jueves, 3 de abril de 2025

2,000 científicos denuncian “el peligro real” de Trump: “El sistema de ciencia está siendo destruido”

Publicado en El País
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Dos millares de los mejores científicos del mundo denuncian “el peligro real” de Trump: “El sistema de ciencia está siendo destruido”

Miembros de las academias estadounidenses envían “un SOS” ante los recortes salvajes, la censura y los despidos ideológicos


Más de 1.900 miembros de las academias científicas estadounidenses —la élite mundial de sus disciplinas— han firmado una carta abierta en la que denuncian el “peligro real” que supone “el ataque sistemático contra la ciencia” encabezado por el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El texto es durísimo. “Tenemos creencias políticas diversas, pero estamos unidos como investigadores en la defensa de la independencia de la investigación científica. Enviamos este SOS como una advertencia clara: el sistema científico del país está siendo destruido”, alertan. La carta está dirigida “al pueblo estadounidense”, pero el desaguisado provocado por Trump podría tener consecuencias en la esperanza de vida de toda la humanidad. Estados Unidos pone uno de cada cuatro euros dedicados en el mundo a la ciencia y la tecnología.

“La Administración está imponiendo la censura, destruyendo nuestra independencia. Está utilizando órdenes ejecutivas y amenazas financieras para manipular qué estudios se financian o publican, cómo se comunican los resultados y qué datos pueden ser accesibles para la población. La Administración está bloqueando investigaciones sobre temas que considera cuestionables, como el cambio climático, o cuyos resultados no le agradan, en temas que van desde la seguridad de las vacunas hasta la economía”, advierte la carta.

Entre los casi dos millares de firmantes hay figuras de dentro y fuera de Estados Unidos, como la viróloga francesa Françoise Barré-Sinoussi, ganadora del Nobel de Medicina de 2008 por descubrir el virus del sida; el astrofísico alemán Reinhard Genzelnobel de Física por detectar el agujero negro en el centro de nuestra galaxia; el virólogo estadounidense Harvey J. Alter, merecedor del Nobel de Medicina de 2020 por el descubrimiento del virus de la hepatitis C; y el bioquímico español Joan Massagué, director del brazo científico del Centro Oncológico Memorial Sloan Kettering, en Nueva York.

Los autores de la carta sostienen que el sistema científico estadounidense es “la envidia del mundo”, tras casi un siglo de “sabias inversiones” del Gobierno de Estados Unidos. “Increíblemente, la Administración Trump está desestabilizando este sistema al recortar drásticamente la financiación, despedir a miles de científicos, restringir el acceso público a los datos y presionar a los investigadores para que alteren o abandonen su trabajo por motivos ideológicos”, alertan los firmantes.

La misiva no cita directamente al hombre más rico del mundo, Elon Musk, pero sí lamenta los tijeretazos brutales ejecutados desde el Departamento de Eficiencia Gubernamental dirigido por el magnate. “Estos recortes están obligando a las instituciones a interrumpir investigaciones (incluidos estudios sobre nuevos tratamientos de enfermedades), despedir a profesores y dejar de admitir a estudiantes de posgrado, lo que pone en riesgo la formación de la próxima generación de científicos”, señalan los autores de la carta.

Entre los firmantes figuran al menos otros dos prestigiosos científicos españoles: el genetista Ginés Morata y el virólogo Esteban Domingo, miembros de la Academia Nacional de Ciencias estadounidense. “El desarrollo científico de todo el mundo puede sufrir muchísimo. Esto es un asalto de la sinrazón al mundo de la razón. Uno lee las cosas que hace Trump y se queda pasmado. Es inimaginable que ponga de secretario de Salud a un hombre que no cree en las vacunas [Robert F. Kennedy Jr.], es como si yo no creyera en la ley de la gravitación universal”, declara por teléfono Morata, un investigador que ha iluminado el desarrollo embrionario de todos los animales desde su laboratorio en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CSIC), en Madrid.

