jueves, 22 de octubre de 2026

El auge del sistema chino de publicación académica (Parte 1): El ecosistema de revistas científicas de China está acelerándose

Publicado en The Scholarly Kitchen https://scholarlykitchen.sspnet.org/2026/06/03/the-rise-of-chinas-scholarly-publishing-system-part-1-chinas-journal-ecosystem-is-accelerating/?informz=1&nbd=567d61ec-36ea-4197-85eb-43e2bd36d175&nbd_source=informz 


El auge del sistema chino de publicación académica (Parte 1): El ecosistema de revistas científicas de China está acelerándose

Por Ashutosh Ghildiyal, Ning Zhang, Gareth Dyke y Yanli Wang
3 de junio de 2026

Nota del editor: La entrada de hoy está escrita por los colaboradores de The Scholarly Kitchen Ashutosh Ghildiyal, Ning Zhang, Gareth Dyke y Yanli Wang. Ning es fundador y director ejecutivo de TopEdit Author Services. Gareth es consultor especializado en mercados académicos y redes de investigación en China y Asia Central, además de cofundador de Sci-Train. Yanli es directora de servicios editoriales de TopEdit. La segunda parte estará disponible mañana.

China ya no es simplemente un importante contribuyente a la producción científica mundial; cada vez más se está convirtiendo en una fuerza clave que moldea el futuro de la publicación académica. Gracias a una extraordinaria escala de producción de artículos, indicadores de calidad en rápida mejora y amplias redes de colaboración, China está pasando de ser principalmente un mercado de envío de manuscritos a convertirse en un posible centro de gravedad de la ciencia global.

Su ecosistema nacional de publicación de revistas científicas está evolucionando al mismo ritmo. Las revistas chinas están invirtiendo en infraestructura editorial, tecnología de publicación, visibilidad internacional y calidad de la revisión por pares. Lo que antes era un entorno editorial predominantemente local ahora se está posicionando para competir a escala mundial, no solo en volumen de publicaciones, sino también en prestigio, citas e influencia disciplinaria.

Más recientemente, esta evolución se ha extendido más allá de las propias revistas hacia las reglas fundamentales del sistema: las políticas, el financiamiento y la evaluación. China ya no se limita a desarrollar capacidad editorial; está comenzando a influir en la manera en que la investigación se orienta, se financia, se evalúa y se valida.

Comprender qué está ocurriendo realmente y por qué sucede constituye el primer paso necesario antes de considerar cómo deberían responder las editoriales y demás actores del ecosistema de la comunicación científica.

La Fase II en acción: creación de nuevas revistas a gran escala

La evidencia más clara de que la Fase II no es meramente simbólica se encuentra en el ritmo de creación de nuevas revistas científicas. En noviembre de 2024, la Asociación China para la Ciencia y la Tecnología (CAST) anunció el financiamiento de 50 nuevos proyectos de revistas de “alto punto de partida” (High-Starting-Point journals). En 2025, se seleccionaron otras 70 revistas, elevando el total a 120 nuevas publicaciones financiadas bajo la Fase II.

El Plan de Acción para la Excelencia ha ido claramente más allá de la modernización de revistas ya existentes; ahora está impulsando activamente la creación de una nueva generación de publicaciones diseñadas para lanzarse a gran escala. Según se informa, la mayoría serán revistas en lengua inglesa, lo que refuerza la ambición de China de competir por autores, lectores y citas a nivel mundial. Se espera que muchas de ellas comiencen a publicar en 2026.

Entre las instituciones seleccionadas se encuentran universidades de investigación, instituciones médicas y centros especializados de investigación de toda China, lo que sugiere que la propiedad de revistas científicas y el liderazgo editorial se han convertido en vías reconocidas para fortalecer la influencia de disciplinas académicas específicas.

El financiamiento de la investigación como palanca estratégica

Análisis recientes sugieren que China está encaminada a convertirse en el mayor financiador público de investigación científica del mundo en los próximos años. Para 2023, el gasto gubernamental chino en investigación y desarrollo (I+D) había aumentado aproximadamente un 90 % respecto a la década anterior, alcanzando una cifra estimada de 133 mil millones de dólares, mientras que el crecimiento en Estados Unidos y la Unión Europea había sido comparativamente modesto. Las proyecciones indican que China podría superar a Estados Unidos en financiamiento público para la investigación entre 2027 y 2029.

Si una proporción cada vez mayor de la investigación mundial es financiada por instituciones chinas, la atracción natural del sistema científico global tenderá a desplazarse hacia las revistas, plataformas y sistemas de evaluación de China. Mecanismos de política científica como los mandatos de publicación en revistas nacionales y las restricciones al financiamiento de cargos por procesamiento de artículos (APC) no constituyen distorsiones del sistema; son aceleradores que actúan sobre una estructura que ya se encuentra en proceso de transformación.

Históricamente, el liderazgo en el financiamiento de la investigación se ha traducido en liderazgo en influencia científica. Estados Unidos ha ocupado esa posición desde la Segunda Guerra Mundial. Un cambio en el liderazgo del financiamiento representaría no solo un hito numérico, sino una reconfiguración significativa del orden global del conocimiento.

Desde esta perspectiva, el ascenso de las revistas científicas chinas no se explica únicamente por la calidad editorial o la capacidad de sus plataformas; también responde a su alineación con la fuente de inversión en investigación de más rápido crecimiento en el mundo.

En esencia, se trata de una cuestión de diseño de incentivos. Los investigadores no eligen las revistas de forma aislada; responden a sistemas de recompensas, reconocimiento y progresión profesional. A medida que el financiamiento, la evaluación y las políticas científicas se alinean cada vez más estrechamente dentro del ecosistema chino, las decisiones sobre dónde publicar dejan de ser una cuestión de preferencia individual para convertirse en una respuesta racional a una estructura coherente de incentivos.

