Publicado en The New York Times
https://www.nytimes.com/2026/08/18/world/jason-arday-cambridge-canada-meta.html
Vida y muerte de Jason Arday
Si alguna vez existió una historia que parecía destinada a avivar las llamas de la guerra cultural, esa fue la trágica historia de Jason Arday.
El profesor de Cambridge renunció recientemente en medio del escrutinio, y la semana pasada fue hallado muerto en una casa del sur de Londres. Su historia toca temas profundamente divisivos, desde la raza hasta la educación superior pasando por la diversidad, la equidad, la inclusión y el autismo. Hay mucho que analizar. Para entender todo lo ocurrido, hablé con mi colega Mara Hvistendahl, quien ha estado reportando sobre la vida y muerte de Arday y las repercusiones de su caso en Cambridge.
‘Esta historia no ha terminado’
Hace tres años, Jason Arday, que en ese entonces tenía 37 años, fue contratado como profesor en la Universidad de Cambridge. Cambridge hizo mucho alarde de su nueva estrella, presentándolo como su profesor negro más joven y destacando su increíble historia personal: cómo creció en una vivienda pública y superó graves retrasos en su desarrollo para llegar al mundo académico.
Entonces, el mes pasado, una publicación de blog —escrita por un exinvestigador de Cambridge que una vez fue sancionado por argumentar que las personas negras no podían tener éxito en una meritocracia— acusó a Arday de haber cometido plagio y de haber exagerado su historia personal. Se desató una tormenta. Para los medios británicos, especialmente los medios conservadores, la historia resultó irresistible.
Al final, Arday renunció, y afirmó que ya no quería sentir que estaba viviendo “bajo un foco de atención constante”. La semana pasada fue hallado muerto en un apartamento de Londres; en un comunicado, su familia hizo referencia a la “campaña de maltrato continuo” a la que había sido sometido.
A continuación, puedes leer mi conversación con Mara.
Mara, ¿cómo fue que Jason Arday terminó en Cambridge?
Él fue contratado en 2023 para un cargo de enorme prestigio; una cátedra titular de educación. En ese momento, Cambridge estaba bajo mucha presión para aumentar su representación de personas de color, tanto en el profesorado como en los estudiantes. Y de verdad no se puede exagerar lo mucho que tenía que avanzar en ese sentido; Cambridge era, y sigue siendo, un lugar muy blanco.
Arday tenía un doctorado en educación, pero su historial de publicaciones era modesto, y había estado yendo de una universidad a otra. Sabemos que entre las personas que competían con Arday por el puesto había dos mujeres de color con más experiencia. Pero Arday era el único solicitante negro. También tenía la notable historia personal de haber sido diagnosticado con autismo a una edad temprana, haber tardado mucho en empezar a hablar y haber superado todo eso para labrarse una reputación. Y Cambridge también estaba promoviendo eso.
Parte del problema aquí es que las universidades quieren contratar cada vez más a estrellas que tengan historias personales increíbles y grandes grupos de seguidores, que puedan atraer una cobertura mediática positiva para la institución.
¿Pero esa historia personal no era cierta?
Algunas partes eran ciertas, pero otras realmente desafiaban la credibilidad y resultaron ser mentiras y exageraciones. Él decía que no había hablado antes de los 11 años y que no había leído antes de los 18. En nuestro reportaje, encontramos a personas que lo conocieron de niño, incluyendo a un especialista en lenguaje que trabajó con él, que contradijeron esto.
¿El comité de contratación podría haberse dado cuenta de esto?
La respuesta corta es sí. No tenemos un conocimiento completo de cómo se desarrollaron esas deliberaciones, pero las nueve personas del comité de contratación eran expertas en temas como la forma en que las personas aprenden y se desarrollan.
Al menos un miembro clave del comité era un psiquiatra infantil, y él mismo había realizado investigaciones sobre el autismo. Podría decirse que estaba en posición de entender que las afirmaciones de Arday en realidad no tenían precedentes en la literatura médica.
¿Por qué aparentemente hicieron caso omiso?
Cambridge es una de las universidades más selectas del mundo. Pero también tiene la reputación de ser muy blanca, privilegiada y un poco estirada.
Así que los críticos dicen que los partidarios de Arday pensaron que su contratación podría ayudar a cambiar la imagen de Cambridge. No solo habían contratado a un académico negro, sino también a un académico joven que tenía una vida notable. Proporcionaba un contrapunto a lo que muchas personas pensaban de Cambridge en ese momento.
¿Cuándo se enteró Cambridge de los posibles problemas en el trabajo de Arday?