Su colega Esteban Domingo también es muy crítico con Trump. “La ciencia en Estados Unidos ha sido importantísima para llevar al país donde está. Los recortes están obligando a los científicos a romper proyectos y a emigrar. Esto es una ruptura increíble respecto al pasado de Estados Unidos. Me cuesta entender que estén aceptando esto. El país era un ejemplo que se está echando a perder por una persona”, argumenta.

Los dos millares de firmantes denuncian el “clima de miedo” que se ha apoderado de la comunidad científica en Estados Unidos. “Hay investigadores, temerosos de perder su financiación o su estabilidad laboral, que están eliminando sus nombres de sus publicaciones, abandonando estudios y reescribiendo solicitudes de subvención y artículos para omitir términos científicamente precisos, como cambio climático, que las agencias financiadoras han comenzado a señalar como problemáticos”, advierten.

“El daño al sistema científico de nuestro país podría tardar décadas en revertirse. Hacemos un llamamiento a la Administración para que detenga su ataque sistemático contra la ciencia en Estados Unidos, y urgimos al público a unirse a este llamamiento”, concluyen los firmantes. “La voz de la ciencia no debe ser silenciada. Todos nos beneficiamos de la ciencia, y todos perderemos si se destruye el sistema científico del país”.


miércoles, 2 de abril de 2025

Hay 20,000 autores que publican cientos de "papers" por año

Publicado en c&en. Chemical and Engineering News https://cen.acs.org/policy/publishing/20000-scientists-publish-unrealistic-rates/103/web/2025/02




20,000 científicos publican a un ritmo poco realista, según un estudio

El análisis revela un número «inverosímilmente elevado» de artículos de muchos científicos de alto nivel

por Dalmeet Singh Chawla, especial para C&EN

4 de febrero de 2025

Según un nuevo estudio, unos 20.000 científicos publican un número «inverosímilmente elevado» de artículos en revistas académicas y tienen un número inusualmente alto de nuevos colaboradores.

El análisis, publicado en diciembre en Accountability in Research, analizó los patrones de publicación de unos 200.000 investigadores de la lista del 2% de los mejores científicos de la Universidad de Stanford, que se basa en métricas de citas (DOI: 10.1080/08989621.2024.2445280).

Se descubrió que alrededor del 10% de los que figuraban en la lista -unos 20.000 científicos- publicaban un número improbable de artículos. Algunos producían cientos de estudios al año con cientos o miles de nuevos coautores cada año.

«Resulta que se presiona a los investigadores, sobre todo a los más jóvenes, para que adopten este tipo de prácticas que priman la cantidad sobre la calidad», afirma Simone Pilia, coautora del estudio y geocientífica de la Universidad Rey Fahd de Petróleo y Minerales (KFUPM). «Eso está amenazando los cimientos mismos de la integridad académica».

Los 200.000 científicos estudiados por Pilia y su coautor, Peter Mora, también de la KFUPM, pertenecían a 22 disciplinas científicas diferentes y 174 subcampos. Los autores también estudiaron las tasas de publicación y coautoría entre 462 premios Nobel de los campos de la física, la química, la medicina y la economía.  

Lo que sorprendió a Pilia y Mora es el gran número de autores que parecen estar utilizando prácticas poco éticas, como la inclusión en listas de coautoría sin una aportación adecuada a la investigación, para aumentar sus cifras de publicación. Alrededor de 1.000 de ellos son investigadores noveles que han trabajado en el mundo académico durante 10 años o menos.

«Hay un sistema que está premiando un volumen superficial de trabajo de calidad», afirma Pilia. «Cuando estas pautas se convierten en normalidad, no sólo se perjudica a los individuos, sino que se devalúa por completo el proceso académico».  

Para abordar el problema de las métricas infladas, Pilia y Mora sugieren ajustar o corregir las métricas cuando los investigadores alcancen determinados umbrales de artículos publicados y coautores. De este modo se reduciría el valor de las publicaciones de gran volumen, afirma Pilia.