Intentar competir únicamente a nivel de las revistas, sin intervenir en el nivel de los incentivos que orientan el comportamiento de los investigadores, corre el riesgo de abordar los síntomas en lugar de las causas subyacentes.

Redirigiendo el flujo de la investigación

Los debates de política científica en China indican actualmente que entre el 20 % y el 50 % de la producción científica financiada con fondos nacionales debería publicarse en revistas de propiedad china. Si esta medida se implementa a gran escala, no representaría simplemente una preferencia editorial; constituiría una intervención capaz de moldear el mercado, creando un flujo garantizado de artículos para las revistas nacionales, reforzado por incentivos institucionales y por los mecanismos de financiamiento del Estado.

Este cambio también se está consolidando mediante decisiones directas de financiamiento. La Academia China de Ciencias (CAS), la mayor institución de investigación del mundo, ha señalado que planea dejar de cubrir los cargos por procesamiento de artículos (APC) en 30 revistas internacionales de alto costo, entre ellas Nature Communications, Cell Reports y Science Advances. Esto representa un desafío directo al modelo de ingresos basado en acceso abierto del que han llegado a depender muchos editores internacionales.

Cabe destacar que esta decisión recibió una amplia cobertura en la televisión nacional, algo relativamente poco frecuente y que señala claramente la orientación más amplia de la política gubernamental: redirigir el gasto en investigación hacia la infraestructura editorial nacional y fortalecer la influencia de China en la publicación académica.

Como ha señalado George Cooper, profesor de práctica editorial en el University College London (UCL), este proceso representa un cambio de política impulsado desde arriba que se aleja de los incentivos para publicar en revistas con altos factores de impacto y se orienta hacia la priorización de la infraestructura nacional de investigación de China.

Es probable que estas políticas también provoquen un cambio gradual en el comportamiento de los investigadores. A medida que las revistas nacionales ganen visibilidad, mejoren sus estándares editoriales y se alineen más estrechamente con los sistemas de financiamiento y evaluación, la percepción de que existe una disyuntiva entre el prestigio internacional y la alineación con las prioridades nacionales comenzará a disminuir.

Lo que empieza como una redirección de manuscritos impulsada por la política pública podría evolucionar finalmente hacia un cambio genuino de preferencias, especialmente entre los investigadores en las primeras etapas de sus carreras, cuyos incentivos están más estrechamente vinculados a los sistemas nacionales de evaluación científica.

Influencia editorial y efectos de red

La influencia en la publicación académica suele ejercerse menos a través de la propiedad de las revistas que mediante el control de las redes de intermediación y validación científica, incluidas las vías de revisión por pares, la toma de decisiones editoriales y la configuración de las normas y estándares disciplinarios.

Una vez que una masa crítica de investigadores influyentes en un determinado campo comienza a desempeñarse como editores de revistas chinas, estas publicaciones adquieren no solo credibilidad, sino también acceso privilegiado a los flujos de envío de manuscritos, a las redes de revisores y a las tendencias emergentes de investigación.

Con clasificaciones nacionales más sólidas, un mayor número de manuscritos impulsados por políticas públicas y una inversión institucional en expansión, las condiciones para acelerar este cambio están cada vez más consolidadas.

Integridad de la investigación a gran escala

Los artículos con afiliaciones institucionales chinas representan más de la mitad de las retractaciones registradas por las principales editoriales científicas, a pesar de constituir una proporción significativamente menor de la producción científica mundial. Las retractaciones reflejan no solo casos de mala conducta científica, sino también diferencias en la intensidad de la detección, las prácticas editoriales y los niveles de escrutinio. Una proporción importante de estos casos se ha relacionado con procesos de revisión por pares comprometidos y con la actividad de las denominadas “fábricas de artículos” (paper mills) que operan a gran escala. Las diferencias entre editoriales en la forma de investigar y reportar las retractaciones, junto con posibles variaciones geográficas en los niveles de vigilancia, complican aún más las comparaciones directas.

En conjunto, estos patrones refuerzan una idea más amplia: los desafíos relacionados con la integridad de la investigación son problemas sistémicos, moldeados por los incentivos, los mecanismos de supervisión y la escala de los sistemas científicos, y tienden a hacerse más visibles a medida que estos sistemas crecen. No son problemas exclusivos de China, pero adquieren una importancia proporcionalmente mayor —y consecuencias más significativas para el sistema científico mundial— conforme se expande la producción científica china.

También existen indicios de que los responsables políticos chinos están tomando este asunto con seriedad. En febrero de 2026, el Ministerio de Ciencia y Tecnología de China (MOST) anunció que impondría sanciones a las universidades que no investiguen o castiguen adecuadamente los casos graves de mala conducta científica, especialmente cuando los artículos hayan sido retractados en revistas internacionales. Asimismo, estableció una base de datos nacional de casos graves de mala conducta científica, que será utilizada para determinar la elegibilidad de investigadores e instituciones para recibir financiamiento y participar en programas de desarrollo de talento científico.

Del desarrollo de revistas a la construcción de sistemas

China está tratando la publicación académica como una infraestructura estratégica: una extensión de su capacidad científica y de su influencia global. El énfasis en plataformas, agrupaciones (clusters), capacidad operativa y autonomía en los sistemas de métricas refleja un enfoque cada vez más maduro cuyo objetivo ya no es simplemente la excelencia de las revistas individuales, sino la competitividad de todo el sistema de publicación científica en cada uno de sus niveles.

