversión». (La revista de acceso abierto Gold de Science, Science Advances, cobra una APC de 5,450 dólares. La AAAS, una organización sin ánimo de lucro, también presentó una respuesta detallada a la solicitud de comentarios públicos del NIH). 


Algunos científicos, aunque reconocen que algunos APC son excesivamente elevados, también defienden los costes de publicación. «Publicar ciencia de primer nivel cuesta dinero», escribe Kathleen Gould, bióloga celular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Vanderbilt. «No pagar los costes de publicación», escribe Matthew Bogyo, biólogo químico de la Universidad de Stanford, «es como contratar a alguien para que te construya una casa y decirle que no vas a pagar los clavos».


Stefanie Haustein, científica de la información de la Universidad de Ottawa, no se cree los argumentos de los editores. Las principales editoriales del mundo, a las que ella describe como «explotadoras», venden principalmente prestigio y factor de impacto, afirma, y operan sistemáticamente con márgenes de beneficio que superan con creces los de otras industrias lucrativas. Según un preprint reciente de Haustein y sus colegas publicado en arXiv, el margen de beneficio de Elsevier en los últimos cinco años siempre ha superado el 37 %. Aunque algunas revistas científicas y sin ánimo de lucro también cobran tarifas relativamente altas, las APC que cobran las editoriales comerciales representan miles de millones de dólares que pasan de los investigadores financiados con fondos federales a los accionistas privados. Los críticos también han señalado que muchas revistas de primer nivel siguen sin detectar casos de fraude, lo que plantea dudas sobre qué es exactamente lo que se paga con las APC.


Muchos comentaristas temen que la política propuesta por los NIH tenga consecuencias no deseadas. «Limitar simplemente los costes permitidos en las subvenciones de los NIH es una medida poco eficaz que probablemente causará más daño que beneficio», escribe un comentarista anónimo. Un análisis reciente del equipo de Haustein, por ejemplo, revela una diferencia significativa entre los límites y los cargos impuestos por las revistas en las que publican los autores financiados por los NIH, lo que sugiere que la política limitaría aún más las opciones y aumentaría las desigualdades. Los investigadores consolidados de instituciones bien financiadas tienen más probabilidades de contar con fondos independientes para pagar los elevados APC de muchas revistas de primer nivel, mientras que los investigadores más noveles pueden verse obligados a publicar en revistas relativamente desconocidas y de bajo impacto. 


Los comentaristas también afirman que cualquier límite máximo propuesto probablemente se convierta en un mínimo en lugar de un máximo, lo que animaría a las revistas más baratas a inflar artificialmente sus tarifas, al tiempo que podría incentivar a las revistas más caras a escatimar en calidad para reducir los costes. Y Haustein señala que, si bien las revistas más pequeñas y menos influyentes pueden verse afectadas, es probable que las grandes editoriales encuentren formas de eludir los límites de las APC, posiblemente impulsando «acuerdos transformadores» con instituciones que cubran tanto el acceso a contenidos de pago como las APC, en lugar de cobrarlas a los autores individuales. Según ella, los límites propuestos por los NIH pueden acabar creando «una concentración aún mayor del mercado».


«Por favor, concédenos la libertad académica necesaria para tomar las decisiones editoriales que sean mejores para nosotros y nuestra investigación», escribe Mary Cushman, hematóloga de la Universidad de Vermont.  


En un correo electrónico enviado a Science, un portavoz de los NIH escribió que la agencia «revisará y considerará todos los comentarios que ha recibido sobre la propuesta a medida que avancemos en el proceso de desarrollo de la política». Otras opciones siguen siendo objeto de debate en los NIH y entre los editores. Una de ellas proporcionaría a los autores y a sus instituciones más flexibilidad al limitar los reembolsos de las APC al 0,8 % de los costes directos de una subvención de investigación —el promedio calculado por la agencia de lo que los investigadores utilizan actualmente para pagar estas tasas— o a 20,000 dólares durante la vigencia de la subvención, lo que sea mayor. Algunas editoriales que se oponen en general a la idea de que los NIH impongan límites a las APC han respaldado a regañadientes este enfoque como la opción menos objetable.


En su propuesta, los NIH también plantearon la idea de establecer límites máximos más altos para las APC en el caso de las revistas que pagan a los revisores por pares. Algunos comentaristas están a favor de estos pagos —casi inexistentes en la actualidad— porque los revisores dedican muchas horas de trabajo cualificado de forma gratuita. Sin embargo, a otros les preocupa que este modelo incremente aún más los costes de publicación e incentive a investigadores sin escrúpulos a aceptar más encargos de los que pueden realizar con el tiempo y la experiencia de que disponen. «Creo que una política de este tipo abriría una caja de Pandora de efectos negativos para la ciencia en general», escribe Gail Bishop, investigadora de inmunología de la Universidad de Iowa. 