Pero Ludo Waltman, científico de la información y subdirector del Centro de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Leiden, que no participó en el estudio, dice que tiene «importantes reservas» sobre el ajuste de las métricas que proponen los autores.

En cambio, según Waltman, las métricas de publicación deberían desempeñar un papel modesto en la evaluación de la investigación, y los científicos deberían ser evaluados por una amplia gama de actividades de investigación. «Las métricas deben estar integradas en un proceso en el que los expertos, basándose en el juicio de expertos, tomen decisiones», afirma.

Para Waltman, el estudio es problemático porque da por sentado que las métricas desempeñan un papel importante en la evaluación de los investigadores. Al ajustar o corregir las métricas existentes, dice Waltman, los autores están introduciendo una complejidad innecesaria.

«Básicamente, creo que están creando cajas negras para que un evaluador típico no sea capaz de entender realmente cómo funcionan estas métricas», afirma. «Creo que necesitamos métricas que sean realmente fáciles de entender, métricas que sean totalmente transparentes y métricas que los evaluadores puedan vincular al contexto más amplio que tienen en cuenta a la hora de tomar decisiones.»

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20,000 scientists publish at unrealistic rates, study says

Analysis finds ‘implausibly high’ numbers of papers from many top scientists

by Dalmeet Singh Chawla, special to C&ENFebruary 4, 2025

About 20,000 scientists are publishing an “implausibly high” number of papers in scholarly journals and have an unusually high number of new collaborators, a new study suggests.

The analysis, published in December in Accountability in Research, analyzed the publication patterns of around 200,000 researchers on Stanford University’s list of top 2% scientists, which is based on citation metrics (DOI: 10.1080/08989621.2024.2445280).  

It found that around 10% of those on the list—around 20,000 scientists—published an improbable number of papers. Some produced hundreds of studies per year with hundreds to thousands of new coauthors annually.

“It turns out that researchers, particularly the younger ones, are being pressured into these sort of practices that prioritize quantity over quality,” says study coauthor Simone Pilia, a geoscientist at King Fahd University of Petroleum and Minerals (KFUPM). “That is threatening the very foundation of academic integrity.”

The 200,000 scientists studied by Pilia and his coauthor, Peter Mora, also at KFUPM, were from 22 different scientific disciplines and 174 subfields. The authors also studied the rates of publication and coauthorship among 462 Nobel laureates from the fields of physics, chemistry, medicine, and economics. 

What surprised Pilia and Mora is the sheer number of authors who seem to be using unethical practices, such as coauthorship listing without adequate input to the research, to boost their publication numbers. Around 1,000 of them are early-career researchers who have worked in academia for 10 years or less.

“There is a system that is rewarding a superficial volume of quality work,” Pilia says. “When such patterns become normality, then it doesn’t just harm individuals, it completely devalues the academic process.” 

To address the problem of inflated metrics, Pilia and Mora suggest adjusting or correcting metrics when researchers reach certain thresholds of published papers and coauthors. Doing so would reduce the value of high-volume publishing, Pilia says.

But Ludo Waltman, an information scientist who is the deputy director of the Centre for Science and Technology Studies at Leiden University and was not involved with the study, says he has “significant reservations” about the adjustment to metrics that the authors propose. 

Instead, Waltman says, publishing metrics should play a modest role in research evaluation, and scientists should be evaluated on a broad range of research activities. “The metrics should be embedded in a process where experts, based on expert judgment, make decisions,” he says.

For Waltman, the study is problematic because it assumes that metrics play an important role in evaluating researchers. By adjusting or correcting existing metrics, Waltman says, the authors are introducing unnecessary complexity.

“Essentially, I think they are creating black boxes so a typical evaluator will not be able to really understand how these metrics work,” he says. “I think we need metrics that are really easy to understand, metrics that are fully transparent, and metrics that evaluators can link to the broader context that they take into account when they make decisions.”

martes, 1 de abril de 2025

U.S.A.: la Universidad de Columbia capitula

 Publicado en sinpermiso




La Universidad de Columbia capitula. Dossier


¿Merece todavía Columbia el nombre de universidad?