Este enfoque refleja la estrategia más amplia de desarrollo de China: fortalecer la circulación interna mientras se construye competitividad global. El efecto combinado de los mandatos nacionales de publicación, la creación de nuevas revistas a gran escala, la expansión de las redes editoriales, la inversión en infraestructura y el desarrollo de marcos propios de evaluación está generando las condiciones para un ecosistema de publicación académica paralelo y autosostenido, con sus propios insumos, sistemas de validación y jerarquías de prestigio.

Cada vez resulta más útil interpretar esta situación no como una competencia entre revistas individuales, sino como una competencia entre sistemas, donde cada sistema está compuesto por flujos de financiamiento, canales de publicación, métricas de evaluación, redes editoriales y marcos normativos que se refuerzan mutuamente.

La ventaja estratégica no recaerá en el componente individual más fuerte, sino en el sistema que posea la mayor coherencia interna. En este sentido, la trayectoria actual de China refleja una transición desde la simple participación en el sistema global de publicación científica hacia un papel activo en su transformación.

No se trata de una posibilidad lejana ni de un escenario extremo. Es una tendencia que ya puede observarse en los datos, en la orientación de las políticas públicas y en los comportamientos institucionales descritos anteriormente.

La Parte 2 examina lo que todo esto significa en la práctica para las editoriales internacionales y explora cómo podría articularse una respuesta estratégica y constructiva ante esta transformación. 

…………………………………………….


The Rise of China’s Scholarly Publishing System Part 1: China’s Journal Ecosystem Is Accelerating


By Ashutosh Ghildiyal, Ning Zhang, Gareth Dyke, Yanli Wang


Jun 3, 2026


Editor’s Note: Today’s post is by Scholarly Kitchen Chef Ashutosh Ghildiyal, Ning Zhang, Gareth Dyke, and Yanli Wang. Ning is the founder and CEO of TopEdit Author Services. Gareth is a Consultant specialising in scholarly markets and researcher networks in China and Central Asia, and is a co-founder of Sci-Train. Yanli is the Publishing Service Director at TopEdit. Part 2 will be available tomorrow.

China is no longer simply a major contributor to global research output; it is increasingly becoming a key force shaping the future of scholarly publishing. With extraordinary scale in article production, rapidly improving quality metrics, and extensive collaboration networks, China is moving from being primarily a submissions market to a potential center of gravity for global science.

Its domestic journal publishing ecosystem is evolving at a similar pace. Chinese journals are investing in editorial infrastructure, publishing technology, international visibility, and peer review quality. What was once a largely local publishing environment is now positioning itself to compete globally, not only on volume but also on prestige, citations, and disciplinary influence.

More recently, this evolution has extended beyond journals themselves into the underlying rules of the system: policy, funding, and evaluation. China is no longer only building publishing capacity; it is beginning to shape how research is directed, funded, assessed, and validated. Understanding what is actually happening, and why, is the necessary first step before considering how publishers should respond. 

The Excellence Action Plan Moves from Signal to Execution

In 2019, China launched the Science and Technology Journal Excellence Action Plan, aimed at elevating the quality and global standing of Chinese scientific journals. From the beginning, international observers interpreted it as more than an academic modernization program; it was also a strategic move to reduce dependence on Western publishing platforms and reshape the global flow of Chinese research.

In November 2024, the China Association for Science and Technology (CAST) announced the 2024 Special Project under the Excellence Action Plan, effectively marking the launch of its second major phase, widely understood as spanning 2024 to 2028.

Phase I largely focused on identifying and supporting China’s most promising journals. Phase II expands the emphasis toward cultivation: building and developing journals over time rather than simply rewarding established leaders. With a total commitment of 1.2 billion RMB over five years (2024 to 2028), this sustained government investment underscores that China views scholarly publishing as strategic infrastructure rather than a service industry.

Perhaps most strategically significant is the continued focus on digital publishing platforms and journal clusters. Thirteen clusters with a strong foundation were funded in Phase II. Individual journal quality alone does not challenge the market power of major international publishers; infrastructure does. Journal clusters enable shared technology, shared workflows, integrated marketing, unified standards, and economies of scale, precisely the structural advantages that global publishers have historically held.

What deserves particular attention is the role of platform control as a strategic lever. Journal clusters and digital publishing platforms are not simply operational efficiencies; they are coordination mechanisms that shape submission flows, peer review pathways, data capture, and downstream analytics. Over time, platform ownership enables the integration of author services, reviewer networks, research integrity checks, and metrics into a unified environment, creating switching costs and ecosystem stickiness that extend well beyond individual journals. The current focus on platforms is not an implementation detail; it is a long-term play for structural influence over the research life cycle itself. Phase II is not simply funding-driven; it is execution-driven.  

Phase II in Action: Building New Journals at Scale

The clearest evidence that Phase II is not symbolic lies in the pace of new journal creation. In November 2024, CAST announced funding for 50 new “High-Starting-Point” journal projects. In 2025, a further 70 were selected, bringing the total to 120 new journals funded under Phase II. The Excellence Action Plan has moved decisively beyond upgrading existing journals; it is now actively creating a new generation of titles designed to launch at scale. The majority are reportedly English-language journals, reinforcing China’s ambition to compete for global authorship, readership, and citations. Many are expected to begin publishing in 2026.

Research universities, medical institutions, and specialized research institutes across China are all represented in the selections, suggesting that journal ownership and editorial leadership have become recognized pathways to building disciplinary influence. 

Research Funding as a Strategic Lever

Recent analysis suggests that China is on track to become the world’s largest public funder of scientific research within the next few years. By 2023, government R&D spending in China had grown by approximately 90 percent over the preceding decade, reaching an estimated $133 billion, while growth in the United States and the European Union had remained comparatively modest. Projections indicate that China could surpass the United States in public research funding as early as 2027 to 2029.