Casi de inmediato. Cambridge fue alertada por primera vez sobre un posible plagio tres meses después de haberlo contratado. No lidiaron con estas acusaciones rápidamente, lo cual no es inusual. Lo que sí es inusual es la forma tan activa en que defendieron a Arday. Dijeron que se enfrentaba a varios problemas en el momento en que escribió esos artículos que habían influido en su trabajo, incluido el racismo directo e indirecto.
Luego, una publicación muy respetada del sector académico alertó a Cambridge sobre problemas en la tesis doctoral de Arday. Pero la universidad continuó defendiéndolo, llegando a decir que era víctima de una vil campaña.
Así que estas últimas acusaciones no surgieron de la nada. Llevan tres años circulando dentro de Cambridge. La universidad fácilmente podría haber hecho su propia investigación, pero no lo hizo.
Así que Cambridge no solo estaba defendiendo a Jason Arday. También se estaba defendiendo a sí misma, y su decisión inicial de contratarlo.
Otra preocupación de otros profesores con los que hablamos mis colegas y yo fue que este era un puesto que normalmente se otorga a personas con mucha experiencia. Argumentan que, al lanzar a Arday a ese cargo tan cerca del comienzo de su carrera, y al promover intensamente su historia personal con todas sus fallas, la universidad lo expuso a un intenso escrutinio y, en última instancia, al fracaso.
Esto no quiere decir que él mismo no estuviera impulsando estas cosas. Pero sin la marca de Cambridge y sin esa amplia cobertura mediática, su historia podría haberse visto muy diferente. Y podría decirse que, si Cambridge hubiera lidiado con eso antes, esto no habría estallado de esta manera tan pública y trágica.
¿Crees que la magnitud de la atención mediática que recibió Arday fue desproporcionada para lo que hizo?
Bueno, no he hecho un análisis que pueda responder a eso. Los defensores de Arday dirían que los académicos negros están sometidos a un escrutinio desproporcionado; citarían a la expresidenta de Harvard, Claudine Gay, quien fue acusada de plagio por infracciones mucho menores.
Pero a los medios también les fascinan los fabuladores. ¿Recuerdas a George Santos, Jayson Blair o —para dar otro ejemplo del Reino Unido— El sendero de la sal? Y esta historia venía aderezada con temas de guerra cultural en torno a la diversidad, equidad e inclusión en las contrataciones, la neurodiversidad y la educación superior. Estaba destinada a ser una mezcla explosiva.
Mara, ¿cuáles serán las repercusiones a largo plazo de esto?
En Cambridge, los académicos dicen estar preocupados de que esto le haya hecho un daño inmenso a los esfuerzos de diversidad, a la reputación de la universidad, a sus propias reputaciones y a la contratación de profesores y estudiantes en el futuro.
A los expertos en retrasos del desarrollo les preocupa que la historia de la notable trayectoria de Arday les haya dado a las familias falsas esperanzas y falsas expectativas de lo que es posible con un diagnóstico relativamente extremo.
Y ahora que ha muerto, la gente pide que se examine el papel de los medios de comunicación en su muerte. Esta historia no ha terminado.
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https://www.publico.es/opinion/columnas/caso-arday-reflexiones-despues-linchamiento.html
El caso Arday: reflexiones después de un linchamiento
Por Javier López Alós
Doctor en filosofía y escritor.
19/08/2026 21:30-Actualizado a20/08/2026 09:06
Podría ser, y acaso acabe siéndolo, el argumento de una película, pero no lo es: Jason Arday, un joven académico británico negro diagnosticado de autismo, con una tendencia casi patológica a la fabulación, según se cree, durante años va trufando su fulgurante éxito profesional de historias inventadas, relatos hiperbólicos y verdades muy dudosas de las que, sin embargo, nadie parece dudar. Luego, cuando afloran las sospechas, tampoco hay mucho espacio para la duda. Está claro, es culpable, también de plagio. Y entonces sí, Arday merece el escrutinio de cada cosa que alguna vez dijo o escribió. Porque además es negro y, dicen, ésa es la razón por la que pudo hacer carrera y convertirse en profesor de la Universidad de Cambridge. La maldita discriminación positiva de lo woke, que está bajando el nivel intelectual de nuestras instituciones más venerables, que nos está fastidiando la meritocracia. Esto es una guerra cultural y la extrema derecha global, que además tiene en la universidad (ese supuesto nido de izquierdistas) uno de sus frentes de batalla predilectos, no desaprovecha la ocasión.
Arday debe pagar, demuestra la prensa, claman las redes, y el veredicto es tan atronador que Nathan Cofnas, un investigador de la Universidad de Gante obstinado en demostrar las bases científicas del racismo, puede jactarse de que su publicación de denuncia sea la que ha desencadenado el fin de un engaño que otros habían investigado durante años. Cofnas, que ya había dejado por escrito que los negros son menos inteligentes (que los blancos, sobreentendida referencia), ve en Arday la prueba de lo que él lleva tiempo denunciando, que la existencia de académicos negros es contraria al criterio de mérito en la universidad: sólo en ámbitos como el deporte o el entretenimiento pueden tener los de esta raza un lugar destacado. Y la presión continúa y se convierte en acoso y Arday dimite y la presión y el acoso continúan y Arday aparece muerto en su casa el pasado 13 de agosto.