Rashid Khalidi

No se trató nunca de eliminar el antisemitismo. Siempre se trató de silenciar a Palestina. Eso es lo que siempre se pretendió conseguir amordazando a los estudiantes que protestaban, y amordazando ahora al profesorado. Mientras que los partidarios de la matanza israelí-norteamericana en Gaza pueden haberse sentido ofendidos por sus protestas, un gran número de los estudiantes cuyos derechos de libertad de expresión se han infringido mediante castigos draconianos eran judíos.

Muchos de los miembros del profesorado que están a punto de verse privados de la libertad académica y de gobierno de sus escuelas, y a los que quizás se despida, son judíos, y, de hecho, algunos son israelíes. Si realmente se tratara de discriminación, la universidad habría tomado medidas contra el incesante acoso a estudiantes y profesores palestinos, árabes y musulmanes, y a sus aliados y simpatizantes, en lugar de respaldarlo y permitirlo.

Se trató siempre de proteger las monstruosas y transparentes mentiras de que la guerra genocida israelí-norteamericana de 17 meses contra todo el pueblo palestino era solo una guerra contra Hamás, o que cualquier cosa que se hiciera el 7 de octubre de 2023 justifica las matanzas en serie de al menos 50.000 personas en Gaza, la mayoría de ellas mujeres, niños y ancianos, y la limpieza étnica del pueblo de Palestina en su patria. Estas mentiras, generadas por Israel y sus propiciadores, que impregnan nuestro sistema político y a nuestras élites adineradas, las repitieron incesantemente las administraciones de Biden y Trump, el New York Times y Fox News, y ahora las sanciona oficialmente una universidad que fue antaño grande.

Estas mentiras tienen sus raíces en un racismo flagrante. Frantz Fanon escribió que el maniqueísmo del colonizador a veces «llega a su conclusión lógica y deshumaniza al nativo, o para hablar claro, lo convierte en animal». De hecho, el ministro israelí de Defensa, Yoav Gallant, calificó en octubre de 2023 de «animales humanos» a los palestinos. Benjamin Netanyahu dijo de ellos: «No les llamo animales humanos porque sería insultar a los animales». En esta guerra colonial, a través de esta lente, las vidas palestinas, al igual que otras vidas morenas y negras, se convierten en una masa sin valor, sin rostro y deshumanizada, mientras que se elevan, se aprecian y se lloran individualmente otras vidas.

Deberíamos aferrarnos a estos pensamientos tanto como podamos, porque en el mundo distópico en el que hemos entrado, la simple mención de la raza y el racismo son, o pronto serán, violaciones de la perversa lectura actual de la ley federal. Una vez que los quislings que dirigen la Universidad de Columbia hayan puesto en práctica los decretos de sus amos en Washington y en el consejo de administración, una vez que se hayan extendido estos decretos a otras universidades amenazadas, será realmente peligroso enseñar e incluso citar a Fanon, como lo será la mera mención de la raza y el racismo, por no hablar del género, la discapacidad y muchas otras cosas. Nos estamos acercando a la situación de las universidades chilenas bajo Pinochet, en las que, por orden de un gobierno autoritario, se prohibieron ideas y libros, se expulsó y se detuvo a estudiantes, hubo departamentos ocupados, y profesores y personal despedidos.

No debemos lamentar en qué se ha convertido Columbia, pues por muy grande que haya sido, nada de esto resulta totalmente nuevo. Antes de las expulsiones y suspensiones actuales, Columbia expulsó una vez en su historia a un estudiante por protestar de forma no violenta: en 1936 por protestar contra el ofrecimiento de una tribuna a los nazis. En 1953, su presidente firmó una carta en la que declaraba a los comunistas no aptos para enseñar. Los administradores de Columbia despidieron a dos profesores por oponerse a la Primera Guerra Mundial por motivos pacifistas, mientras que se detuvo y se encarceló a estudiantes objetores de conciencia.