If a growing share of global research is funded by Chinese institutions, the natural gravitational pull will shift toward Chinese journals, platforms, and evaluation systems. Policy mechanisms such as domestic publishing mandates and APC funding restrictions are not distortions of the system; they are accelerants acting upon an already shifting foundation.

Historically, leadership in research funding has translated into leadership in scientific influence. The United States has held that position since World War II. A transition in funding leadership would represent not just a numerical milestone but a meaningful reconfiguration of the global knowledge order. The rise of Chinese journals, in this light, is not merely about editorial quality or platform capability; it is about alignment with the fastest-growing source of research investment in the world.

This is, at its core, a question of incentive design. Researchers do not choose journals in isolation; they respond to systems of rewards, recognition, and career progression. As funding, evaluation, and policy become more tightly aligned within the Chinese ecosystem, publishing behavior becomes less a matter of individual preference and more a rational response to a coherent incentive structure. Competing at the journal level without engaging at the level of incentives risks addressing symptoms rather than causes.

Redirecting the Flow of Research

Policy discussions in China now indicate that 20 to 50 percent of nationally funded research output should be published in Chinese-owned journals. If implemented at scale, this would not simply represent an editorial preference; it would constitute a market-shaping intervention, creating a guaranteed domestic supply pipeline reinforced by institutional incentives and national funding flows.

This shift is being reinforced through direct funding behavior. The Chinese Academy of Sciences (CAS), the world’s largest research institution, has signaled that it plans to stop covering APCs for 30 high-cost international journals, including Nature Communications, Cell Reports, and Science Advances. This represents a direct challenge to the open access revenue model on which many international publishers have come to rely. Notably, this development received prominent coverage on national television, a relatively rare occurrence that signals the broader direction of government policy: to redirect research spending toward domestic publishing infrastructure and to strengthen China’s own academic publishing influence.

As George Cooper, a lecturer in publishing practice at University College London, has observed, this represents a top-down policy shift away from incentivizing publication in high-impact-factor journals and toward prioritizing China’s domestic research infrastructure.

These policies are also likely to drive a gradual behavioral shift among researchers. As domestic journals gain visibility, improve editorial standards, and become more closely aligned with funding and evaluation systems, the perceived trade-off between international prestige and domestic alignment will begin to narrow. What begins as a policy-driven redirection of submissions may ultimately evolve into a genuine preference shift, particularly among early-career researchers whose incentives are most tightly coupled to national evaluation systems. 

Emerging Metrics Frameworks: The Dongbi Index and Beyond

Launched in 2026 and developed by Dongbi Data, the Dongbi Index covers 12,710 journals across 10 disciplines, extending well beyond the medical and life sciences. Journals are ranked into tiered categories (A, B, C, and D) using citation quality and network analysis rather than raw citation volume, based on the premise that high-quality research cites high-quality research.

The Dongbi Index is not a government initiative, and its uptake within China’s research community continues to develop. Of note, the Xinrui Journal Ranking, released earlier in 2026, has reportedly attracted considerable attention within China’s scholarly publishing community and may prove equally significant as an alternative evaluation framework.

The Journal Impact Factor, administered by Clarivate, has long served as a global gatekeeper of prestige and a core driver of submission behavior. The emergence of China-developed alternatives represents an effort to build evaluation frameworks that are not dependent on Western-controlled systems. Considered alongside the domestic publishing mandate and the APC policy shift, these metrics initiatives contribute to an increasingly integrated domestic publishing logic: fund locally, publish locally, evaluate locally, and gain prestige locally.

The deeper question is whether the field moves from a single dominant hierarchy toward multiple coexisting legitimacy regimes, requiring publishers and researchers alike to navigate overlapping systems of evaluation rather than relying on a single global standard.

Editorial Influence and Network Effects

Influence in scholarly publishing is often exerted less through ownership than through control of gatekeeping networks, including peer review pathways, editorial decision-making, and the shaping of disciplinary norms.

Once a critical mass of influential researchers in a given field begins serving as editors for Chinese journals, those journals gain not only credibility, but also privileged access to submission flows, reviewer networks, and emerging research trends. With stronger domestic rankings, more policy-directed submissions, and expanding institutional investment, the conditions for accelerating that shift are increasingly in place.

Research Integrity at Scale

Papers with Chinese institutional affiliations account for more than half of retractions across major publishers, despite representing a significantly smaller share of global research output. Retractions reflect not only misconduct but also differences in detection intensity, editorial practices, and scrutiny levels. A significant proportion of cases has been linked to compromised peer review and paper mill activity operating at scale. Variation in how publishers investigate and report retractions, alongside possible geographic differences in scrutiny, further complicates direct comparisons.

Taken together, these patterns reinforce a broader point: research integrity challenges are systemic, shaped by incentives, oversight, and scale, and become more visible as research systems grow. They are not unique to China, but they become proportionally more significant, and more consequential for the global system, as China’s research output expands.

There are also signs that Chinese policymakers are taking this issue seriously. In February 2026, MOST announced that it would penalize universities that fail to investigate or sanction serious cases of research misconduct, particularly where papers have been retracted in international journals. It also established a national database of serious misconduct cases to inform funding and talent program eligibility.

From Journal Development to System Building

China is treating scholarly publishing as strategic infrastructure: an extension of scientific capacity and global influence. The emphasis on platforms, clusters, operational execution, and metrics independence signals a maturing approach whose objective is no longer simply journal excellence, but publishing system competitiveness across every layer.

The approach mirrors China’s broader development strategy: strengthen domestic circulation while building global competitiveness. The combined effect of domestic mandates, new journals at scale, editorial network expansion, infrastructure investment, and evolving metric frameworks is creating the conditions for a parallel, self-reinforcing scholarly publishing ecosystem with its own inputs, validation systems, and prestige hierarchy.