Otra opción que está considerando el NIH sería eliminar por completo la financiación de la agencia para los APC y simplemente exigir a los autores que publiquen preprints sin revisar, de forma similar a la política adoptada recientemente por la Fundación Gates. Mientras que algunos comentaristas se muestran entusiasmados con esta idea, otros se preocupan por las consecuencias de eludir la revisión por pares. 


Haustein y otros comentaristas señalan que una verdadera reforma requeriría cambios más profundos en una cultura académica que, a la hora de evaluar a los investigadores, da tanta importancia a métricas como la productividad y los factores de impacto de las revistas. «Los investigadores como yo estamos obligados a publicar como parte de las expectativas de nuestro trabajo», escribe Jolene Ramsey, bióloga de la Universidad Texas A&M. «A menos que los NIH estén dispuestos a imponer la eliminación de tales requisitos de las directrices de graduación, permanencia y promoción de todas las universidades que reciben financiación federal, esta idea [de limitar el uso de las subvenciones de investigación para pagar los APC] es completamente insostenible». 


«Nos encontramos realmente entre la espada y la pared», escribe Ondine Cleaver, bióloga molecular del Centro Médico Southwestern de la Universidad de Texas. «El NIH dice que DEBEMOS publicar mucho. DEBEMOS publicar en acceso abierto. Y, sin embargo, propone recortar los fondos destinados a la publicación. ¿Cómo podemos sobrevivir a esto?».


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NIH’s proposed caps on open-access publishing fees roil scientific community

Policy to be implemented next year drew more than 900 comments, most of them critical

Sometime next year, the National Institutes of Health (NIH) will announce new limits on how much funding grantees can spend on publication fees to make their articles open access, or free to read. The agency says it aims to reduce “unreasonably high” article-processing charges (APCs), a goal many researchers embrace. But public comments released last week from more than 900 researchers, academic institutions, and publishers reveal deep concerns about a proposal that one commenter, radiologist Geoffrey Young at Mass General Brigham, calls “well-intentioned, but misguided.”  

In its 30 July request for public comment, NIH wrote that paying high APCs—up to $12,690 per paper, at Nature—lessens the funds available for research activities. But many respondents say the proposed APC caps, which range from $2000 to $6000, fail to address deeper problems in the scientific publishing industry and could inequitably block some researchers from publishing in prestigious journals, potentially hurting their chance of being hired or winning a grant or promotion. “The battle should be fought between the NIH and publishers, not using scientists as intermediaries,” writes one anonymous early-career researcher. “Publication costs are too high, but the cost to publish is out of our hands.”  

Commenters also say the proposed APC limits appear to conflict with the agency’s “zero-embargo” mandate, which requires researchers who receive federal funding to make their work publicly available upon publication. The proposed policy “appears to be putting investigators in an impossible position,” writes James Gold, a schizophrenia researcher at the University of Maryland School of Medicine. Although scientists can technically fulfill this requirement by submitting a version of their paper that has been accepted by a journal but not yet formatted or copy edited to an NIH-approved repository, some high-profile publishers have adopted policies specifically barring authors from doing so.  

APCs are meant to make up for subscription revenue when research is made open access. But universities generally pay for journal subscriptions, whereas APCs often come out of researchers’ own budgets. Many grantees already forgo purchasing lab materials or equipment or use their own personal funds to pay the fees, according to a 2022 survey by AAAS, ​​which publishes Science. (Science’s News department is editorially independent.) 

Major scientific publishers argue the fees are necessary for the publication and dissemination of high-quality research. Taylor & Francis, Elsevier, and Springer Nature—some of the world’s largest and most profitable publishers of scientific papers—all submitted lengthy comments arguing that publishers play a key role by coordinating peer review, editing and formatting manuscripts, and filtering out fraud and plagiarism. As Springer Nature writes, APC pricing “reflects the true cost of publishing and the value we add. APCs vary across journals because more selective journals require greater investment.” (Science’s gold open-access journal, Science Advances, charges an APC of $5450. AAAS, a nonprofit, also submitted a detailed response to NIH’s request for public comment.)  