Con repercusión internacional, las circunstancias que rodean esta triste historia ofrecen múltiples flancos para el análisis. Para empezar, resulta harto elocuente que la única discriminación que parece molestar a alguna gente es la positiva. La negativa, la sufrida por razón de raza, género, clase, por nombrar sólo algunos criterios, ésa no molesta. Ésa, que es histórica, se viene a explicar falazmente por derecho natural con impecable circularidad: siempre hemos ocupado posiciones de superioridad, por tanto, es aberrante que se introduzcan mecanismos correctores de la sana desigualdad, que va de suyo, quod erat demonstrandum. Según vemos, desde perspectivas como la de Cofnas, la meritocracia sólo constituye un fraude cuando beneficia a un negro, a una mujer, a una persona con minusvalía, que resulta no estar a la altura del puesto que alcanza. Ya se sabe, miremos a nuestro alrededor: si exceptuamos estas inclusiones excéntricas, la fantasía meritocrática no tiene falla y el sistema garantiza que cada uno ocupe el lugar que le corresponde.
Pero además del oportunismo de los sectores más reaccionarios de (dentro y fuera de) la universidad, la falta de escrúpulos en la prensa, las campañas de acoso y derribo desde las redes sociales destinadas a destruir a la persona, el papel protagónico del racismo, las comparaciones con el tratamiento y resolución de tantos otros casos de mala praxis que acaban en nada, creo que habría que decir algo sobre las lógicas institucionales y sociales de nuestra época.
El hecho de que Jason Arday no fuese ningún santo no justifica la inquina y el ensañamiento con el que se sigue tratando su caso. Para un número no pequeño de personas, Arday ha servido como chivo expiatorio de todos los males de la cultura de nuestro tiempo, no sólo la universidad. De los males reales y de los inventados. Hablando de los primeros, en efecto, hay fraude (creciente y organizado) y hay promoción de sujetos muy por encima de sus verdaderos méritos intelectuales. Y la razón es estructural, sí, pero, por desgracia no tiene nada que ver con las políticas de diversidad ni con la crisis de una ideología de la meritocracia a estas alturas por completo desacreditada y que sólo sirve para encubrir las razones de la desigualdad.
De hecho, lo que habría que preguntarse es qué tipo de sistema universitario es capaz de integrar sin mayor problema el tipo de conductas atribuidas a Arday durante años sin que ocurra nada, qué diseño de cursus honorum opera para que pueda darse una carrera de esta clase. Habría que pararse a reflexionar si un caso así no responde más bien a la lógica de la hipercompetitividad y del todo o nada, de la apuesta por inflar globos (y globeros), que es la que está fomentando el ventajismo y la trampa, y convirtiendo en estrellas a cantamañanas sin remedio cuyas faltas habrá que ir tapando porque ya son las propias. Hasta que todo salta y entonces sobreviene la crisis y la figura en cuestión queda a merced de la turba.
Por otra parte y con respecto a las acusaciones de plagio, resulta absolutamente desoladora la distancia existente entre el silencio corporativo previo al descubrimiento público del fraude (se sabe, se comenta sotto voce, se mira hacia otro lado, se neutraliza con burocracias, se calla) y el escándalo e indignación posterior a la caída, porque tiene que caer (cómo es posible, qué vergüenza, venga el castigo ejemplar). Como si esa intransigencia, esos golpes de pecho (o de hacha en el árbol caído) de los que hasta ese momento decidieron inhibirse, fueran a borrar la cobardía, la negligente complacencia con los plagiarios o el abandono desleal de los plagiados. Al cabo, en el plagio también cuentan las jerarquías. Pero no, por mucha gente que se sume, participar en linchamientos para castigar las culpas ajenas no borra las responsabilidades propias.
Más allá de las características personales de un individuo concreto, haríamos bien en preguntarnos el grado de congruencia entre el ideal del triunfo a toda costa y el recurso a la ventaja competitiva de la mala praxis, y, a su vez, cuál es la correspondencia entre los ideales declarados de la institución universitaria y el diseño de la carrera profesional. Porque estas respuestas seguramente arrojen algo más de verdad acerca de los sufrimientos, contradicciones y a veces injustificables conductas de sus gentes. En todo caso, más que despacharlo todo gritando muy fuerte ¡corrupción!, tan fuerte que no sea posible escuchar nada de lo que está pasando por debajo.