It is increasingly useful to view this not as competition between journals, but as competition between systems, each comprising funding flows, publication venues, evaluation metrics, editorial networks, and policy frameworks that reinforce one another. Strategic advantage will accrue not to the strongest individual component, but to the system that is most internally coherent. In that sense, China’s current trajectory reflects a shift from participating in the global publishing system to actively reshaping it.

This is not a distant prospect or a worst-case scenario. It is a trajectory already visible in the data, policy direction, and institutional behavior described above. Part 2 turns to what this means in practice for international publishers, and what a constructive and strategic response might look like.

Ashutosh Ghildiyal

Ashutosh Ghildiyal is Vice President of Growth, Strategy & Brand at Integra, where he leads marketing, brand, and growth initiatives focused on expanding upstream publishing services, including AI-assisted manuscript screening, peer review, and research integrity solutions. His work centers on shaping Integra’s brand as a trusted, future-ready partner in scholarly publishing by articulating value, strengthening market presence, and building meaningful connections with the global research community.

Ning Zhang

Ning Zhang is the founder and CEO of TopEdit Author Services. He is a botanist and lives in the Washington Metropolitan area.

Gareth Dyke

Dr. Gareth Dyke is an accomplished researcher, author, and journal manager with over 380 peer-reviewed publications. With extensive experience bridging academia and publishing, he has worked with Charlesworth, TopEdit, Edanz, Springer Nature, Reviewer Credits, and 4Evolution. He is a Consultant specialising in scholarly markets and researcher networks in China and Central Asia, and is a co-founder of Sci-Train. Holding a PhD from the University of Bristol, he has held faculty positions at University College Dublin and the University of Southampton, and in Beijing and Chengdu, China. Gareth is also an experienced educator, delivering global researcher training sessions and collaborating with institutions across Europe and Asia.

Yanli Wang

Dr. Wang is based in Nanjing, China. With her extensive background as an editor, she has gained a deep understanding of the China’s publishing ecosystem. As Publishing Service Director at TopEdit, she has successfully collaborated with leading international publishers, including Sage, Canadian Science Publishing, and the University of Toronto Press. Her expertise in the publishing field empowers her to connect and foster collaboration among publishing communities worldwide.





miércoles, 21 de octubre de 2026

El declive de las grandes universidades de investigación estadounidenses

Publicado en The Chronicle of Higher Education
https://www.chronicle.com/article/the-decline-of-the-great-american-research-university





El declive de las grandes universidades de investigación estadounidenses


Desde hace años, las universidades chinas han ido ganando terreno a las instituciones occidentales, hasta llegar a superarlas.


Por Richard Holmes, 10 de noviembre de 2025


Las universidades estadounidenses se hunden en una espiral de autoengaño. Siguen hablando de su compromiso con la excelencia, de sus grandes logros, de su liderazgo en el mundo de la ciencia, pero se lamentan del daño que el presidente Trump les ha infligido, les está infligiendo o está a punto de infligirles. Como escribió el rector de Harvard, Alan M. Garber, en una carta dirigida a la comunidad universitaria la pasada primavera:


Las nuevas fronteras nos atraen con la perspectiva de avances que cambiarán nuestras vidas: desde tratamientos para enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson y la diabetes, hasta avances revolucionarios en inteligencia artificial, ciencia e ingeniería cuánticas y muchas otras áreas de posibilidades. Si el Gobierno se retira ahora de estas colaboraciones, pone en riesgo no solo la salud y el bienestar de millones de personas, sino también la seguridad económica y la vitalidad de nuestra nación.


La respuesta del Instituto Tecnológico de Massachusetts a la «actividad gubernamental» lo expresó de manera similar:  


El MIT sigue avanzando en su fundamental misión de investigación y educación, que abarca temas como la salud humana, la innovación energética, la computación cuántica, la fabricación avanzada y otras áreas importantes para la seguridad nacional, la competitividad económica y la calidad de vida de todos los estadounidenses.


Sin embargo, la cruda realidad es que la investigación universitaria estadounidense, especialmente en el ámbito de las ciencias, comenzó a declinar hace décadas, y Trump no tuvo nada que ver con ello. El declive fue, en gran medida, culpa nuestra.


Es posible que la educación superior estadounidense no sea consciente de su pérdida de prestigio en la escena mundial. Cuenta con el respaldo de expertos, administradores y medios de comunicación occidentales, y obtiene resultados excepcionalmente buenos en las listas anuales de los principales rankings universitarios internacionales. Sin embargo, esos rankings han pasado por alto un descenso constante de la calidad.


Los estadounidenses suelen centrarse en los rankings nacionales publicados por U.S. News and World Report, y quizá en algunos rankings de escuelas de negocios, como el de Princeton Review, o incluso en los rankings alternativos de Washington Monthly. Cuando consultan las clasificaciones mundiales, suelen fijarse solo en las «cuatro grandes»: el Ranking de Shanghái (también conocido como Ranking Académico de Universidades del Mundo); el ranking de las mejores universidades del mundo de U.S. News; el QS; y el Times Higher Education World University Rankings, estos dos últimos publicados en el Reino Unido. 


Los “cuatro grandes” suelen traer buenas noticias para Estados Unidos y Occidente. Harvard encabeza las clasificaciones generales de U.S. News y del ranking de Shanghái, MIT lidera el QS y Oxford ocupa el primer lugar en Times Higher Education (THE). El top 10 de cada uno de estos rankings está compuesto por universidades estadounidenses y británicas, salvo la Universidad Nacional de Singapur y ETH Zúrich, que aparecen en el ranking QS.