Durante mucho tiempo, Columbia ha sido dirigida más como el vasto y rico imperio empresarial e inmobiliario que es, que como una institución educativa. Es un lugar donde los fideicomisarios, los donantes y las poderosas escuelas profesionales dictan su política, y no el resto de su profesorado. En la primavera de 2024, dos tercios del claustro de profesores de Artes y Ciencias votaron en contra de otorgar su confianza a una presidenta que cedió a la presión externa, arrojó ó a su claustro a los pies de los caballos y llamó a la policía de Nueva York por primera vez desde 1968. Su sucesor la ha superado, adornando aún más las ya ricas tradiciones represivas de Columbia con una servil obediencia a los dictados del gobierno, promovidos y secundados con entusiasmo por desvergonzados colaboradores en el seno de la universidad.

Después de la capitulación del viernes, Columbia apenas merece el nombre de universidad, ya que su enseñanza y saber académico sobre Oriente Medio, y enseguida sobre muchas otras cosas, pronto serán objeto de examen por parte de un «vicerrector de pedagogía inclusiva», en realidad un vicerrector de propaganda israelí. Los partidarios de Israel, enfurecidos porque los estudios sobre Palestina hayan encontrado un lugar en Columbia, la denominaron en su día el «Bir Zeit del Hudson». Pero si sigue mereciendo el nombre de universidad, debería llamarse el Vichy del Hudson.

The Guardian, 25 de marzo de 2025

 

El gobierno de los EE.UU. manda una nota de rescate a la Universidad de Columbia

Sheldon Pollock

Como un capo de la mafia, el Gobierno amenaza con cortarle dos dedos a la Universidad: la libertad académica y el gobierno del profesorado

El pasado 15 de marzo, la Universidad de Columbia recibió lo que sólo puede describirse como la carta más peligrosa de la historia de la educación superior en los Estados Unidos. El remitente era el gobierno de los Estados Unidos. Como si de una nota de rescate se tratara, la misiva gubernamental insiste en que Columbia cumpla con una lista de exigencias de la administración Trump para tener siquiera una oportunidad de recuperar los 400 millones de dólares en fondos federales para la investigación científica que el Gobierno canceló el 7 de marzo.

Curiosamente, uno de los objetivos específicos identificados en la carta era el departamento de Columbia de Estudios de Oriente Medio, Asia Meridional y África (Mesaas), un pequeño departamento de humanidades dedicado al estudio de las lenguas, las culturas y la historia de esas regiones. El Gobierno exigió que se pusiera el departamento de Mesaas bajo «administración judicial» -básicamente, que la universidad se hiciera cargo de él- como condición previa para proseguir las negociaciones.

La batalla contra el autoritarismo que se está imponiendo en Washington parece girar hoy en parte en torno al destino de Mesaas.

¿Por qué Mesaas?

La campaña de Trump para destruir la independencia de la educación superior estadounidense comenzó cuando una obscura agencia federal, la Administración de Servicios Generales (GSA), en colaboración con los Departamentos de Salud y Servicios Humanos y de Educación, coordinó la extraordinaria medida de rescindir 400 millones de dólares en fondos federales para la investigación científica en Columbia, ya que Columbia «ha fracasado en lo fundamental a la hora de proteger a los estudiantes y profesores norteamericanos de la violencia y el acoso antisemitas».

Tras amenazar a otras 60 universidades con el mismo destino, el 13 de marzo el Gobierno envió su nota de rescate sólo a Columbia. Sus condiciones debían cumplirse en un plazo de siete días, y no a cambio de la liberación de los fondos, sino simplemente como «condiciones previas». A continuación, se presentarían otras exigencias para una «negociación formal», que no sería una verdadera negociación, porque la GSA seguiría reteniendo el dinero de la universidad, como un mafioso.

Las condiciones previas se refieren principalmente a la vigilancia de las protestas estudiantiles en el campus. Es probable que su imposición viole tanto la ley federal como la Constitución estadounidense, como ha dejado claro el claustro de profesores de Derecho de Columbia. Pero en un movimiento sorprendente e igualmente ilegal, el Gobierno se hacía con otro rehén en su carta: Mesaas. Durante un periodo de cinco años, Columbia debe poner académicamente bajo administración externa al departamento. A la universidad se le dio el mismo ultimátum de siete días para que especificara «un plan completo, con fechas concretas de entrega» para aplicar dicha administración.