Some scientists, while acknowledging that some APCs are unreasonably high, also defended publishing costs. “It costs money to publish Gold Standard Science,” writes Kathleen Gould, a cell biologist at Vanderbilt University School of Medicine. “Not paying for publication costs,” writes Stanford University chemical biologist Matthew Bogyo, “is like hiring someone to build a house but saying you will not cover the costs of nails.” 

Stefanie Haustein, an information scientist at the University of Ottawa, doesn’t buy publishers’ arguments. The world’s top publishing companies, which she describes as “exploitative,” mainly sell prestige and impact factor, she says, and consistently operate with profit margins that far exceed those in other lucrative industries. According to a recent preprint from Haustein and colleagues published on arXiv, Elsevier’s profit margin over the past 5 years has always exceeded 37%. Although some society and nonprofit journals also charge relatively high fees, APCs charged by commercial publishers represent billions of dollars that flow from federally funded researchers to private shareholders. Critics have also pointed out that many top-tier journals still fail to catch instances of fraud, raising questions about what exactly the APCs are paying for. 

Many commenters fear NIH’s proposed policy will have unintended consequences. “Simply capping allowable costs on NIH grants is a blunt instrument that is likely to produce more harm than good,” one anonymous commenter writes. A recent analysis by Haustein’s team, for example, reveals a significant gap between the caps and the charges imposed by journals where NIH-funded authors actually publish, suggesting the policy would further constrain choices and widen inequities. Established investigators at well-funded institutions are more likely to have independent funding to pay the high APCs of many top-tier journals, whereas more junior investigators may be forced to publish in relatively obscure, low-impact ones.  

Commenters also say any proposed cap is likely to become a floor rather than a ceiling—encouraging cheaper journals to artificially inflate their fees while potentially incentivizing more expensive journals to skimp on quality to drive down costs. And Haustein notes that whereas smaller and less influential journals may be impacted, large publishers will likely find ways to get around APC caps, possibly by pushing “transformative agreements” with institutions that cover both access to paywalled content and APCs, rather than charging them to individual authors. NIH’s proposed limits, she says, may end up creating “even more market concentration.” 

“Please give us the ongoing academic freedom to make choices in publishing that are best for us and our research,” writes Mary Cushman, a hematologist at the University of Vermont.  

In an email to Science, a spokesperson for NIH wrote that the agency “will review and consider all the comments it has received on the proposal as we move forward in the policy development process.” Other options are still under discussion at NIH and among publishers. One would provide authors and their institutions more flexibility by capping reimbursements for APCs at 0.8% of a research grant’s direct costs—the agency’s calculated average of what researchers currently use to pay these fees—or $20,000 over the length of the award, whichever is greater. Some publishers generally opposed to the idea of NIH-enforced APC caps have reluctantly endorsed this approach as the least objectionable option. 

In its proposal, NIH also floated the idea of setting higher APC caps for journals that pay peer reviewers. Some commenters favor such payments—almost nonexistent today—because reviewers currently provide many hours of skilled labor for free. But others worry this model would further drive up publication costs and incentivize unscrupulous researchers to take on more assignments than they have time or expertise to do well. “I think such a policy would open a Pandora’s Box of ill effects for science in general,” writes Gail Bishop, an immunology researcher at the University of Iowa. 

Yet another option NIH is considering would scrap agency funding for APCs altogether and simply require authors to post unreviewed preprints, akin to recent policy adopted by the Gates Foundation. Whereas some commenters are enthusiastic about this idea, others worry about the consequences of bypassing peer review. 

True reform, Haustein and commenters note, would require deeper changes to an academic culture that stresses metrics such as productivity and journal impact factors when evaluating researchers. “Researchers such as myself are required to publish as part of our job expectations,” writes Jolene Ramsey, a biologist at Texas A&M University. “Unless the NIH is prepared to enforce removal of such requirements from university graduation, tenure, and promotion guidelines for all schools that receive any federal funding, then this idea [of limiting use of research grant funding to pay APCs] is completely untenable.” 

“We are really caught between a rock and a hard place here,” writes Ondine Cleaver, a molecular biologist at the University of Texas Southwestern Medical Center. “NIH says we MUST publish a lot. We MUST publish open access. And yet is proposing to cut funds allowable to publish. How can we survive this?” 


doi: 10.1126/science.zdmzuny

La editorial WILEY aumentó sus ingresos por concepto de acceso abierto "Gold" y por la compra de EMERALD. También vende licencias IA

Publicado en Research information https://www.researchinformation.info/news/wiley-research-publishing-revenue-jumps-12pc-on-oa-growth-and-em...