Pero esta es una historia engañosa. Esos cuatro rankings no constituyen la totalidad del panorama de las clasificaciones globales. Existen otra docena, generalmente publicadas por universidades o centros de investigación, que se basan en fuentes públicamente disponibles en lugar de encuestas o datos enviados por las instituciones. Reciben poca publicidad y operan con presupuestos limitados, con gran parte del trabajo realizado por estudiantes de posgrado o becarios. Entre ellos se encuentran el Center for World University Rankings, publicado en Emiratos Árabes Unidos; el National Taiwan University Rankings; el Leiden Ranking, en los Países Bajos; el University Ranking by Academic Performance (URAP), con sede en Turquía; el Round University Ranking, en Georgia; y el SCImago Institutions Rankings, en España.

Estos sistemas de clasificación menos prominentes a nivel global tienen una existencia precaria. Carecen de financiamiento suficiente y ocasionalmente enfrentan cierres o consolidaciones. Tienen metodologías distintas, pero convergen en una narrativa común: la caída de la universidad estadounidense y el ascenso de la universidad de investigación china.

El Leiden Ranking es elaborado por el Centro de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Leiden. Se adhiere a altos estándares y es más conocido entre investigadores que entre administradores o periodistas. Hace algunos años, formé parte de un grupo de investigadores que propuso un método para evaluar rankings globales, y el Leiden Ranking fue el más valorado entre los seis que analizamos.

La medición predeterminada de Leiden (que denomina su “edición tradicional”) evalúa el número de artículos publicados durante un periodo de cuatro años en revistas principales de la base de datos Web of Science. Este año, la Universidad de Zhejiang —y no Harvard— ocupa el primer lugar, y ocho de las diez principales instituciones se encuentran en China continental.

Es cierto que eso no representa necesariamente la cúspide de la publicación académica. Harvard sigue en la cima si consideramos únicamente el 10 % superior de publicaciones, según número de citas. Si consideramos únicamente el 1 % de publicaciones más citadas, entonces Harvard ocupa el primer lugar, y Stanford, Oxford, la Universidad de Toronto y University College London aparecen en el top 10.

Así que, cuando consideramos el pequeño número de artículos extremadamente citados, sí, Harvard, Stanford y las universidades tradicionales británicas siguen liderando el mundo. Pero la tendencia en la ciencia, como en los negocios, es primero cantidad y después calidad.

El University Ranking by Academic Performance (URAP) es elaborado por la Universidad Técnica de Medio Oriente, en Ankara. Se basa enteramente en datos públicos objetivos proporcionados por la plataforma InCites. Este es el ranking general más reciente: primero Harvard, seguido por Université Paris Cité, la Universidad de Toronto, University College London y Zhejiang. En la clasificación de 2014-15, los cinco primeros lugares fueron: Harvard, Toronto, Oxford, Johns Hopkins y Cambridge. Zhejiang ocupaba entonces el lugar 46 y la universidad asiática mejor posicionada era la Universidad de Tokio, en el lugar 17.

Lo que estos rankings capturan consistentemente es que Zhejiang y otras instituciones chinas están ascendiendo muy rápidamente.

Si la marea de la investigación se está desplazando hacia Oriente, ¿por qué los rankings de los “cuatro grandes” siguen colocando a Harvard, MIT, Yale y Stanford en la cima, junto con Oxford, Cambridge y una o dos universidades londinenses?

La respuesta está en sus metodologías. QS tiene una encuesta de reputación académica con una ponderación del 30 % y una encuesta a empleadores que representa otro 15 %. THE tiene una encuesta sobre investigación y enseñanza con un peso del 33 %, y las encuestas de U.S. News sobre reputación investigadora global y regional representan conjuntamente el 25 %. Estas encuestas miden percepciones y reconocimiento de marca. Dependen de la percepción de logros acumulados durante décadas o incluso siglos.

El ranking de Shanghái no tiene una métrica explícita de reputación, pero otorga un 20 % a profesores ganadores de premios Nobel y Fields y un 10 % a exalumnos que los hayan ganado, remontándose varias décadas atrás.

Además, THE, QS y U.S. News dan prioridad a las citas más que a las publicaciones. Las citas siguen a las publicaciones y, por consiguiente, favorecen a las universidades que lideraron el mundo de la investigación en el pasado. El ranking mundial de THE asigna un 30 % a la calidad de la investigación, basada en cuatro indicadores que miden citas, y apenas un 5.5 % a la productividad investigadora actual. Esta diferencia minimiza el ascenso de las universidades chinas: en el ranking mundial THE, la Universidad de Tsinghua, en Pekín, ocupa el quinto lugar mundial en entorno de investigación —que incluye productividad, reputación e ingresos de investigación—, pero solo el lugar 60 en calidad investigadora, basada en citas. QS no contabiliza publicaciones en absoluto, pero asigna gran peso a las citas por profesor. U.S. News Best Global Universities otorga un 10 % a publicaciones y un 50 % a citas.

El ascenso de China y de Asia en general se está acelerando, pero ese avance no se distribuye uniformemente entre disciplinas. China está tomando rápidamente la delantera en investigación en ingeniería e informática. En publicaciones de matemáticas e informática, la totalidad del top 30 del Leiden Ranking corresponde a instituciones de China continental. La Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur, ocupa el lugar 34; el Instituto Avanzado de Ciencia y Tecnología de Corea, el 42; el Instituto Tecnológico Vellore, en India, el 44; y finalmente, en el lugar 50, aparece MIT. Si nos centramos únicamente en el 1 % superior de investigaciones publicadas en estos campos, nuevamente Tsinghua ocupa el primer lugar y MIT el 14.