Se trata de un intento sin precedentes de hacerse con el control de personas e ideas en una universidad norteamericana. En ocasiones, las universidades se ven obligadas a poner un departamento académico bajo administración externa, normalmente cuando se rompe el autogobierno del departamento. Normalmente, la administración nombra como director a un miembro de otro departamento durante un curso académico. El autogobierno actual de Mesaas es excelente, y no ha habido problemas en todos los años en los que yo he presidido el departamento.

Que el propio gobierno de los Estados Unidos intervenga directamente en el gobierno de la facultad -especificando el periodo extraordinario de cinco años, y con «metas que satisfacer» de cuyo cumplimiento podría depender la futura financiación de toda la universidad- no tiene precedentes en la historia de la enseñanza superior norteamericanas.

¿Por qué ha escogido señaladamente el Gobierno a este departamento?

La respuesta está clara: porque su profesorado no ha expresado un apoyo firme al Estado de Israel en su labor académica. El gobierno de los Estados Unidos se ha quedado prácticamente solo en el mundo en su inquebrantable apoyo ideológico y financiero a la violencia del Estado de Israel contra el pueblo de Palestina. Recientemente ha proporcionado el consentimiento, la justificación y las armas para la destrucción de Gaza por parte de Israel (esta misma semana se ha relanzado la destrucción, con la condena de todo el mundo, pero no de Washington, que fue el único que dio su apoyo).

Por el contrario, la investigación académica de destacados especialistas en el campo de los estudios sobre Oriente Medio, entre ellos los de Mesaas, ha reflexionado profundamente sobre la complejidad de la situación y ha cuestionado desde hace tiempo las versiones de la historia y las ideas raciales que alimentan las acciones de Israel. Los profesores de Mesaas formulan preguntas difíciles, pero totalmente legítimas, sobre Israel, y eso quiere prohibirlo nuestro gobierno.

El departamento de Mesaas no ha desempeñado papel alguno en la organización de las protestas estudiantiles en favor de Gaza. Pero Washington ha decidido que, además de dictar cómo debe gobernar una universidad la protesta política, debe controlar cómo gobierna la universidad la investigación académica - intensificando un amplio ataque a la investigación sobre Oriente Medio en todas las universidades norteamericana.

Con sus exigencias para hacerse esencialmente con el control de Mesaas, el gobierno federal está socavando dos principios fundamentales de la universidad estadounidense: el derecho de los departamentos académicos a autogobernarse y la libertad de los miembros del profesorado a expresar sus opiniones sin temor, lo mismo como autoridades en su campo de investigación que a título particular.

Columbia debe decidir antes del jueves 20 de marzo cómo responder a esta nota de rescate, en la que el Gobierno amenaza con cortarle dos dedos a la universidad: la libertad académica y el gobierno del claustro profesoral. Si la administración de Columbia capitula, eso marcará el comienzo de su propia destrucción y la de la universidad norteamericana como tal, precisamente lo que ha pedido el American Enterprise Institute, que proporcionó el modelo para la nota.

Los tribunales han parado hasta ahora más de cuarenta iniciativas de la Administración, aunque sigue sin estar claro si va a obedecer el jefe de la mafia. Sin embargo, mientras tengamos un sistema judicial funcional, la respuesta de Columbia a Trump sólo puede ser: nos vemos en los tribunales.

The Guardian, 19 de de marzo de 2025

 

¿Y si investigamos a Columbia por ser antipalestina?

Peter Beinart

Así que la Universidad de Columbia ha capitulado esencialmente ante las demandas de la administración Trump, lo cual tiene implicaciones para el futuro de Columbia y otras universidades norteamericanas que serán de muy largo alcance. Todavía no conocemos todas las repercusiones.