El mensaje de Leiden es claro. Los científicos chinos están adelantando a Estados Unidos en investigación básica medida por publicaciones en Web of Science. En las ciencias duras, así como en matemáticas e informática, China avanza rápidamente, continuando una tendencia que comenzó hace unas dos décadas.

¿Cómo ha sucedido esto?

Desde los años ochenta, ha habido un deterioro constante de los estándares académicos en la educación superior estadounidense. A partir de 1994 hubo una sucesión de cambios al examen SAT que lo hicieron más inclusivo, pero quizá menos predictivo del éxito científico futuro. Se eliminaron las analogías de la sección verbal, así como ciertos temas avanzados. Se permitió el uso de calculadoras y se eliminaron las penalizaciones por respuestas incorrectas. Hubo más cambios en 2024. Peor aún, las universidades han abandonado las pruebas estandarizadas para el ingreso a licenciatura —e incluso posgrado—, en perjuicio propio.

Las habilidades cognitivas de los estudiantes estadounidenses han disminuido durante décadas, y ese deterioro se aceleró en 2020. Trabajan menos, tienen capacidades de lectura limitadas y son cada vez más intolerantes con las opiniones disidentes. Harvard ha tenido que introducir lo que en la práctica es un curso remedial de matemáticas para estudiantes de licenciatura.

Al mismo tiempo, el reclutamiento y promoción del profesorado se ha visto seriamente comprometido. En los campus de la Universidad de California y otras instituciones, hasta hace poco los candidatos académicos estaban sujetos a juramentos de lealtad política en forma de declaraciones sobre diversidad. En las ciencias sociales y en la farmacología e investigación médica existen señales de una crisis generalizada de replicabilidad.

En contraste, las principales universidades chinas han mantenido políticas rigurosamente meritocráticas. Sin duda, el temido Gaokao —el examen chino de ingreso universitario— provoca enormes niveles de estrés, pero en el sistema estadounidense actual los estudiantes que aspiran a universidades de élite se preocupan no solo por una prueba agotadora, sino también por si sus actividades extracurriculares son suficientemente auténticas, si su pasión es lo bastante profunda y sostenida, si sus grandes sueños se han convertido en realidades aún mayores y si sus ensayos son exactamente lo que impresionará a un mediocre burócrata dedicado a marcar casillas —o, se sospecha, a un modelo de lenguaje de gran escala recientemente actualizado.

Así, el proceso continúa implacablemente. Cada año los investigadores estadounidenses producen relativamente menos artículos, y su calidad disminuye, mientras que las universidades chinas producen relativamente más artículos y más artículos de alta calidad en ciencia e ingeniería. El proceso es especialmente evidente en campos como la física, la robótica y la inteligencia artificial. Y así, el mundo científico está a punto de enfrentar un cambio dramático en su centro de gravedad.



**********************************************


The Decline of the Great American Research University

For years, Chinese universities have been gaining on — and surpassing — Western institutions.


By Richard Holmes November 10, 2025


American universities are heading downwards in a spiral of self-delusion. They still talk about their commitment to excellence, their great achievements, their leadership of the world of science, but they lament the damage that President Trump has inflicted, is inflicting, or is about to inflict on them. As Harvard President Alan M. Garber wrote in a letter to the campus community this past spring:

New frontiers beckon us with the prospect of life-changing advances — from treatments for diseases such as Alzheimer’s, Parkinson’s, and diabetes, to breakthroughs in artificial intelligence, quantum science and engineering, and numerous other areas of possibility. For the government to retreat from these partnerships now risks not only the health and well-being of millions of individuals but also the economic security and vitality of our nation.

The Massachusets Institute of Technology’s response to “government activity” put it similarly: 


MIT continues to press forward with its vital research and education mission, including on topics such as human health, energy innovation, quantum computing, advanced manufacturing, and other areas important to national security, economic competitiveness, and quality of life for all Americans.

The cold reality, however, is that American university research, particularly in the sciences, began to decline decades ago, and Trump had nothing to do with it. The decline was largely self-inflicted.


American higher education may not recognize its diminished status on the global stage. It enjoys the support of Western experts, administrators, and media, and fares exceptionally well in the annual lists of major international university rankings. But those rankers have glossed over a steady decline in quality.

Americans generally focus on the domestic rankings published by U.S. News and World Report, and maybe some business-school rankings, the Princeton Review, or even the alternative Washington Monthly rankings. When they look at global rankings, they usually see only the “big four”: the Shanghai Rankings (aka the Academic Ranking of World Universities); the U.S. News Best Global Universities; the QS; and the Times Higher Education World University Rankings, the latter two of which are published in the United Kingdom.  

The “big four” usually have good news for the United States and the West. Harvard leads in the overall rankings for U.S. News and the Shanghai rankings, MIT leads for QS, and Oxford leads for Times Higher Education (THE). The top 10 in each of these rankings is made up of American and British universities, apart from the National University of Singapore and ETH Zürich, which appear in the QS rankings.

But this is a deceptive story. Those four rankings are not the entirety of the global-ranking scene. There are a dozen others, generally published by universities or research centers, that rely on publicly available sources rather than surveys or data submitted by institutions. They get little publicity and run on limited budgets, with a lot of the hard work done by graduate students or interns. They include the Center for World University Rankings, published in the United Arab Emirates; the National Taiwan University Rankings; the Leiden Ranking, in the Netherlands; University Ranking by Academic Performance, based in Türkiye; the Round University Ranking, in Georgia; and SCImago Institutions Rankings, in Spain.

These less globally prominent rankings systems have a precarious existence. They are underfunded and occasionally face closure and consolidation. They have differing methodologies, but they converge on a common narrative: the fall of the American university, and the rise of the Chinese research university.