Pero creo que es importante entender que, aunque Donald Trump esté haciendo esto porque quiere domesticar y paralizar las universidades, sólo porque podrían ser centros de resistencia y pensamiento crítico contra su gobierno autoritario, de la misma manera que quiere paralizar y domesticar los medios de comunicación independientes, o los bufetes de abogados que podrían demandarlo, o el Departamento de Justicia, que podría ser independiente de su control, todas estas cosas, aunque esa es claramente la motivación de Trump, así como su capacidad de utilizar el antisemitismo con eficacia, se basan en el hecho de que hay un discurso sobre el antisemitismo que lleva existiendo desde mucho antes del 7 de octubre, pero que luego se ha intensificado desde la matanza del 7 de octubre, y que ha sido respaldado por muchos, muchos miembros del Partido Demócrata y les hace cómplices, por lo tanto, de esto.

Creo que lo fundamental que tenemos que entender sobre lo que es erróneo en este discurso del antisemitismo, lo que ha contribuido a traernos hasta aquí, no es que esté mal estar que nos preocupe mucho el antisemitismo. Por supuesto, deberíamos preocuparnos mucho el antisemitismo. El problema es que cuando se habla de antisemitismo en el contexto del conflicto entre Israel y Palestina, en el que hay dos grupos nacionales, hay que acompañarlo de un debate sobre el fanatismo antipalestino. Hablar de antisemitismo en el contexto de Israel-Palestina es algo fundamentalmente distinto, en ese sentido, de hablar de ello en el contexto del nacionalismo blanco o de algún otro episodio histórico.

En este caso, la cuestión es: ¿cómo tratamos a la gente de forma justa y equitativa? ¿La discriminamos por su postura en esta relación entre judíos israelíes y palestinos?

Pero, naturalmente, también hay que hacerse una pregunta sobre el otro grupo, sobre los palestinos, si es que pensamos que los palestinos son personas que merecen el mismo trato que los judíos, ¿no? Y en ese caso, si nos imaginamos que el debate sobre el antisemitismo ha de ponerse a la par con el debate sobre el fanatismo antipalestino, creo que la discusión sobre el antisemitismo tendría que ser radicalmente diferente. Porque cuando uno se pregunta si los estudiantes judíos se sienten incómodos o hasta inseguros cuando oyen lemas como «Palestina será libre desde el río hasta el mar» o «globalizar la intifada», también habría que preguntarse cómo se sienten los estudiantes palestinos cuando oyen lemas como «Estoy con las Fuerzas de Defensa de Israel» o «Israel tiene derecho a defenderse», ¿no?

Y cuando nos preguntamos por el acoso, ¿hay estudiantes judíos que son literalmente objeto de acoso por llevar kipa u otras cosas? Deberíamos también preguntarnos si no hay estudiantes palestinos que sean objeto de acoso por llevar kufiya. Pues sospecho que, si hay estudiantes judíos, lamentablemente, que van por el campus de Columbia u otros campus, y a los que les gritan porque llevan kipa, o llevan una estrella de David o lo que sea, creo que es una suposición bastante aceptable que también haya estudiantes palestinos a los que llaman «terroristas» o todo tipo de cosas desagradables, cierto, si llevan kufiya.

Si pensamos en las normas que regulan las protestas, una de las cosas que Trump quiere hacer, pero que estas universidades han venido haciendo desde el 7 de octubre, es tomar verdaderamente medidas drásticas acerca de las reglas de la protesta. Tendríamos que preguntarnos, no solo si Estudiantes por la Justicia en Palestina está violando estas nuevas y muy onerosas reglas sobre protestas, sino si los grupos proisraelíes las violan.  Si tenemos grupos de trabajo para investigar el antisemitismo, también hacen falta grupos de trabajo, no sólo sobre islamofobia, sino también sobre la intolerancia antipalestina, lo cual es algo diferente a la islamofobia. La mayoría de los musulmanes no son palestinos, y no todos los palestinos son musulmanes. Y si nos imagináramos un mundo en el que hacemos todas esas cosas, en el que nos preguntáramos «¿hay intolerancia hacia los palestinos?» al mismo tiempo que nos preguntáramos «¿hay intolerancia hacia los judíos?», entonces, de hecho, todo el debate sobre el antisemitismo sería completamente diferente.

Porque si tuviéramos que admitir que empezar por censurar una frase como «globalizar la Intifada» podría significar también que tuviéramos que censurar una frase como «yo apoyo a las FDI», tendríamos que arriesgarnos a crear un grupo de trabajo sobre actitudes antipalestinas formado por muchos profesores palestinos y pensar en lo que podrían recomendar en términos de cambios en la universidad, por supuesto.

O bien, si tuviéramos que aplicar estas normas sobre protestas por igual y empezáramos a pensar en la forma en que eso afectaría a los derechos de protesta de los estudiantes proisraelíes, entonces, de repente, desaparecería de hecho buena parte de la presión que se está ejerciendo sobre lo que las universidades deberían hacer, ¿verdad? Porque la gente se daría cuenta casi de inmediato de que, si se aplicara igualmente en el caso de los palestinos, se empezaría a infringir esos derechos en formas que serían realmente problemáticas. Obligaría a la gente a empezar a pensar en la importancia de la libertad de expresión, incluida la libertad de expresión que incomoda a la gente.

La única razón por la que la gente siente esta presión para ser tan draconianos en lo que toca a la libertad académica, al derecho a la protesta, es precisamente porque nadie imagina que estos principios puedan aplicarse a estudiantes acusados de intolerancia antipalestina. Y, por supuesto, eso se debe a que no tenemos lenguaje para referirnos a la intolerancia antipalestina en el debate político norteamericano dominante, pues se asume sencillamente que hay que tratar a los palestinos como inferiores. No hay ninguna expectativa de que se les trate con equidad en Palestina e Israel, donde la gran mayoría de los miembros del Parlamento apoyan la idea de un Estado basado en la supremacía legal judía. Y del mismo modo, no hay ninguna expectativa sobre esto en los Estados Unidos, ¿verdad? 

Pero si existiera esa expectativa, entonces todo lo que ha sucedido con el debate sobre el antisemitismo y la forma en que ahora se está utilizando para aplastar realmente la libertad académica y la independencia de las universidades, sencillamente no podría darse como se está dando. Sólo por el hecho de que los palestinos no cuentan en este debate es por lo que tenemos este género de discusión sobre el antisemitismo que nos ha llevado a acabar en este lugar tan desastroso.

The Beinart Notebook, 24 de marzo de 2025

 
historiador palestino-norteamericano de Oriente Próximo, ha sido catedrático Edward Said de Estudios Árabes Modernos en la Universidad de Columbia. Fue editor del Journal of Palestine Studies desde 2002 hasta 2020, cuando pasó a ser coeditor. Es autor de varios libros, entre ellos “The Hundred Years' War on Palestine” y “Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness”. Ha sido presidente de la Asociación de Estudios de Oriente Medio y ha impartido clases en la Universidad Libanesa, la Universidad Americana de Beirut, la Universidad de Georgetown y la Universidad de Chicago.
 
es profesor emérito de la cátedra Arvind Raghunathan de estudios sudasiáticos en la Universidad de Columbia y ex director del departamento de Mesaas. No desempeña actualmente ninguna función en la administración del departamento ni de la Universidad y escribe únicamente a título personal.
 
periodista colaborador de The New York Times, The New York Review of Books, The Daily Beast, Haaretz o CNN, fue director de la revista The New Republic. Profesor de la Escuela de Periodismo Craig Newmark de la City University de Nueva York y director de la revista digital Jewish Currents, ha pasado de comentarista liberal judío a manifestarse como agudo crítico de Israel y el credo sionista.
Fuente:
The Guardian, 19 y 25 de marzo de 2025; The Beinart Notebook, 24 de marzo de 2025


2,000 científicos denuncian “el peligro real” de Trump: “El sistema de ciencia está siendo destruido”

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