The Leiden Ranking is produced by the Centre for Science and Technology Studies at Leiden University. It adheres to high standards and is better known among researchers than administrators or journalists. A few years ago, I was part of a group of researchers that proposed a method for evaluating global rankings, and the Leiden Ranking was the most preferred of the six we reviewed.

Leiden’s default measurement (which it calls its “traditional edition”) assesses the number of papers over a four-year period in core journals in the Web of Science database. This year, Zhejiang University — not Harvard — is first, and eight of the top 10 institutions are in mainland China.

That is admittedly not the apex of academic publication. Harvard does stay at the top if we consider only the top 10 percent of publications, by citation. If we consider only the top 1 percent most-cited publications, then Harvard is first, and Stanford and Oxford Universities, the University of Toronto, and University College London are in the top 10.

So, when we consider the very small number of massively cited papers, yes, Harvard and Stanford and the traditional U.K. universities are still leading the world. But the trend in science, as in business, is quantity first, and then later quality.

The University Ranking by Academic Performance (URAP) is produced by the Middle East Technical University, in Ankara. It is based entirely on objective public data, provided by the InCites data platform. Here is the most recent overall ranking: first Harvard, and then Université Paris Cité, the University of Toronto, University College London, and Zhejiang. In the 2014-15 rankings the top five went: Harvard, Toronto, Oxford, the Johns Hopkins University, Cambridge. Zhejiang was in 46th place, and the best-performing Asian university was the University of Tokyo, at 17th.

What these rankers consistently capture is that Zhejiang and other Chinese institutions are rising very fast.

If the research tide is turning eastward, why do the “big four” rankings concur in putting Harvard, MIT, Yale, and Stanford at the top, along with Oxford, Cambridge, and one or two of the London colleges?

The answer lies in their methodologies. QS has an academic-reputation survey that has a 30-percent weighting and a survey of employers that accounts for 15 percent. THE has a survey of research and teaching with a weighting of 33 percent, and U.S. News surveys on global and regional research reputation account for a combined 25 percent. These surveys measure perceptions and brand recognition. They are dependent on the perception of achievement over the past decades or even centuries.

The Shanghai Rankings do not have a reputation metric per se, but they do give 20 percent for faculty who win Nobel and Fields awards and 10 percent for alumni who do so, going back several decades.

In addition, THE, QS and U.S. News give priority to citations rather than publications. Citations follow publications and consequently favor the universities that led the research world in the past. The THE world rankings give a 30-percent weighting to research quality, which is based on four indicators that measure citations, and a scant 5.5-percent weight for current research productivity. This difference dismisses the rise of Chinese universities: In the THE world rankings, Tsinghua University, in Beijing, is fifth in the world for research environment — which includes research productivity, research reputation, and research income — but only 60th for research quality, which is based on citations. QS does not count publications at all but has a big weighting for citations per faculty. The U.S. News Best Global Universities has a 10-percent weight for publications and a 50-percent weight for citations.

The rise of China and Asia more generally is accelerating, but that advance is not distributed evenly across the disciplines. China is rapidly taking the lead for research in engineering and computer science. In mathematics and computer-science publications, the entirety of the Leiden Ranking top 30 are Mainland Chinese. Nanyang Technological University, in Singapore, is 34th; the Korea Advanced Institute of Science and Technology is 42nd; the Vellore Institute of Technology, in India, is 44th; and finally, at 50th, there is MIT. If we focus on just the top 1 percent of published research within these fields, it is again Tsinghua in first place, and MIT is 14th.

The message from Leiden is clear. Chinese scientists are pulling ahead of the United States in basic research as measured by publications in the Web of Science. In the harder sciences and in mathematics and computer science, China is surging ahead, continuing a trend that began about two decades ago.

How has this come to pass?

From the 1980s onward, there has been a relentless decline in academic standards in American higher education. Starting in 1994 there was a succession of changes to the SAT that made it more inclusive but perhaps less predictive of future scientific success. Analogies were removed from the verbal section, as were certain advanced topics. Calculators were allowed, and penalties for guessing were eliminated. Further changes came in 2024. Even worse, universities have abandoned standardized testing for undergraduate — and even postgraduate — admissions, to their detriment.

The cognitive skills of American students have been declining for decades, and that decline accelerated in 2020. They do less work, have limited reading skills, and are increasingly intolerant of dissident views. Harvard has had to introduce what is in effect a remedial math course for undergraduate students.

At the same time, the recruitment and promotion of faculty has been seriously compromised. At University of California campuses and other institutions, prospective faculty were until recently subject to political loyalty oaths in the form of diversity statements. In the social sciences and in pharmacology and medical research, there are signs of a widespread crisis of replicability.

In contrast, the leading Chinese universities have maintained rigorously meritocratic policies. No doubt the dreaded Gaokao — the Chinese college-entrance exam — causes an immense amount of stress, but in the current American system, students aiming for elite colleges worry not just about a gruelling test, but about whether their extracurricular activities are sufficiently authentic, their passion sufficiently deep and sustained, whether their big dreams have been transformed into sufficiently bigger realities and whether their essays are exactly what will impress a middling box-checking functionary — or, one suspects, a recently upgraded large language model.

So, the relentless process continues. Every year American researchers produce relatively fewer papers, and their quality declines while Chinese universities produce relatively more papers and more high-quality papers in science and engineering. The process is especially apparent in fields like physics, robotics, and artificial intelligence. And so the scientific world is about to face a dramatic shift in its center of gravity.

We welcome your thoughts and questions about this article. Please email the editors or submit a letter for publication.


El auge del sistema chino de publicación académica (Parte 1): El ecosistema de revistas científicas de China está acelerándose

Publicado en The Scholarly Kitchen https://scholarlykitchen.sspnet.org/2026/06/03/the-rise-of-chinas-scholarly-publishing-system-part-1-chi...